El reloj fue el invitado que nadie quiso en la Noche de Museos. En El séptimo sello, de Ingmar Bergman, un caballero regresa de las cruzadas y se encuentra con la Muerte, a quien desafía a una partida de ajedrez para ganar tiempo. En Tepic, el viernes, también había una partida contra el reloj, aunque aquí no estaba en juego la vida, sino algo más modesto y, para muchos, igualmente difícil, alcanzar a cruzar las siete puertas antes de que terminara la noche.
Cada museo ofrecía una historia distinta y el pasaporte prometía reunirlas todas en una sola ruta. Pero entre un concierto, un poema, un taller y una conversación que se alargaba más de lo previsto, había que elegir. Quedarse un rato más con Vivaldi podía significar perderse la zarzuela; detenerse ante un libro, llegar tarde al siguiente recinto. La cultura estaba a la vuelta de la esquina, pero el tiempo no alcanzaba para todo.
Dice el Apocalipsis que, al abrirse el séptimo sello, hubo silencio en el cielo durante media hora. En la avenida México ocurrió algo menos solemne, pero no por eso menos significativo, los claxons se quedaron del otro lado y las calles, libres de autos, se llenaron de familias, música y pasos sin prisa. Por unas horas, Tepic descubrió que también se puede avanzar cuando nadie tiene que abrirse paso entre los motores.
La noche, además, tenía sus propios encuentros. Personajes de libros que salían al paso, susurradores poéticos que prestaban su voz a quien la pidiera, amigos que aparecían entre una puerta y otra. Siempre había alguien a quien saludar, una actividad que no estaba en los planes o un “ahorita te alcanzo” que terminaba convirtiéndose en otra historia. A veces, lo que retrasaba el recorrido era justamente lo que hacía que valiera la pena.
Los pasaportes llevaban la cuenta, un sello por recinto y, al reunirlos todos, un libro de regalo. Sin embargo, la noche no siempre se deja contar. Algunos se quedaron con un espacio en blanco; otros ni siquiera alcanzaron a hacer la fila para recoger el suyo. Y hubo quienes, entre tantas actividades, descubrieron que lo más valioso no cabía en ninguna casilla, como aquel niño que cruzó la ciudad emocionado por entrar a la casa de Juan Escutia.
A diferencia del caballero de Bergman, a quien la Muerte termina alcanzando, quienes se quedaron a un sello de completar su pasaporte tienen otra oportunidad. No hace falta volver a recorrer las siete puertas ni ganarle una partida al reloj. Basta con regresar.
Este martes 20 de octubre, a las 7 de la noche, el Museo de los Cinco Pueblos recibirá a quienes dejaron incompleto su pasaporte durante la Noche de Museos. En el marco de Martes de Artes, podrán estampar el sello que les faltó y recibir su libro de regalo. La entrada es libre.
El libro, al final, era parte de la promesa, un objeto para llevar a casa, dejar en un estante y abrir quizá mucho después. Lo importante es que la noche no se quedó en una fila ni en una colección de sellos. Algo de ella vuelve a empezar este martes.
Y para quienes todavía quieran reunir los suyos, las próximas actividades seguirán ofreciendo oportunidades de completar el pasaporte y llevarse un libro. La partida continúa, pero esta vez nadie tiene que correr para llegar a tiempo, o eso se espera.







