—¡Jefe, jefe! —insistió el joven Abelito López, reportero bisoño que realizaba labores de mil usos en la redacción del periódico El Informador de Guadalajara—. Nos acaba de llegar este despacho de Associated Press donde se reportan cerca de trescientas personas ahogadas en Nayarit por el desbordamiento de varios ríos.
Agustín Santoscoy, veterano jefe de redacción del diario, se despojó de los lentes para examinar el papel y atajó con incredulidad:
—¿Cómo? ¿Cuáles son las fuentes? ¿Por qué nosotros no sabemos nada?
Llevaba días lloviendo en todo el occidente. El lago de Chapala rebasaba sus niveles habituales y poblaciones como Bolaños, que jamás habían padecido anegaciones de consideración, resentían los embates de la creciente: la corriente arrasó más de cien viviendas ribereñas, dejando a cientos de damnificados. Los temporales registrados a finales de diciembre de 1925 y los primeros días de enero de 1926 resultaban desastrosos en buena parte de Jalisco.
Lo que en la capital tapatía aún se ignoraba era que la contingencia climática había alcanzado proporciones apocalípticas en la planicie costera de Nayarit. Las redacciones de Guadalajara y de la Ciudad de México conocieron la dimensión del suceso a través de reportes publicados por diarios estadounidenses como Los Angeles Times y el New York Herald Tribune, alimentados a su vez por despachos de la compañía Southern Pacific Railroad. La empresa ferroviaria notificó a sus oficinas centrales la suspensión total del tránsito por el litoral nayarita, tras constatar que las aguas desbocadas destrozaron kilómetros de terraplenes y vías, con pérdidas cuantificadas en cientos de miles de dólares.
Desconcertado por la noticia, Santoscoy ordenó comunicarse con el corresponsal en Tepic; sin embargo, el enlace resultó imposible debido al colapso generalizado del tendido telegráfico.
—Abelito, ¿te animas a ir a Nayarit? —inquirió el jefe de redacción—. Necesitamos un testigo que reporte sobre el terreno lo que ocurre allá.
El joven periodista vio ante sí la oportunidad de su vida y aceptó sin vacilar.
—Vete como puedas: súbete a un tren, aborda un camión o acércate a la Zona Militar para ver si envían brigadas de auxilio. Llega allá como sea —instruyó Santoscoy.
Abel López arribó a Santiago Ixcuintla en plena contingencia. La escena era desoladora: fincas colapsadas, edificios públicos en ruinas, cientos de pobladores errantes en busca de alimento y un ambiente de dolor colectivo.
El 8 de enero de 1926 remitió su primera crónica, que vio la luz al día siguiente:
SANTIAGO IXCUINTLA, Nay., enero 8.— Las aguas del Río Grande han crecido de una manera extraordinaria y alarmante, arrasando cuanto encuentran a su paso y en una gran extensión.
En esta ciudad el agua inundó no sólo la parte baja del lado del embarcadero, sino lugares considerados ya como infranqueables para cualquier desbordamiento, como lo es la Plaza de Armas y para el barrio de la Fábrica de Hilados. Muchas personas se han ido al cerro que está inmediato a la población buscando allí refugio contra los elementos desencadenados; pues además de las fuertes corrientes del río las lluvias son continuas y el frío azota con suma intensidad, favorecido por los vientos.
Se tienen noticias desconsoladoras sobre los perjuicios causados por el temporal y por el crecimiento de los ríos en Tuxpan, Mexcaltitán, Acaponeta, Rosamorada y otros lugares de menos importancia. Hay partes en que el campo está convertido en verdaderos lagos, en donde es preciso usar canoas y batangas para hacer el tráfico.
El cuadro de desolación y miseria es general. Todas las siembras de jitomate se han perdido; lo mismo las de algodón, tabaco y cereales, matando en unas cuantas horas la principal riqueza de los municipios del norte del Estado.

El puente de San Pedro —el que atraviesa de la estación ferrocarrilera de Yago a la otra banda— y muchas otras construcciones de la vía del Sud-Pacífico de México han sufrido averías de mucha consideración, imposibilitando el tráfico de trenes.

Esto que menciono es nada más de lo poco que a nuestro conocimiento ha llegado, debido a la falta de comunicaciones; pero no es aventurado decir que ha habido muchas víctimas personales, así como gran cantidad de ganado de todas clases que ha perecido a consecuencia de las inundaciones.
El trabajo de campo de Abel López resultó minucioso. Convivió con los damnificados y las tropas destacamentadas, recorrió parajes y rancherías anegadas, y calculó que la cifra real de víctimas mortales rondaba las dos mil personas, toda vez que caseríos y asentamientos enteros fueron borrados del mapa en la cuenca baja del río Grande de Santiago.
Las crónicas de López publicadas en El Informador fueron decisivas para detonar una intensa oleada de solidaridad cívica que trascendió las fronteras nacionales: en decenas de ciudades mexicanas se organizaron colectas populares, festivales benéficos y envíos de víveres para socorrer a la población nayarita ante el temporal más devastador del que se tenga memoria en el siglo XX.
A un siglo de aquella catástrofe, la recurrencia de fenómenos como El Niño y los denominados «superniños» continúa amenazando el litoral del Pacífico mexicano. El «Meganiño» de 1925-1926 evidenció ante la comunidad científica internacional que estas oscilaciones oceánicas y atmosféricas poseen una escala global y detonan efectos hidroclimatológicos difíciles de predecir.
De ahí la necesidad de rescatar los testimonios y archivos de aquella tragedia. La memoria histórica no es un simple ejercicio histórico: constituye la base para entender que la naturaleza posee sus propios ciclos y que los agravios creados por la imprevisión humana suele pagarse con creces. A 100 años es una gran lección para lo que hoy está sucediendo.
Escuchemos a la madre tierra.



