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Tatiana, la anatomista de las derrotas

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Lejos de la nostalgia por el 75, la intervención de Tatiana Coll fue una disección. Una autopsia de las izquierdas, sus fraudes internos y el "hijo con cara de mapache". La crónica de una vieja lección: unos ponen los muertos, otros llegan al poder.

Crónica Meridiana | Jorge Enrique González

Tatiana Coll Lebedeff es una socióloga y periodista que actualmente escribe con frecuencia en La Jornada. Este domingo participó en el panel que en Tepic conmemoró los 50 años de la elección de gobernador en la que partició Alejandro Gascón Mercado bajo las siglas del Partido Popular Socialista (PPS).

Coll Lebedeff habló de las izquierdas, no de la izquierda, ante los gasconismos, no el gasconismo reunido en un salón sindical de la burocracia local.

Destacó que a la izquierda le ha faltado debate y voluntad de escuchar y escucharse, pero también nos recordó sobre ese trágico final de las luchas, donde empiezan unos y gobiernan otros.

¿Hablaba de la cuatroté?

Esa pregunta quedó suspendida en el aire húmedo del salón de actos del SUTSEM. Era casi el mediodía del 9 de noviembre de 2025. El panel que conmemoraba los 50 años del fraude del 75 ya había consumido tiempo.

El ambiente estaba cargado. Los ponentes anteriores, Sergio Silva y José Luis Sánchez, habían puesto todo sobre la mesa: los archivos de la DFS que probaban el fraude, la traición del líder nacional en un avión privado.

El salón estaba puesto para la nostalgia, para la denuncia del adversario.

Y entonces, Tatiana Coll.

El moderador leyó su currículum: socióloga por La Habana, doctora por la UNAM, periodista, exiliada en Chile, militante del PSUM. Historia viva. Ella tomó el micrófono y advirtió.

“Me invitaron a un debate”, dijo. “Por lo tanto, en vez de hacer una apelación heroica, me gustaría intentar un debate”.

Su primera corrección fue al sujeto. El sujeto plural. “No es la izquierda”, dijo, con la paciencia de la academia, mirando a los herederos de Gascón. “Son las izquierdas”. Y la segunda, al método. “Un problema que hemos tenido… es la carencia de debates en el que nos escuchemos”.

Tatiana pasó el terreno del fraude y ejecutó una autopsia. Su pregunta clave fue una paradoja de la geografía y el tiempo: “¿Cómo es que Nayarit”, preguntó, “lo que cuaja, es un movimiento electoral que aspira a gobernar, en medio de un país en llamas?”.

Un país, recordó, de guerra sucia, de pueblos arrasados en Guerrero. La respuesta estaba en los archivos de Silva: el movimiento era tan fuerte que el régimen no necesitó matarlos en la sierra, sino robarles en las urnas. “Qué pánico”, ironizó, “que en vez de una guerrilla pudiera haber una insurrección popular en algún estado”.

Pero el filo de su análisis no estaba reservado para el PRI. Era para ellos. Para las izquierdas. Y para la pregunta que flotaba en el salón sobre la cuatroté.

“Hay un viejo dicho”, lanzó, “que dice: ‘la avenida Revolución acaba siempre en Reforma’” (Se refiere a las avenidas de la Ciudad de México y a los movimientos que nombran esas palabras).

“Miguel Hidalgo, Morelos, Guerrero… terminaron muertos, asesinados. ¿Y quién se coronó emperador? Fue Iturbide”.

El silencio en el salón del SUTSEM fue denso. ¿Hablaba de 1975 o de 2018?

La socióloga trajo la memoria de Chile. La vía democrática de Allende. El golpe. La eterna disyuntiva: la institucionalidad de un presidente que busca evitar un baño de sangre, o el poder popular armado del MIR. “¿Qué hacer?”, preguntó Tatiana, repitiendo a Lenin.

No hay respuesta fácil. Sólo patrones.

Y el patrón más doloroso es el de la traición interna. La sala la escuchaba. Y fue ahí cuando Tatiana dejó la sociología para ser testigo.

Ella estuvo ahí. En la fundación del Partido Socialista Unificado de México, el PSUM, el gran proyecto que unió al Partido Comunista Mexicano (PCM) con el Partido del Pueblo Mexicano (PPM) de Gascón Mercado.

Ella vio el “Zócalo Rojo” (01:15:13) que Gascón sí prendió, mientras el discurso del líder comunista Martínez Verdugo “nos dio sueño a todos”.

Y vio el miedo. El pánico de los “depositarios históricos de la verdad” (el PCM) ante esa fuerza popular, real, que venía de Nayarit y Sinaloa.

Vio la traición.

“¿Y dónde se perdió el famoso congreso?”, preguntó, retóricamente. “Se perdió en las afiliaciones. En el conteo de la burocracia”.

Describió, sin adjetivos, la “práctica política corrupta” de los operadores comunistas, “con una maestría aprendida ahí en la Unión Soviética”, cepillando las afiliaciones del PPM.

“Quitar miembros. Porque con menos miembros, pues teníamos menos delegados”.

Un fraude interno. Una traición. Y de esa “transa”, recordó la canción de Rigo Tovar, nació el monstruo.

“Tuvimos un pescadito… Nació un hijo ‘con cola de pescado y cara de mapache'”.

Ese fue el PSUM. La metáfora de Rigo Tovar lo explicaba todo.

Por eso, cuando Tatiana aterrizó en el presente (los “gobiernos progresistas”, los “golpes jurídicos” contra Lula o Castillo) ya nadie se sorprendió.

Es la avenida Revolución. Es Iturbide. Es el fraude de 1988, donde, recordó, “desgraciadamente Cárdenas, no llamó a la gente a resistir”.

Otro Iturbide. Otra oportunidad perdida.

Tatiana cerró su intervención. Volvió a la seguridad de la solidaridad con Cuba, un puerto donde todos, los gasconismos plurales, podían estar de acuerdo. Fue su forma de guardar el bisturí.

Había cumplido su promesa. Fue un debate. Una autopsia de 50 años. Tomó la reliquia del 75 y la usó como un espejo.

Y los asistentes, en el salón del SUTSEM, al mirarse, vieron la cara del PRI y, también, la cara del mapache.

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