En 1868, un tepiqueño le regaló a su ciudad un jardín… Él se llamaba Miguel Azcona Lerma (1818–1879) y pertenecía a una familia de raíces navarras, es decir, con antepasados provenientes de Navarra, en el norte de España.
Se dice, se cuenta, se rumora que este ilustre vale tenía un terrenito en Tepic y, en vez de venderlo, fincar o dejarlo para que los herederos se pelearan por él, como Dios manda en toda familia mexicana… lo regaló.
¿Para qué? Para que la gente tuviera dónde pasear, platicar… y enterarse de la vida ajena sin que pareciera chisme. La ciudad, en agradecimiento, le puso su apellido al lugar: Jardín Azcona. Hasta ahí, todo en paz.
¡Peeero! En 1878 algún desquehacerado propuso cambiarle el nombre a Plaza de Iturbide. Sin embargo, no pegó; entonces dijeron: pues que sea Plaza Zaragoza. Pero los vecinos, ni en cuenta: le siguieron diciendo Azcona. Sin pleitos ni marchas, simplemente no les hicieron caso.

En 1896, el jardín heredó parte del barandal de la Plaza Principal… sí, de segunda mano. Como cuando te tocaban los zapatos del hermano mayor, un poquito traqueteados, pero tu mamá decía que “todavía aguantan”. Eso sí, de pilón le construyeron su fuente al centro. Nueva, nuevecita, de paquete.
En 1910, por los cien años de la Independencia, el jardín se puso de gala: flores nuevas, andenes de ladrillo y faroles. Más arreglado que quinceañera en su misa.

Luego llegó 1950 y la modernidad no tuvo piedad… Adiós ladrillo, adiós faroles, adiós adornos del Centenario. Cemento, luminarias y bancas de granito, que tampoco duraron: después las cambiaron por bancas de hierro.
Cuatro años después ocurrió algo que cambiaría para siempre la identidad del lugar: se levantó el Monumento a la Madre. De ahí salió el nombre con el que se conoce hasta hoy. Lo que no logró la política en el siglo diecinueve, lo logró el cariño a la progenitora.

Hoy casi nadie dice “Jardín Azcona”. Pero cada persona que se sienta ahí a disfrutar un raspado está cumpliendo, sin saberlo, el deseo de un hombre llamado Miguel Azcona que en 1868 decidió regalarle algo a su amada ciudad. ¡Amén!
Fuente: El Centro Histórico de la Ciudad de Tepic. Pedro López González. 2000.



