Había que tener uno en casa y otro en el trabajo. Era el internet, o la inteligencia artificial de nuestro tiempo, y resolvía casi todas las dudas con un poco de imaginación. En su sección de hojas rosas guardaba las locuciones latinas y extranjeras que entonces nos importaban y nos servían. Traía un compendio de historia, geografía, ciencia y artes. El Pequeño Larousse Ilustrado fue compañero entrañable en mi formación y en los años de corrector. Sus más de noventa mil palabras, doscientas mil acepciones y cinco mil ilustraciones me abrieron los ojos al mundo. No sé si sirva hoy, cuando el vocabulario modal apenas alcanza el medio centenar de palabras. Esta mañana me topé con un ejemplar bien conservado de 1993 y no me privé de decirle, en voz baja, «gracias, Pequeño».







