Mi nombre es Arturo C. y tengo 35 años. Desde niño vi a mi padre —de nombre Arturo, igual que yo— consumir distintas sustancias cada vez que bebía alcohol. Recuerdo que, siendo apenas un niño, me hizo probar la marihuana, aunque afortunadamente nunca me agradó.
Además de bebedor social, mi padre era un hombre machista. Trabajaba en la construcción como albañil. Todos los sábados llegaba a casa en estado de ebriedad y, por las madrugadas, golpeaba a mi madre. Ella, una mujer tradicional y sumisa, lo obedecía en todo; tal vez su baja estatura y su complexión robusta la hacían sentirse insegura, y por eso jamás se atrevió a dejarlo.
Los fines de semana, especialmente los sábados, el viejo llegaba a la casa cargando caguamas en su mochila. A penas lo escuchábamos entrar, mis hermanos y yo nos escondíamos, pues en muchas ocasiones nos golpeaba. A mi hermano y a mí nos insultaba llamándonos homosexuales porque decía que “parecíamos niñas”.
Mi padre era un hombre bueno cuando estaba sobrio, pero cuando se hallaba embrutecido por la bebida, arremetía contra todos: mi madre, mi hermano y yo. Al día siguiente despertaba como si nada hubiera pasado. Jamás pidió disculpas por las golpizas ni perdón por dejarnos sin comer al gastarse el dinero de la semana en alcohol. Así crecí, en ese ambiente de arrogancia y machismo.
A los 20 años tuve la primera discusión fuerte con él. Se molestó conmigo porque intervine para defender a mi madre mientras la golpeaba. Me agredió y fue la primera vez que respondí: le propiné un golpe leve en el rostro, pero debido a su estado etílico perdió el equilibrio y cayó. Desde ese día cambió conmigo; dejó de ser agresivo y comenzó a actuar como si fuera mi amigo.
Con el tiempo, esa supuesta amistad se transformó en complicidad y terminamos consumiendo alcohol juntos. Después llegaron las drogas, aunque yo no duré mucho en ese mundo: al año dejé las sustancias y me distancié de él tras conocer a una buena mujer. Me enamoré de Elisa, quien hoy es la madre de mis dos hijos.
Tiempo después mi madre falleció y la forma de beber de mi padre empeoró radicalmente. Preocupado, pagué para internarlo en un centro de rehabilitación (“anexo”) para adictos. Permaneció ahí durante seis meses y salió muy cambiado. Sin embargo, a la semana de haber dejado el anexo volvió a las andadas. No sé cómo consiguió dinero, pero con los billetes en mano lo primero que hizo fue ir a comprar droga. Creo que consumía heroína, la famosa “chiva”, porque se la inyectaba. Para tenerlo cerca y monitorearlo, decidí rentarle un cuarto en una colonia próxima a mi domicilio.
El pasado 15 de agosto por la mañana, mi esposa y yo fuimos a llevarle el desayuno, como lo hacíamos todos los días. Tocamos a la puerta repetidas veces y no respondió. La dueña de la casa nos prestó un duplicado de la llave y logramos entrar. Lo encontramos tirado en la cama, ya sin vida, sosteniendo una jeringa en una mano y una cuchara en la otra. Había muerto por una sobredosis.
Aún siento tristeza y dolor, pero al mismo tiempo experimento una profunda paz, porque sé que el viejo al fin dejó de sufrir. Se fue como siempre lo soñó: viajando entre las nubes.
“Descansa en paz, viejón”, concluyó Arturo su relato.







