En el cruce vial de la avenida Allende y la calle Juan Escutia, el segundero del semáforo marca la pauta para una función donde el riesgo y la destreza se entrelazan. Suspendido sobre una delgada cuerda metálica, Axel desafía el equilibrio a metros del asfalto para ganarse la vida honradamente ante la mirada atónita de conductores y peatones.
El artista urbano, procedente de una familia con arraigada tradición circense de Michoacán, tuvo que reinventar su oficio cuando la emergencia sanitaria por COVID-19 detuvo las carpas y funciones itinerantes. Tras probar suerte como tragafuegos y limpiaparabrisas, la alta competencia en las esquinas lo impulsó a elevar la dificultad de sus actos, adaptando la disciplina del alambre flojo que su padre le enseñó durante la infancia.
Dispone el joven de sólo 58 segundos —el tiempo exacto que permanece la luz roja encendida— para armar su estructura portátil, ejecutar acrobacias aéreas, descender de la cuerda y recorrer las hileras de automóviles en busca de una moneda. Entre el estruendo de los motores y la prisa urbana, la destreza se convierte en el único puente entre su esfuerzo y la solidaridad ciudadana.
Diariamente, el trabajador independiente recaba un promedio de 500 pesos en jornadas que se extienden entre una y cuatro horas, dependiendo de la afluencia vehicular y la disposición de la gente. “En la calle uno se topa con todo tipo de tratos, pero agradezco a los habitantes de Tepic por permitirme trabajar honradamente”, afirma mientras ajusta su equipo para la siguiente ronda.
Alejado de los vicios y concentrado en perfeccionar su arte, el acróbata busca transformar la rutina del tráfico en un instante de esparcimiento. Cada alto del semáforo representa para él la oportunidad de regalar una sonrisa a los automovilistas a cambio de un apoyo económico que le permita mantener vivo su legado familiar.







