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lunes, octubre 12, 2026
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Casa a la deriva

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La casa se ha empeñado en no dejarme salir. Pareciera que su objetivo es mantenerme en un estado constante de resguardo frente al peligro. Cada que abro alguna de las puertas que dan al exterior, hacia la calle o hacia los patios, aparece un oscuro mar embravecido, flagelado por relámpagos, truenos y olas gigantescas. Imposible.

No obstante, mientras las puertas permanecen cerradas, las ventanas con protecciones de hierro me muestran la cotidianidad soleada de la calle con gatos amarillos, con personas que van por el mundo hablando de Dios, con vendedores ambulantes y perros azules que defecan en mi cochera sin portón (los perros azules, no los vendedores). Pero, apenas abro la puerta y el peligro oceánico se manifiesta, obligándome a cerrar de un portazo y a caer en un llanto que a veces se prolonga por horas, incluso por días. Cuando por fin me calmo, me asomo por la ventana para no olvidar lo que antes no apreciaba por ser tan común y corriente: la vida desnuda pasando por la calle.

Hubo un tiempo en el que salía de la casa, con la frente en alto y el corazón dispuesto, pero esos tiempos están tan lejos ya que, si pienso en ellos, no tardo en olvidar o confundir su recuerdo. Ya no soy nada de lo que era, ya no siento lo que sentía, ya no vivo como antes. Todo desde que Sara se perdió.

Ese mes, en que las FDI realizaron una serie de ataques aéreos selectivos en la Franja de Gaza, compramos la casa, Sara y yo, dos años después de casarnos. Obtuvimos un crédito compartido y recorrimos todo Tepic en busca de ella. La encontramos en una zona alta, en la cima de una colina, pequeña en comparación con los volcanes circundantes, pero de considerable elevación. Desde arriba, vimos parte del valle hacia el que crecía la mancha urbana e imaginamos, parados uno al lado del otro, convencidos del amor, un futuro próspero y lleno de luz. Al principio nos pareció muy alejada del centro de la ciudad, pero después de considerar, con la insistencia de Camacho, el vendedor de bienes raíces, que en algunos años la ciudad crecería sin remedio y que el precio de la casa se duplicaría en muy poco tiempo, nos decidimos. Firmamos papeles y recibimos el primer juego de llaves de nuestra casa. Así lo dijo ella: “Nuestra casa”, y me vio a los ojos. Mi corazón se puso a brincar como un conejo loco. Camacho parecía tener prisa por irse. Desde su auto nos dijo adiós. Algo en su sonrisa me hizo sentir que se burlaba de nosotros.

Cargué a Sara y atravesamos el umbral, felices como niños en su guarida secreta.

Los primeros dos años en la casa fueron de calma cotidiana y luminosa. Sin hijos, Sara y yo nos comportábamos como novios. Claro que había cuentas que pagar, una de ellas, la mayor, la casa. Y aunque los dos trabajábamos, nuestros sueldos compartidos eran apenas suficientes. No obstante, salíamos a caminar al atardecer y por las noches nos tirábamos juntos en la cama a ver películas que eran interrumpidas por el deseo que me ocasionaban sus pies etéreos, sus muslos musicales o sus labios frescos de fruta robada. Hacíamos el amor y después dormíamos con la plácida certeza de haber ingresado a un lugar sagrado.

Todo es distinto ahora, la casa entera está hecha un desastre, los muebles están muy estropeados y en total desorden, el salitre y la humedad carcomen las paredes, no hay ni un cuadro en su lugar, ningún espejo, ni un vaso de cristal, la alacena está vacía. Pues cada que abro la puerta, con la ilusión de que todo ha sido un mal sueño, el mar embravecido arroja olas al interior y la casa se balancea como una pequeña embarcación en medio de la tormenta, generando un desorden inmenso en su interior, hasta que logro cerrar la puerta y la casa vuelve a su naturaleza estática. He pasado varios días sin que me atreva siquiera a entornar la puerta; y la memoria de Sara me sigue doliendo en los huesos. Por eso meteré este mensaje en una botella, la sellaré y la arrojaré al mar, para que tú la recibas, porque me queda poco tiempo, los víveres se agotan y mis fuerzas se debilitan.

Nuestra casa va a la deriva. Sara ya no está, no obstante, siempre será “nuestra casa”. Hay una extrañeza en todo esto que me hace pensar en la ira divina –aunque soy ateo, gracias a Dios–, en la venganza de alguna deidad que, ofendida de alguna manera, me ha confinado a este bucle existencial, a esta espiral de riesgo acuático. Quizás lo mejor sea abrir la puerta y abandonarme al abismo. Me digo cada tanto. Nunca lo hago. El encierro me ha revelado también lo cobarde que soy.

No tener hijos fue al principio un signo de bienestar, pero, poco a poco, se fue transformando en una suerte de maldición, en una condena que nos enfrentaba con la malsana intención de culparnos mutuamente la esterilidad sospechada en el otro. Esa noche (el conflicto en franja de Gaza sumaba 81,000 palestinos muertos), llegamos al extremo de acusaciones infames. ¡Tienes arena en los huevos! Gritó ella acunando las manos para dar forma imaginaria a mis testículos secos. ¡Y tú tienes ovarios de anciana sifilítica! Reviré yo con menos gracia. Me abofeteó. La abofeteé.

Abrí la puerta para largarme de inmediato, pero la calle habitual de nuestro domicilio conyugal había desaparecido. En su lugar se mostraba, por vez primera, un mar embravecido y terrible como sólo los habíamos visto en las películas de mares embravecidos y terribles. Un trueno me obligó a retroceder con su estruendo de látigo celestial. Una ola se coló en la casa.

Entonces, descubrí a Sara, me veía con ojos perdidos y suplicantes mientras era arrastrada hacia afuera por la corriente de resaca.

La vi perderse en la negra marea.

Cerré la puerta.

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