
Dicen que la primera vez nunca se olvida. Tenía unos 10 años cuando deambulaba por el Camino Viejo a los Metates y una luz roja me atrapó de golpe. Me condujo a un rincón del lugar mientras emitía sonidos cautivantes, como una sirena en mar abierto. Solo tenía tres pesos y se los di sin mirar atrás. De pronto la cereza, el limón y el bar me llevaron a sentirme el ser más afortunado: había ganado 70 pesos. Minutos después, lo perdí todo.
Con los años entendí que aquella escena no era una excepción, sino una regla silenciosa. En el mundo de los capitales, las máquinas tragamonedas son una constante que tarde o temprano a todos nos atrapa. Explotan uno de los mayores rasgos de nuestra condición humana: obtener dopamina con el mínimo esfuerzo. No obstante, este placer también entraña riesgos significativos.
La escena que rememoraba al inicio ocurrió en una tienda de abarrotes durante mi infancia. Un momento que, al relatarlo a uno de mis mayores, fue interrumpido por un lapidario: “Ay hijo, y de seguro perdiste todo por seguir jugando”.
Desde entonces, no solo la he vivido: la he visto repetirse en incontables ocasiones. Desde la mujer de edad avanzada en el casino, que parece ejecutar un ritual chamánico frente a la pantalla, en el que acaricia la máquina buscando retribución. Hasta la mujer indígena, que mientras carga a su bebé, no despega la mirada de la luz roja que recorre el tablero de la tragamonedas instalada en una estética, en pleno corazón de la ciudad.
Escenas que, aunque lucen similares, revelan una brecha gigantesca. No es social, ni económica, es política y se conoce como: regulación.
Los casinos donde se congregan personas, en su mayoría con ingresos estables, cuentan con reglas estrictas que no sólo limitan el uso de sus máquinas a mayores de edad, sino también aplican medidas para prevenir el colapso por ludopatía.
En cambio, las tragamonedas callejeras, instaladas de forma ilegal, carecen de toda supervisión. Por lo que es común ver a infantes en situaciones de estrés que no pueden procesar, debido a que su cerebro aún se encuentra en desarrollo. Tampoco es raro ver a personas en situación vulnerable, arriesgando su patrimonio con la esperanza de una victoria.
Este condicionamiento neurológico resulta peligroso incluso cuando se gana, ya que construye una lógica de recompensa basada en el mínimo esfuerzo. Dinámica que puede desarrollar una ludopatía temprana y afectar gravemente a la salud mental.
La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025 estimó que 63 de cada 1000 personas, que apostaron en el último año en el país, presentan problemas de juego. En Nayarit, el Instituto Marakame ha advertido por un aumento significativo en tratamientos de este padecimiento. En octubre de 2024, señalaron que 2 de cada 10 ingresos eran por la adicción a las apuestas. Cifra que se mantuvo en junio de 2025, cuando la directora del instituto informó que siete de los treinta internados eran ludópatas.
Estos datos motivaron, en parte, al Gobierno del Estado de Nayarit a iniciar una campaña para el retiro de máquinas tragamonedas en todo el territorio, con el objetivo de frenar esta pandemia invisible antes de que alcance a nuevas generaciones.
Pero reducir el problema a una falla de regulación sería simplificarlo en exceso. Más allá de la satanización, las apuestas son un fenómeno complejo que nos remite a nuestra condición humana. Cuesta imaginar que nuestra especie, una vez desarrollado el razonamiento y la comunicación, no haya retado al otro a lanzar una piedra para disputar un objeto valioso.
Registros históricos indican que en las primeras civilizaciones ya existían rituales de adivinación. En Mesopotamia, se encontraron dados y tableros, que sugieren eran utilizados para apostar bienes.
Las actividades lúdicas siempre han acompañado a la humanidad, pero encontraron su auge con el desarrollo del capitalismo, como una manera de lidiar con la incertidumbre y predecir el futuro. Fue entonces que Burrhus Frederic Skinner, psicólogo conductista, redefinió este significado.
La famosa caja de Skinner fue un experimento en el que animales presionaban un botón o una palanca para recibir comida. El descubrimiento fue revelador: los sujetos de prueba reaccionaban con mayor persistencia y compulsión cuando la recompensa se entregaba de forma aleatoria, y perdían interés cuando era constante.
Este principio básico de la psicología conductual se replica en la adicción al juego. La incertidumbre resulta atractiva, sobre todo por la liberación de dopamina previa a la recepción de la recompensa. Algo que también explica por qué nos encanta abrir paquetes, coleccionar cartas y asistir a eventos políticos motivados por una rifa.
Lo que antes ocurría en una caja o una máquina, hoy se ha expandido a la vida diaria. La ludificación de la vida permitió que los casinos dejaran de ser espacios físicos para caber en nuestros bolsillos. Las apuestas en línea viven su punto más alto, sobre todo en el deporte, cuya muerte como espectáculo es atribuida a este fenómeno.
No porque los juegos estén arreglados, sino por la desconfianza que han sembrado en las estructuras deportivas. En la narrativa las jugadas heroicas y los trágicos fracasos han sido desplazados por las sospechas. “Salieron a perder”, leí en un comentario tras la derrota de los Jaguares de Nayarit, líderes de la temporada, frente al último clasificado en los playoffs de la Liga Mexicana del Pacífico.
Esta lógica suspicaz, hoy trasciende lo deportivo y gana terreno en todos los ámbitos de la vida, incluso en la política. Plataformas como Polymarket han simplificado para el ciudadano común lo que antes lucía como un monopolio de los mercados financieros: apostar sobre el futuro económico, político y social.
El problema es que apostar tiende a deshumanizar. Hubo usuarios que ganaron dinero con la guerra de Rusia y Ucrania, los ataques de Israel a Palestina o la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, convirtiendo la muerte y destrucción en espectáculos comparables al Superbowl o el Mundial de Futbol. Ya no solo se apuesta a goles, touchdowns o canastas, también a escenarios de vida o muerte.
Sin embargo, para el poder del capital, la mercantilización de la tragedia no es la mayor victoria. El verdadero botín está en el hábito. Académicos y periodistas advierten sobre un riesgo más profundo: las redes sociales como máquinas de refuerzo variables. Numerosos artículos y ensayos señalan que los algoritmos de las plataformas más populares operan bajo el mismo principio descubierto por Skinner.
El usuario desliza la pantalla en busca del éxtasis que produce un meme, un video o cualquier contenido viral dentro de la red. Incluso recibe una descarga de dopamina a la expectativa de recibir un mensaje o cualquier interacción aleatoria que alimente el sistema de validación al que hemos sometido nuestra vida cotidiana.
Quienes ostentan el poder lo entienden y promueven una polarización que beneficia tanto al capital económico como al político. ¿Cuántas personas discuten en Facebook o X buscando reconocimiento como recompensa a través de un me gusta?
El problema es, que a diferencia de los casinos y las tragamonedas, en nuestra intimidad nadie nos regula.
EN DEFINITIVA… La ludopatía es una adicción que se esconde a simple vista. Desde la luz roja en el rincón de una tienda de abarrotes, hasta el brillo de la pantalla que acariciamos con el mismo placer que a quienes amamos. Para el poder del capital, esto es oro: no solo mercantiliza tu atención, también la controla. Por esto, antes de la próxima apuesta, ¿por qué no recuperar nuestra autonomía como el verdadero premio?



