Partieron de este mundo en total incertidumbre tres mujeres que consagraron sus últimos alientos a rastrear terrenos en Nayarit, dejando una herida insondable en las brigadas de rastreo civil.
La representante de la asociación civil dedicada a la localización de personas ausentes, Guadalupe Solís, constató que estas compañeras fallecieron sin haber logrado abrazar o dar sepultura digna a los suyos, en una pena compartida por cientos de hogares.
Cuando la delincuencia sustrae a un ser querido, el orden cotidiano se quiebra de manera irreversible para los padres y hermanos, convirtiendo la convivencia doméstica en un estado perpetuo de zozobra.
Noches interminables marcan el calvario de quienes aguardan una señal, donde cualquier timbre telefónico o motor cercano sacude la tranquilidad del hogar. “El sonido de un carro nos despierta, la sirena de una ambulancia nos altera, nada es igual para nosotros, nada”, lamentó Solís.
Desde el mes de diciembre del año 2018, la propia activista mantiene una búsqueda tenaz tras la pista de su nieto Jorge Adrián, arrebatado de su entorno cuando apenas contaba con 21 años de edad.
Ella conserva la convicción inquebrantable de dar con su paradero tarde o temprano, sosteniendo la promesa de no abandonar los trabajos de campo a pesar del desgaste emocional y físico acumulado.
Aunque la Fiscalía estatal brinda acompañamiento durante diversas diligencias periciales, la inmensidad de las zonas agrestes y el silencio en torno a los entierros clandestinos vuelven tortuoso el camino hacia las respuestas.
Información anónima y fidedigna por parte de la sociedad representa el alivio más certero para iluminar estos senderos, garantizando total discreción a quienes aporten ubicaciones. “Nosotros no buscamos culpables, sólo buscamos a nuestros seres queridos”, reiteró la representante.







