Leí casi todo lo que publicó Vicente Leñero. No sé si ahora leería El Evangelio de Lucas Gavilán con la misma emoción de la juventud, pero todavía me agita la frecuencia cardiaca, por razones distintas. Es el único libro del que me apropié indebidamente en mi vida, por el puro placer de robarlo, en la librería del Sanborns de Plaza Universidad, un domingo, tras un receso de mi rutina en la entrañable Librería del Fondo de Cultura Económica, donde preparaba los exámenes de estadística paramétrica. Cuando limpié mi estudio de cientos de títulos que eran catecismos ideológicos disfrazados de ciencia social o literatura «comprometida», lo hallé y lo miré con cierta nostalgia. Recordé a Jesucristo Gómez, el sello de Seix Barral, y mi corazón desbocado ante la posibilidad de acabar tras las rejas.







