7.7 C
Tepic
martes, enero 13, 2026
InicioOpiniónEl pequeño cataclismo de los vínculos

El pequeño cataclismo de los vínculos

Fecha:

spot_imgspot_img

Siempre pensé que la amistad era un depósito: acumulas años, historias, secretos, y todo eso garantiza que nada se rompa. Una ilusión casi cómica, si lo miras ahora. La vida, como suele hacerlo con humor sutil, se encarga de demostrarnos lo contrario, con paciencia y una ironía que solo entendemos mucho después.

Lo comprendí en un momento particularmente complicado de mi vida. Hubo asuntos legales, señalamientos públicos, y la sensación de que cada palabra podía convertirse en sentencia. Es un capítulo que algún día contaré completo, pero no ahora. Por el momento, solo extraigo la lección que me dejó sobre los vínculos: los lazos no se sostienen por la historia compartida, sino por las decisiones presentes, y esas decisiones no siempre nos incluyen.

Algunas personas que yo creía imprescindibles empezaron a desaparecer. Sin confrontación, sin explicaciones, como fantasmas educados que dejan huecos en la vida cotidiana. Al mismo tiempo, aparecían otros que nunca había imaginado cercanos: simples, firmes, sin dramatismos innecesarios. Estaban, y eso tenía un efecto aún más desconcertante: me enseñaban que la amistad, a veces, se ríe de nuestras expectativas.

Durante meses viví un duelo que rozaba lo teatral, siempre entre vasos de licor servidos por Memo en el Club Ixcuintla de Tepic. Cada trago parecía cargar la memoria de quienes se habían ido, cada sorbo traía consigo ecos de conversaciones pasadas, risas que ya no encontrarían respuesta. Las canciones del lugar se volvían confesiones no pedidas, y la estética antigua y sombría del lugar recordaban silenciosamente la ausencia que se sentía en cada esquina. Me observaba a mí mismo lamentando lo inevitable, con una seriedad exagerada que, si alguien la viera, habría parecido absurda: como si la estabilidad del mundo dependiera de un amigo que ya no lo es. Y mientras el ego se pavoneaba con teatralidad, yo comprendía la belleza absurda de mi propia sobreestimación, entre un vaso que Memo llenaba y otro que se vaciaba.

Mientras lidiaba con mi propio duelo, comprendí que muchos de los dramas que sentimos tienen más que ver con la caída de nuestra propia importancia que con la traición de otros. Creernos indispensables es un lujo que la vida rara vez permite sostener, y a veces, ese exceso de peso sobre nuestros hombros termina desestabilizando incluso los vínculos más antiguos.

Hace poco, un amigo me contó algo que parecía sacado de mis propios apuntes: dos de sus mejores amigos habían empezado a actuar como bloque contra él. Silencios calculados, acuerdos invisibles, tensiones sostenidas por la costumbre. Él cargaba con la relación, justificaba ausencias, administraba malestares. Y yo solo podía pensar que la amistad, a veces, es un edificio con dos pilares: si uno solo sostiene, tarde o temprano todo se cae, dejando solo ruinas. Es un pequeño cataclismo que desordena los afectos, que desploma certezas, que hace que incluso los recuerdos felices se sientan frágiles y vacilantes.

Entender los vínculos desde esta idea implicó repensar mis errores, reconocer cuando fui un hijo de la chingada, tener la humildad para pedir disculpas cuando correspondía y, finalmente, soltar. Porque los vínculos solo funcionan cuando ambos deciden cargar su parte, y aprender eso es liberador y aterrador al mismo tiempo.

Aprendí que la amistad no se posee: se sostiene, se revisa y a veces se suelta. Los vínculos cambian, y no siempre podemos mantenerlos sin perder algo de nosotros mismos. Soltar no es perder; es reconocer cuáles elementos del vínculo son genuinos y cuáles solo mantienen la ilusión de estabilidad.

Solo cuando aceptamos esa dinámica podemos mirar con claridad quién está dispuesto a caminar con nosotros y quién no, sin dramatismos innecesarios, pero con toda la conciencia que exige el afecto.

Más artículos

Artículo anterior
Artículo siguiente