7.7 C
Tepic
viernes, enero 23, 2026
InicioNayaritConsuelo Sáizar y la defensa de la memoria

Consuelo Sáizar y la defensa de la memoria

Fecha:

spot_imgspot_img

Este miércoles, la nayarita Consuelo Sáizar de la Fuente ingresó a la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras

Consuelo Sáizar de la Fuente (Acaponeta, 1961) ocupó este miércoles la tribuna del Centro de Estudios de Historia de México con una premisa incómoda para la era tecnológica: la inteligencia artificial puede procesar datos, pero es incapaz de recordar.

Al ingresar como miembro de número a la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, la editora y ex funcionaria cultural transformó la ceremonia protocolaria en una defensa del humanismo frente al algoritmo. En el recinto de Chimalistac, rodeada de los acervos de la Fundación Carlos Slim, Sáizar advirtió que una sociedad que delega su memoria en la tecnología termina por abdicar de su albedrío.

Su discurso, titulado Los archivos del porvenir, estableció de entrada una distinción clínica. “La máquina escribe: no recuerda”, sostuvo. La frase resume la tensión de una época donde la palabra escrita convive con una cultura de la imagen que privilegia el impacto sobre la pausa. Para la nueva académica, la tecnología carece de la “densidad histórica” necesaria para convertir el lenguaje en un acto de conciencia.

Sáizar planteó una paradoja que define al siglo XXI: pertenecemos a la generación con mayor acceso al conocimiento histórico, pero enfrentamos el riesgo inminente de la dispersión.

Ilustró esta fragilidad con un contraste tangible. Hoy sabemos con precisión dónde se resguardan los archivos del siglo XIX, pero ignoramos el destino final de los correos electrónicos, los manuscritos nacidos digitales o las conversaciones que definen las decisiones políticas actuales.

Para explicar este fenómeno, recurrió a la figura de Borges. Describió el entorno digital como un “aleph contemporáneo”, un espacio de simultaneidad absoluta. Sin embargo, advirtió que este aleph exige una voluntad de ordenamiento; sin juicio crítico, la “lectura total” deriva en una ceguera por sobreexposición. La cuestión más que técnica, es humana: qué sucede con el significado cuando se desvincula de la experiencia.

La postura de Sáizar frente al archivo proviene de una biografía vinculada al oficio. “Nací en una imprenta”, recordó ante el auditorio.  “Soy hija de familias de periodistas e impresores y de maestras de escuelas públicas que eligieron la palabra y la enseñanza como oficio. De los Sáizar de Acaponeta heredé la obsesión por las erratas; de las Ibarra de Compostela, la pasión por aprender. De ambos, la certeza de que el conocimiento transforma destinos”, abundó.

“Mi infancia en Acaponeta, esa pequeña ciudad atravesada por un río y una línea de tren, me enseñó que el acceso al saber abre pasajes más allá de la geografía. Lo comprendí antes de saber nombrarlo: incluso lo inimaginable se volvió posible gracias a la lectura”, recordó.

Esa formación técnica definió su trayectoria posterior en el servicio público. Para Sáizar, la política cultural exige “materialidad”. No basta la intención; se requieren espacios y acervos tangibles, una premisa que aplicó en la modernización del Fondo de Cultura Económica y la creación de La Ciudad de los Libros en La Ciudadela.

En un movimiento que sacó la ceremonia del centralismo habitual, Sáizar convocó a siete figuras de la tradición cultural de Nayarit para “acompañar” simbólicamente su ingreso.

El desglose de nombres funcionó como una declaración de principios. Citó a Amado Nervo, quien enseñó a la lengua a expresar la intimidad cuando Nayarit aún no era estado. Invocó a Amalia González Caballero de Castillo Ledón como el referente de que la cultura exige la creación de patrimonio. Mencionó la dignidad de lo cotidiano en la obra de Emilia Ortiz y la vigencia de la imaginación contemporánea en Vladimir Cora.

La referencia a Alí Chumacero tuvo un peso específico: de él aprendió a examinar las exclusiones del canon y a asumir la edición como una responsabilidad crítica. Cerró la lista con los historiadores Salvador Gutiérrez Contreras y Manuel Olimón Nolasco, antiguos miembros de la Academia y vínculos directos con la erudición local.

Sáizar ocupa desde ahora la Silla A, vacante tras el fallecimiento de fray Francisco Morales. La sucesión mantiene una línea de rigor. Morales dedicó su vida a rescatar episodios que “dormían entre papeles ásperos” en los archivos franciscanos, entendiendo la investigación como una forma de justicia con el pasado.

Sáizar toma ese relevo con una vocación distinta: asegurar que el presente digital no se evapore. “Toda custodia verdadera es, en esencia, un acto de resistencia”, afirmó. Las academias, dijo, deben funcionar como refugios frente a lo efímero, lugares donde el tiempo recupere su espesor y la pausa haga posible el juicio.

El cierre de la sesión subrayó la tesis de la continuidad. Virginia Aspe Armella, encargada de responder al discurso, cuando acepó hacerlo ofreció a Sáizar la venera que perteneció a su madre, Virginia Armella de Aspe. El gesto cerró un ciclo profesional de cuatro décadas: el primer libro que Sáizar editó para Editorial Jus en 1984 fue, precisamente, Memoria de una familia, de Armella de Aspe.

“La tradición no se recibe, se asume”, concluyó la nayarita. En un momento de fractura tecnológica, su ingreso a la Academia deja una tarea pendiente para las instituciones de la lengua: vigilar aquello que todavía no sabemos que será valioso, antes de que el ruido digital lo borre para siempre.

Más artículos