A pesar de no haber sido el único viaje apostólico realizado por el Papa León XIV, ni tampoco el de mayor duración, el que le llevó entre el 25 y el 28 de septiembre a territorio francés ha sido el que mayor relevancia ha adquirido hasta ahora, como lo han puesto en evidencia las múltiples referencias a él de las que hemos sido testigos.
Entre esas referencias, personalmente, llamó particularmente mi atención el artículo que publicó Jean Meyer en El Universal el pasado domingo 4 de octubre, en el cual ―además de “pasar revista” a las actividades llevadas a cabo por el Romano Pontífice― califica como “asombroso” el entusiasmo del pueblo francés para festejar a León y participar en eventos religiosos, así como el contraste con el Papa Francisco, quien pisó varias veces territorio francés, pero rechazó todas las invitaciones para una visita oficial, apostólica o de Estado.
Tomando como punto de partida algo que también afirma Meyer en su artículo: “falta espacio para cubrir todas las facetas de esa intensa visita apostólica”, intentaré en unas pocas “palabras” ―abiertas siempre a exhortar a consultar las fuentes oficiales― explorar algunos de los ejes de esta visita a partir de algunos de los mensajes pronunciados.
En el discurso del Santo Padre en el Palacio del Elíseo ―pronunciado ante el presidente Macron y otras autoridades del gobierno francés, miembros de la sociedad civil y del cuerpo diplomático― se pueden encontrar referencias diversas al “vasto patrimonio cultural y religioso” del país, así como a una “diversidad de orígenes” que contribuye a dinamizar y enriquecer la convivencia y la vida democrática y que exige “proteger la diversidad de conciencias previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social”.
La referencia a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sirve al Romano Pontífice para ratificar la centralidad de la persona humana ―identificable por su libertad interior y su dignidad sagrada― y la exigencia de un discernimiento ético que considere “la tutela del derecho a la vida” como “el fundamento indispensable de cualquier otro derecho humano” y para expresar una preocupación por “ciertas derivas de las sociedades actuales que corren el riesgo de convertir la ciencia y la tecnología en empresas lucrativas que favorezcan las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada”.
Y aprovecha el contexto para hacer mención de otros tema “muy francés”: la que denomina “justa laicidad”, la cual “no consiste en excluir la religión del espacio público o de la educación, sino trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de los verdadero, lo bueno y lo bello”.
El tema de la tutela del derecho a la vida lo subraya de nuevo el Papa en el discurso que pronunció en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en el que considera nuestra época como una “en la que algunas sociedades tienden a apartar la mirada o a cerrar los ojos frente a la dignidad humana”; en la que afirma que ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de nuestra dignidad y que, “en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión” y en el que exhorta vehementemente a los agentes sanitarios: “¡Sean servidores apasionados de la vida! ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad determinada! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!”
Desde el punto de vista eclesial, destaco el discurso pronunciado por León XIV en el Instituto Católico de París en su encuentro con la Asamblea Sinodal Provincial, catecúmenos y neófitos, ya que en él se constata que el entusiasmo mostrado por amplios sectores del pueblo francés no se limita a lo emotivo sino que tiene que ver “con el redescubrimiento de la fe”, con “el número de personas que se acercan al umbral de la fe y los numerosos adultos que piden recibir los sacramentos de la iniciación cristiana”. [En este contexto, Notre Dame, la catedral restaurada después del incendio bien podría considerarse como símbolo de ese nuevo e inesperado Pentecostés francés del siglo XXI].
En el breve discurso pronunciado en el Centro de Conferencias “Robert Schuman” de Metz como parte de un encuentro interreligioso, podemos encontrar el componente ecuménico de este viaje apostólico. En esas palabras, el Papa parte de una referencia a la ciudad de Metz ―”ciudad de fronteras y de encrucijadas”― y a la figura de Robert Schuman: ”hombre de fe y de convicciones [que] supo transformar las antiguas líneas de fractura en puntos de esperanza para toda Europa, y [que] se convirtió en un verdadero embajador de la unidad en la diversidad”.
Estas referencias le conducen a afirmar, entre otras cosas: “nuestra responsabilidad común en cuanto mujeres y hombres religiosos, es la de testimoniar que, más allá de las fronteras, siempre es posible reencontrarse, establecer la amistad y construir la paz”; “dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro”; “la fecundidad de las tradiciones religiosas se manifiesta, ante todo, en su servicio a la paz y a la fraternidad [así como] en su presencia amorosa junto a las personas más vulnerables y más frágiles. En fin, “servir a la vida significa envolverla en cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final”.
El discurso de León XIV en el seno de la UNESCO, por su parte, adquiere relevancia desde el punto de vista del aporte de la Iglesia Católica para “asegurar el respeto universal a la justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales” “mediante la educación, la ciencia y la cultura” [tal como se expresa en el propósito de este organismo].
En él, el Papa explora una pregunta fundamental “¿Qué significa ser humano?” y destaca tres elementos que le constituyen como tal:
- Es alguien que es concebido y nacido [eso nos hace hijos, hermanos y hermanas y muestra que nuestra humanidad es un don];
- Todos nacemos desnudos y necesitados [somos pobres por nacimiento, necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afectos];
- Los seres humanos poseemos un potencial inmenso [que se hace hermoso cuando se orienta hacia el bien y la verdad y que se desfigura cuando degenera en arbitrariedad, violencia o sed de poder.
Veremos [y diremos] qué mensajes pronuncia en su primera visita a tierras latinoamericanas el mes próximo [Argentina, Uruguay y Perú]…







