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Kenna: el huracán que sí fue

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Eran las seis de la tarde del 24 de octubre de 2002. En la rectoría de la Universidad Autónoma de Nayarit seguíamos con puntual atención las alertas del sistema de protección civil. Las imágenes satelitales y los modelos meteorológicos que consultábamos en internet, que su uso aún no se generalizaba entre la población y que solo algunas instituciones teníamos, nos revelaban una masa de aire colosal y amenazante.

La banda nubosa cubría buena parte del litoral del Pacífico mexicano. Los especialistas confirmaban que se trataba de un huracán categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, con vientos sostenidos y rachas que superaban los trescientos kilómetros por hora. Las autoridades encendieron las alarmas y los medios de comunicación advertían del riesgo; sin embargo, en amplios sectores de la población persistía el escepticismo: el último meteoro de gravedad que había azotado a Nayarit databa de los años treinta y el paso del tiempo había diluido la memoria colectiva.

Un día antes ordenamos evacuar las instalaciones de la Escuela de Ingeniería Pesquera en San Blas y suspender actividades en todas las preparatorias y unidades académicas. En aquellos años no existían protocolos de suspensión obligatoria generalizada para el sector educativo. La mañana del viernes 25 de octubre, los reportes se volvieron críticos: el monstruo enfilaba directo hacia las costas nayaritas. En el colegio de mis hijos no se cancelaron labores porque era el último día del periodo de exámenes, así que salieron de casa a las 7:45. Hacia las nueve de la mañana, la inminencia del impacto era un hecho incuestionable.

A las 9:30 me presenté en el plantel escolar para insistirle al director sobre la urgencia de suspender clases ante el poder destructivo del fenómeno. Me recibió visiblemente nervioso; me explicó que acababa de girar la instrucción y que los padres de familia ya acudían por los alumnos. En ese instante, las primeras ráfagas sacudían el follaje de los árboles en Tepic. Mis hijos ya no estaban en su escuela: se habían marchado con unos amigos, lo que me provocó un remordimiento inmediato por haber permitido que salieran esa mañana.

Tras verificar que se aseguraran los edificios de la Ciudad de la Cultura y ordenar al personal universitario resguardarse en sus hogares, me dirigí a mi casa en la colonia Menchaca. Poco después llegó mi compadre Juan Carlos Plascencia; para entonces, Javier y Manuel ya se habían reportado sanos y salvos en el domicilio de sus compañeros. Alrededor de las diez de la mañana se desató un aguacero denso, acompañado por un viento huracanado que crecía en furia a cada minuto. «Llegó el ciclón», nos dijimos mientras reforzábamos puertas y ventanas. Al intentar trancar el portón de la cochera, un golpe de viento nos empujó violentamente un par de metros hacia el interior; con esfuerzo, Juan Carlos y yo, logramos contenerlo y pasar los cerrojos.

Durante cerca de tres cuartos de hora, la capital resintió la embestida de Kenna. Desde el ventanal de la planta alta observaba cómo las palmeras se doblaban hasta rozar el suelo, mientras tinacos, tapas de aljibe, láminas y ropa surcaban el aire como proyectiles que se estrellaban contra las fachadas vecinas. Fueron minutos de enorme tensión. Sabía que en la costa el impacto era devastador y no dejaba de pensar en mis padres, allá en la casa del cerro en Santiago Ixcuintla. Pasado el mediodía el vendaval amainó de golpe y el sol reapareció con tal brillantez que no faltó quien supusiera que nos encontrábamos bajo el ojo del huracán; no era así: el meteoro había rasurado, literalmente, la franja costera desde las faldas del cerro de San Juan hasta las inmediaciones de Rosamorada. El vórtice tocó tierra entre San Blas y Villa Hidalgo, cruzando varios poblados santiaguenses antes de estrellarse contra la Sierra Madre Occidental y desintegrarse.

Apenas amainó el temporal, me trasladé a la Ciudad de la Cultura. Me inquietaba el edificio de la Biblioteca Magna —aún en fase previa a su inauguración—, cuyos amplios ventanales temía ver pulverizados, así como la techumbre del Mesón de los Deportes, que imaginaba desmantelada. Afortunadamente no fue así: ambas estructuras demostraron la solidez y el talento de sus proyectistas. Resultaba admirable constatar que el Mesón únicamente había resentido el movimiento de algunas láminas en la cumbrera y la liberación de celosías estratégicas concebidas para el desfogue de las corrientes de aire, una muestra de la pericia arquitectónica del arquitecto Renato Caballero.

El campus ofrecía una estampa desoladora: árboles centenarios desgajados desde la raíz —como el ejemplar de la jardinera de Turismo, abierto en canal por una fuerza descomunal—, postes derribados y ramas dispersas, aunque sin daños estructurales irreversibles. En la Preparatoria 1, habilitada como albergue temporal, se vivieron momentos de zozobra durante el vendaval, pero la población refugiada se encontraba a salvo bajo la custodia del Ejército y personal de auxilio. Al encontrarse colapsada la red telefónica, no teníamos comunicación con los planteles universitarios de la zona norte y la costa.

Pasé a recoger a mis hijos para enfilar hacia Villa Hidalgo y Santiago Ixcuintla, con el propósito de ver como se encontraban sus abuelos e inspeccionar las escuelas, que presumía severamente dañadas. El trayecto confirmó los peores temores: árboles bloqueando los carriles, tractocamiones volcados por el viento sobre el acotamiento y cableado caído en cada poblado. Al ingresar a Santiago la desolación era mayúscula: las torres de iluminación del estadio Revolución dobladas como alfileres sobre el empedrado y el terreno de juego; la Preparatoria 2 con techos levantados, ventanales rotos y sus bardas perimetrales en el suelo; el mercado municipal sin techumbre y el cerro desprovisto por completo de vegetación.

En casa de mis padres, la enorme antena parabólica se había desprendido de cuajo para azotar contra el acceso principal. El viejo guayabo del patio —a cuyo pie la tradición familiar mandó enterrar mi cordón umbilical y el de mis hermanos— yacía derribado tras golpear repetidamente los ventanales. Mis padres, mis tíos y mi abuela Toñita continuaban conmocionados, pero profundamente aliviados de encontrarse ilesos.

Posteriormente nos trasladamos a Villa Hidalgo, donde el paisaje parecía extraído de un relato apocalíptico: árboles “empapelados” vestidos con láminas retorcidas arrastradas desde bodegas a kilómetros de distancia. La finca de la familia Nájar parecía haber sido triturada por un torbellino gigante; techos de palma y zinc habían desaparecido, y ya hacia las seis de la tarde, mis hijos, sus primas y los vecinos limpiaban y retiraban escombros en un admirable esfuerzo comunitario, afortunadamente, la familia se había resguardado a tiempo.

En la Preparatoria 9 el panorama no era distinto; sin embargo, en medio de la devastación me conmovió contemplar intacto el mural de unos jóvenes marchando con el puño en alto flanqueado por ramas caídas. «Nos levantaremos de esta», me dije ante aquel símbolo de combatividad universitaria encontrado entre los escombros.

Al intentar avanzar rumbo a San Blas, el paso hacia la Escuela de Ingeniería Pesquera resultó intransitable. Su director nos refirió que dos imponentes marejadas sobrepasaron la cinta asfáltica en el actual bulevar de Matanchén, inundando aulas, dormitorios, biblioteca y laboratorios, dejando equipos de cómputo y mobiliario flotando entre el fango salino: una pérdida material total que, gracias a la oportuna evacuación de estudiantes y maestros la víspera, no cobró vidas humanas.

Retornamos a Tepic entrada la noche en medio de un silencio sobrecogedor. El saldo fatal en el estado fue de dos personas fallecidas que no pudieron o no quisieron abandonar zonas de alto riesgo: una víctima asfixiada bajo los adobes colapsados de su vivienda y otra electrocutada por cables de media tensión. La reconstrucción material demandó años, y no pocas construcciones quedaron reducidas a ruinas permanentes, al no tener quien respondiera por ellas.

A casi un cuarto de siglo del paso de Kenna, la memoria social tiende a relajarse frente a la aparente calma de los años recientes y el relevo de nuevas generaciones que no padecieron aquel azote. Las medidas de protección civil jamás deben tildarse de exageradas: lo vivido aquel 25 de octubre de 2002 nos enseñó, a un costo altísimo, que con la fuerza de la naturaleza no se juega.

Francisco Javier Castellón Fonseca
Francisco Javier Castellón Fonseca
Académico y político. Presidente Municipal de Tepic 2017-2021. Rector de la Universidad Autónoma de Nayarit 1998-2004. Senador por Nayarit 2017-2021.
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