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viernes, septiembre 25, 2026
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El espejo de Taiwán

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Reflexión a partir del segundo capítulo sobre Taiwán y los minerales críticos de Mundo Beto, proyecto del periodista Albert de Filippis, difundido en sus redes sociales, cierre de la serie de dos entregas

Hace cuarenta años, Taiwán era una isla pobre y sin subsuelo que valiera la pena, dedicada a ensamblar chucherías, con China al otro lado del estrecho amenazando con anexarla. Hoy medio planeta depende de un producto que sólo esa isla domina, los semiconductores más sofisticados que existen. A ese salto, y a la ruta opuesta que eligió América Latina, Beto dedica el segundo capítulo de su serie.

En los papeles, dice, Taiwán llegaba a la mesa sin bazas, y aun así logró algo que ningún país con tierras repletas de litio ha conseguido. En vez de exportar lo poco que tenía bajo el suelo, decidió fabricar aquello que el mundo iba a demandar, y lo hizo con una estrategia estatal fría, calculada a decenios, sostenida en tres pilares. Empezó por la gente: en 1973 fundó un instituto público de tecnología, adquirió patentes y conocimiento en Estados Unidos y becó a sus ingenieros para que se formaran fuera. Siguió por el entorno: en 1980 montó un parque industrial con carga fiscal ligera y vivienda accesible para repatriar a los técnicos taiwaneses que hacían carrera en Silicon Valley. Y remató con capital: en 1987 el gobierno aportó de su propia bolsa casi la mitad del dinero para crear TSMC, lo que Beto llama «plata pública con visión». Aquella empresa fabrica hoy los chips de vanguardia del mundo y se acerca al monopolio, tanto que buena parte del pulso entre Washington y Pekín gira alrededor de esa fundidora.

La misma película se repite ahora con los drones. En agosto de 2026, refiere, Taipéi destinó unos 7 mil millones de dólares a montar su propia industria, y la pone a prueba en el frente ucraniano. El New York Times, cita, reporta que fábricas taiwanesas ya ensamblan aparatos de diseño ucraniano: una parte aporta la ingeniería y la otra el saber del combate. Es la cabeza, resume, de un país que resolvió no volver a ser materia prima de nadie.

Enseguida viene el capítulo que, se queja, la prensa de la región suele saltarse. Esa misma isla que mostró la salida fue durante décadas aliada diplomática de buena parte de América Latina, y en los últimos años sus socios la fueron abandonando, uno detrás de otro, para reconocer a Pekín. La lista se lee como una hemorragia, Panamá en 2017, República Dominicana y El Salvador en 2018, Nicaragua en 2021, Honduras en 2023. A Taiwán le sobreviven doce aliados formales en el planeta, apenas un puñado en el continente, Guatemala, Paraguay, Belice, Haití y algunas islas caribeñas, y en toda Sudamérica sólo Paraguay, fiel desde 1957.

Lo que importa, precisa, no pasa por la simpatía que despertara la isla, pasa por lo que la región obtuvo en el canje, porque a los gobiernos se les vendió una ganga, dejen a la pequeña Taiwán, súmense al gigante y el dinero caerá del cielo. Honduras es el mejor mentís. En 2023 cortó con Taipéi y se lanzó a Pekín con la promesa de bonanza, y dos años más tarde su venta de camarón a la isla, que en 2022 rebasaba los cien millones de dólares, se derrumbó hasta dieciséis millones en 2025, sin que el mercado chino cubriera la caída. Un dirigente del gremio acuícola lo zanjó en dos palabras, «nos engañaron», y detrás quedan decenas de granjas cerradas y miles de empleos evaporados. Guatemala recibió un aviso parecido, en abril de 2024, con que su presidente elogiara a Taiwán bastó para que China frenara en sus aduanas embarques guatemaltecos de café y macadamia, el garrote que sigue al incentivo.

De ahí destila su ironía más afilada, la región se deshizo del único que enseñó, con hechos, a dejar de ser la cantera del mundo, y lo cambió por la potencia a la que le conviene que siga siéndolo, y encima pagó la cuenta por el privilegio.

Beto tampoco endulza el regreso. Imitar a Taiwán, reconoce, cuesta, exige un Estado capaz de proyectarse a treinta años por encima del calendario electoral, ingenieros cultivados durante una década y dinero público colocado con criterio, bienes que escasean por estos rumbos. Aun así, difícil dista de imposible, y hasta economías europeas como Grecia o Italia han intentado versiones del mismo camino. Y por no cargar sólo tintas oscuras, ofrece un resquicio esperanzador, Chile. En 2025 su Estado se quedó con la mayoría del control del litio mediante una sociedad entre Codelco y SQM, y de acuerdo con analistas de mercado el país llegó a acaparar cerca del 46 por ciento de las ventas mundiales de litio ya procesado, en carbonato e hidróxido, o sea, ya no sólo el mineral crudo, también un tramo del producto terminado. Ninguna revolución, admite, pero sí un dato que demuestra que la trampa se puede empezar a revertir.

Su remate es un espejo puesto frente al lector. La duda, dice, dejó de ser si esto es posible, porque Taiwán lo zanjó hace cuarenta años; ahora la duda es si los gobiernos de la región reunirán el valor de mirar a treinta años o preferirán canjear el porvenir por la mensualidad que llega puntual. América Latina no es un continente pobre, insiste, reposa sobre una tajada enorme del futuro del planeta, en litio, cobre, sol, agua y gente, y lo que le hace falta es apropiarse de ese tesoro en lugar de entregarlo en bruto. Y suelta, sin anestesia, el contraste que resume su tesis, la isla que no tenía nada terminó siendo imprescindible, mientras la región que lo tiene todo sigue resultando descartable. «No es un insulto», remata, «es un espejo». Lo que la región haga frente a él, concluye, ya no lo decidirán ni China ni Taiwán.

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