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sábado, enero 10, 2026

Locura

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“Nixon está obsesionado con el comunismo. No podemos contenerlo cuando está enojado y tiene la mano puesta en el botón nuclear”, dictaba una filtración del Gobierno de Estados Unidos a las autoridades de Vietnam del Norte.

El mensaje era claro: o terminaba la guerra, o la amenaza nuclear podría volverse una realidad. Sin embargo, aquello no fue un arrebato ni un ataque de furia presidencial. Se trató de una maniobra calculada para aparentar locura en un momento de alta tensión y estancamiento. Aquí nació lo que posteriormente sería bautizada: La Teoría del Loco.

Informes históricos apuntan que Richard Nixon aprendió esta estrategia de uno de sus mentores, el presidente Dwight D. Eisenhower, de quien se dice que, en secreto, amenazó con lanzar una bomba nuclear durante la Guerra de Corea. A partir de ahí se rompieron las negociaciones estancadas, e impulsó a China a solicitar una tregua.

Para la sociedad moderna, la locura surgió como un término de exclusión. Una identidad construida para aquellos que no se adaptan a la estructura que la clase en el poder definió como normalidad. El concepto permitió definir, separar y gestionar a las personas que eran consideradas disruptivas o improductivas para el naciente sistema del capital. Así lo expone Michel Foucault en su célebre obra de la Historia de la locura en la época clásica, que destaca como la institucionalización de la locura, permitió un control social que hasta hoy permea.

Esta racionalización de la locura abrió paso a una nueva paradoja humana: la incertidumbre y el caos como una herramienta para garantizar el orden.

La creación de espacios de encierro, como cárceles o centros psiquiátricos, permitió moldear una sociedad funcional a los intereses de la clase dominante, otorgando identidad a la sociedad alienada a los valores y comportamientos que exigía el sistema.

Pero con el paso del tiempo, y el desarrollo del capital, el poder dominante redefinió el significado de la locura. En política, La Teoría del Loco nace como la construcción de una narrativa en que un líder simula estar dispuesto a todo con tal de conseguir una concesión. Reportajes de la BBC y otros artículos académicos, señalan a Thomas Schelling como el creador de esta teoría, aunque sus orígenes pueden rastrearse hasta Maquiavelo.

La premisa es sencilla: debes hacer creer a tu adversario que has perdido el control para ganar una ventaja. Mostrar caos para obligar al rival añorar un orden predecible.

Esta doctrina que Nixon aplicó en uno de los momentos más tensos del siglo XX, ha sido replicada por líderes de todo el mundo. Así como su antecesor John F. Kennedy heredó a la política mundial un manual de nueva mercadotecnia, Nixon sistematizó una guía para usar la incertidumbre como arma.

Un compendio que hoy es perfeccionado por el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Formado entre el espectáculo y el empresariado, el político republicano ha demostrado entender como pocos al mundo de los capitales.

En sus negociaciones, suele exhibir una actitud impredecible y de exigencia extrema para lograr sus objetivos. Construyendo una imagen de aparente descontrol con amenazas de escalamiento militar, demostraciones de fuerza, imposición de sanciones económicas o aranceles y presiones geopolíticas que aparentan no medir consecuencias, como sucedió en el caso del bombardeo de Irán o la intervención militar en Venezuela.

Esta locura simbólica es amplificada por los medios de comunicación, que hasta en su ala crítica, refuerzan la percepción de imprevisibilidad con textos que incluso llegan a cuestionar su salud mental o nivel intelectual, lo cual lejos de debilitarlo, genera una imagen que sirve como escudo, ya que la ciudadanía históricamente tiende a justificar la incoherencia y a eximir la responsabilidad de quien ha sido catalogado como “loco”.  

Aunque una lectura superficial de lo sucedido en Venezuela, nos hace creer que Estados Unidos utilizó el tema del narcotráfico para justificar el apoderamiento de recursos energéticos. La realidad es que esta intervención debe ser vista como una espectacular puesta en escena que viene a recordar al mundo la doctrina que domina en el pensamiento político estadounidense.

“América para los americanos”, proclamó James Monroe en rechazo al colonialismo europeo, en un momento en que Estados Unidos ofrecía más apoyo moral que recursos militares para la liberación de los pueblos americanos. Idea que con el paso del tiempo los mandatarios sucesores transformaron en una lógica expansionista que hoy ve a América Latina como su patio trasero.

La teoría del loco aplicada en Venezuela, no es solo una disputa de recursos, es un recordatorio del reparto simbólico del poder e influencia global. Mientras una vez más el caos y la incertidumbre son instrumentos para imponer un orden conveniente.

EN DEFINITIVO… La locura dejó de ser una excepción y se volvió método. Andrés Manuel López Obrador, Kim Jong- Un, Vladimir Putin, Javier Milei y hasta el propio Nicolás Maduro recurrieron en distintos grados a estrategias afines a esta lógica.

Sin embargo, no solo los grandes mandatarios la emplean. Los gobiernos locales e incluso grupos del crimen organizado reproducen, de manera consciente o no, esta guía. ¿Cuántas veces, querido lector, no ha justificado a su gobernante con un simple: “Está loco”, ante decisiones incoherentes o extremistas?

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