Satélites, cazahuracanes, boyas, barcos, radares costeros y globos meteorológicos proporcionan los datos que sirven para pronosticar nacimiento, intensidad, trayectoria y muerte de los huracanes. Con todo ese arsenal, suelen fallar. Simón es el más reciente ejemplo de la falibilidad de la meteorología: le cambiaron la ruta una y otra vez. La política y la vida misma ofrecen eventos aún más impredecibles. Pero nuestra necesidad de certeza nos induce a buscar más métodos que respalden el afán de controlar los acontecimientos del mundo. Así que lo que hicimos para prevenir los estragos de Simón es un ensayo más de esas pausas en el trajín de todos los días para mitigar los impactos de los hechos caprichosos e impredecibles. Pidamos a Simón que por el océano siga su furia menguante. Aunque humille a los pronósticos.







