Yostal Ramírez /Fotografía de Slampa Torres
En Jalcocotán, una noche de 1907, el arroyo se olvidó de sus modales. El mismo donde se lavaba la ropa y se jugaba con los amigos se volvió una bestia capaz de derribar casas.
Entonces, un pueblo entero se arremangó los pantalones para salvar lo poco que tenía. Aunque fuera poco, nadie le iba a dejar ni la olla de los frijoles.
Esta historia la contó un niño que vivió aquella noche envuelto en un sarape. Ese niño era nada más y nada menos que Ernesto Galarza, el escritor nayarita que llegó a ser nominado al Premio Nobel de Literatura en 1976. De Jalcocotán a la lista del Nobel.
En su libro Traspasando fronteras, recordó la inundación que sacudió a su pueblo, en el municipio de San Blas Nayarit. Y vaya manera de pasar la noche…
Según cuenta, afuera, el viento aullaba entre los árboles como si buscara a alguien. Los relámpagos iluminaban el cielo y la flama del candil se movía de un lado a otro, como si también quisiera salir corriendo.
Esa noche, nadie de la familia de Ernesto durmió en el tapanco. Se envolvieron en sus sarapes y se sentaron en una esquina de la cocina, listos para salir. El sarape, en esos casos, sirve de cobija y de impermeable. Así esperaron todos, muy juntitos.
“A través de las rendijas podíamos ver los destellos morados de los relámpagos; estábamos alertas, como la gente grande, esperando que un trueno estallara sobre nuestras cabezas”.
Se dice, se cuenta, se rumora que en Jalcocotán hasta los animales presentían el peligro, pues no se veía ni un pájaro en el cielo. Hasta los zopilotes, que no se pierden ninguna desgracia, prefirieron emprender, en esta ocasión, la elegante huida.
“La lluvia había comenzado a caer a la primera hora de la tarde. Los hombres sabían que no se trataba de una llovizna veraniega, pues se habían oído truenos, en la parte norte de la montaña, durante toda la mañana…”
Entonces, el huracán chocó contra las montañas y siguió su camino. ¡Peeero! El agua, en cambio, se quedó de visita en el pueblito de Jalcocotán, y el arroyo se volvió un torrente color café. Un peligro de verdad.
La gente las llamaba “aguas broncas”. Y bien puesto el nombre: rugían como una estampida de caballos, y a esos “caballos” nadie los podía arrear.
“Por la calle, entre las dos chozas que estaban enfrente de la nuestra, podíamos oír el rugir de la corriente y el crujir de la madera, que se había destruido con la tormenta… Nadie durmió esa noche. Los perros y las gallinas se quedaron dentro de las casas…”
Según las malas lenguas de las buenas gentes, para los viejos del pueblo aquello no había sido gran cosa, pues, ¡a según ellos, habían visto peores! Pero para Ernesto y los muchachos de su edad, sobrevivir a esas aguas broncas los convirtió en héroes. Y un héroe de pueblo tiene historia para presumir durante un largo rato.
En Jalcocotán, la inundación de 1907 dejó daños y un buen susto. Pero también dejó la historia de un pueblo al que la naturaleza puso a prueba y que salió adelante con mucha ayuda entre vecinos. Y dejó a un niño que, años después, se la contaría al mundo.
Fuente: Galarza, Ernesto. Traspasando fronteras. México, D. F.: Secretaría de Educación Pública, colección SepSetentas, 1978. Informacion: Pedro Luna Jiménez.










