Ángeles, muy temprano por la mañana:
se los puede ver entre los rocíos:
mirando, recogiendo, sonriendo, volando.
¿Son acaso las flores sus dominios?
Emily Dickinson
Sin fijar la mirada en ellas las descubres en cuanto pisas terrenos bañados por la lluvia. Se originan en el silencio de la noche en las bardas enmarañadas donde no llega la domesticación de los jardines. Ellas siguen surgiendo ahí, en las orillas para anunciar lo abierto que se abre.
Puede ser que sea el agua de las tormentas la que las arroja a estos suelos o el azar o el azar les ayuda a expandirse. Basta con que tú te apartes, con que no estés ahí en el momento en que, con acumulada paciencia, suben por las paredes de cualquier risco o se alojan en los resquicios de las piedras. Puedes ver sus luces moradas si de madrugada apartas las hojas de los eucaliptos o las ramas caídas de los guayabos que por esta temporada embriagan con su olor de selva.
Son campanillas silvestres, muy azuladas, moradas, posando en su enredadera.
Encontrar esos pétalos muy azulados entre la yerba tiene algo que decirte sobre lo elemental de la vida que sucede. Es el instante en que las ves cuando el tiempo se clava de golpe y vuelves a entrar a esa dimensión donde las fechas viajan en su propia órbita para alojarse en el tiempo del ahora.
Las encuentras donde menos lo esperas, en el quicio de una puerta aturdida en su propio abandono; sin explicarse por qué quien habitaba esa casa, el que cantaba, la que bordaba, la muchacha tocando el piano, las niñas balbuceando, ya no están. Ahí también las campanillas muy azuladas, aparecen frescas y radiantes luciendo la paciencia morada. Esperan el tiempo del regreso, de volver al bullicio.
Cuando te aficionas a ellas, sigues buscando porque sabes que la paciencia, la mirada de reojo te las mostrará en una ráfaga de luz. Entonces, seguirás el destello para llegar al macizo de flores donde se agolpan, donde viven sus mundos apartados. Porque eso hacen las campanillas moradas, se apartan de tu camino para que, perdida en la búsqueda, puedas levantar la vista del suelo, te preguntes si has dejado de concentrarte o ya no tienes rumbo.
Como pequeñas hadas vestidas de profundos azules florecen en las primeras horas. Su elegancia la encuentras en el confiado musgo donde nadie podrá arrebatarlas.
Si te sobreviene el desánimo, si pretendes caminar apresuradamente para abarcar un terreno más grande, lo más probable es que te desorientes yendo a un lugar y a otro. Las flores las encontrarás en tu proximidad, solo debes permitir que ellas te vean.
No te des por vencida. La tierra sigue fresca, la mañana está húmeda. Es la certeza de que las encontrarás donde menos lo esperas lo que hará que sigas tu camino.
No te entretengas contando las horas de la noche, ni busques el augurio del destino en las líneas de tu mano. Busca muy temprano en la mañana antes que se extingan en las horas del sol.
Cuando las encuentres en su floreciente abandono, podrás olvidarte de ti, del temor. ¡Ellas te darán su indulto! Disfruta de su vista porque no podrás recogerlas; no podrás trozar sus tallos plácidos para llevarlas contigo. Ni siquiera podrás recoger pétalos para guardarlos entre las hojas de los libros, porque los libros ya no guardan nuestras voces conmovidas.
Son campanillas silvestres, muy azuladas, moradas, nunca vencidas, nunca apagadas. Ellas siguen ahí con la serenidad de lo que está en el sitio que deben estar; como están las cosas en la realidad de las cosas; con la templanza de su porte para que, cuando camines con la atención despejada, cuando veas solo por ver; cuando la mirada vaya aquí y allá, libre de cordura, las veas y entonces sepas que la gracia existe.
[1] Socióloga. Investigadora de la UAN, lpacheco@uan.edu.mx







