Hace unos días me llamó una tía. No era para saludar precisamente, aunque por cortesía lo hizo, quería saber por qué había tantas publicaciones sobre la mochila de emergencia y si debía preocuparse o no. En redes llevaban días circulando mensajes que pedían tenerla lista, justo cuando las elecciones de Estados Unidos y el rumor de un “posible bombardeo” tenían a más de uno con los nervios de punta. Entre una receta y un video de gatos, el feed se interrumpía con un aviso urgente.
En 1938, Orson Welles puso a medio país a temblar con una transmisión de radio sobre una invasión marciana. Hoy no hace falta un micrófono, basta una infografía compartida en el momento equivocado. Hubo quien se asustó de verdad y quien, simplemente, disfruta viendo el mundo arder, pero la semilla ya estaba sembrada.
En los comentarios de redes sociales aparecía el mismo argumento, “es sospechoso”, porque este tipo de recomendaciones solo se dan por huracanes o inundaciones, y la temporada de huracanes en el Pacífico ya pasó. Es una duda comprensible, pero parte de un dato equivocado. La temporada de ciclones tropicales en el Pacífico va oficialmente del 15 de mayo al 30 de noviembre, y la del Atlántico del 1 de junio al 30 de noviembre. Es decir, todavía no termina, y una recomendación de prevención en estas fechas es perfectamente normal.
La Coordinación Nacional de Protección Civil (CNPC) salió a aclarar que la campaña de la “mochila de emergencia” forma parte de sus acciones habituales de prevención y autoprotección, que se difunden de forma periódica junto con las autoridades estatales. Precisó también que no responde a un desastre inminente ni guarda relación con avisos o tendencias de otros países. Dicho de otro modo, lo que sonó a alarma de invasión era, en realidad, un recordatorio de rutina.
Algo parecido ocurrió con Welles, la emisión aclaró que era ficción, pero mucha gente sintonizó ya empezado el programa y no escuchó el aviso. Las aclaraciones llegan a quien las busca, no necesariamente a quien ya se asustó.
Y la mochila no es solo cosa de huracanes e inundaciones. En la Ciudad de México el principal riesgo son los sismos, y el gobierno capitalino anunció el 1 de septiembre de 2025 el programa “Mi Mochila de Vida”, que responde a protocolos oficiales ante temblores. En Sinaloa, Protección Civil llamó a las familias a preparar la mochila al iniciar la temporada de lluvias y ciclones de 2026. La recomendación general es tener lo necesario para las primeras 48 a 72 horas tras una contingencia, y es una guía que circula cada año, sobre todo alrededor del Simulacro Nacional. Los marcianos nunca fueron el escenario; los temblores sí.
Tampoco es una moda mexicana. Bélgica lanzó este año una campaña para que los ciudadanos puedan valerse por sí mismos durante 72 horas, y recordó que la Unión Europea ya había pedido, un año antes, preparar un kit para tres días. El Reino Unido inició el 22 de octubre su campaña “Be Ready”, pensada para interrupciones de luz, agua, teléfono e internet por clima extremo, ciberataques o fallas en servicios críticos.
Canadá tiene cada mayo su Semana de Preparación para Emergencias, con el mismo mensaje de tener un plan familiar y una mochila lista. Ninguno de esos gobiernos anunció una invasión. Lo que cambió es que asumen que cada hogar debe poder resistir los primeros días de una crisis. Y hay un dato que debería inquietarnos más que cualquier rumor, en una encuesta oficial británica de 2026, solo 13% de los hogares dijo estar total o casi totalmente preparado.
¿Por qué entonces el pánico? Porque, a diferencia de la radio de 1938, aquí el miedo no salió de la ficción. En enero, los movimientos militares estadounidenses cerca de México obligaron a la presidenta a tranquilizar al país.
En agosto, Estados Unidos y Canadá emitieron una alerta de seguridad por una posible amenaza en Mexicali. Y la propia presidenta ha dicho que sectores de la ultraderecha estadounidense quieren usar a México como parte de su retórica en la elección de noviembre. Con ese telón de fondo, una infografía de “prepara tu mochila” no cae en terreno neutral. Se lee distinto cuando el país vive con la sensación de que algo puede pasar.
Aun así, en lo que pude revisar no hay un aviso oficial, ni de México ni de otros gobiernos, que anuncie un bombardeo o un ataque inminente. La ausencia de una alerta no borra la ansiedad, y ahí es donde falló la comunicación. Una campaña de prevención es buena en sí misma; el problema es difundirla sin contexto en el peor momento posible y dejar que cada quien llene el vacío con su peor escenario. Cuando la autoridad calla o llega tarde, el rumor se encarga de explicar. El comunicado de la CNPC es útil, pero llegó después de que mi tía me había marcado.
Hay un detalle curioso de la historia original, varios historiadores sostienen que el pánico de 1938 fue bastante menor de lo que contó la prensa de entonces, una prensa que veía en la radio a su competencia y le convenía exagerar el susto. Quizá algo similar pasa hoy, y el miedo en redes pesa menos de lo que parece, pero crece cada vez que alguien lo comparte con un “por si acaso” o solo por ver el mundo arder.
Así que la respuesta a mi tía es sencilla, no, no hay marcianos ni hay que preocuparse, pero sí hay que prepararse. Tengan la mochila, porque un sismo o un huracán no avisan y no necesitan una elección de por medio.
Que sea por prevención y no por pánico, y que la información salga de canales oficiales, no del primer reenviado de WhatsApp. A las autoridades les toca algo más, explicar el por qué ahora, no solo el qué meter. Welles al menos avisó desde el principio que todo era un programa de radio; a quien comunica la prevención le toca avisar a tiempo que esto es rutina y no una emergencia. La confianza se construye con claridad, y una campaña sin explicación termina pareciendo una transmisión de emergencia.







