No me ha sido fácil escribir para El Meridiano en este inicio del año 2026…
Encaminados ya hacia el final del primer mes de este enero en el que personalmente inicio un nuevo [y, muy probablemente, último] capítulo de mi vida, ante una avalancha de “issues” locales, nacionales y mundiales de pronóstico reservado acerca de los cuales ―atendiendo a la expresión final del “Tractatus lógico-philosophicus” de Ludwig Wittgenstein “de lo que no se puede hablar es mejor callar”― he acabado sin decir una sola palabra, limitándome a una sola colaboración de temática deportiva.
Esta vez, teniendo en el tintero varios temas posibles ―inspirado por la lectura de un artículo de Juan Villoro a propósito del centenario del nacimiento de José Alfredo Jiménez, en opinión de algunos expertos en el tema junto con Agustín Lara y Juan Gabriel la tercia de los mejores y más prolíficos compositores de nuestro país― decidí unirme a la celebración de ese centenario en mi primera colaboración de tema no-deportivo de este año nuevo desde una perspectiva que puede parecer extraña a primera vista pero que espero mostrar que tiene mucho sentido.
Como suele ser, el artículo de Juan Villoro [publicado en el diario Reforma el pasado viernes 23 de enero y que lleva por título el nombre de una de las canciones de José Alfredo “Que te vaya bonito”] es ―como suelen ser― brillante.
Como buen intelectual, Villoro comienza denominando a José Alfredo “el filósofo popular de México”; afirmando. “los misterios que Ovidio quiso dilucidar en “El arte de amar” encontraron respuesta en la academia nocturna de la cantina”; recordando su incapacidad para leer partituras y tocar algún instrumento musical y ubicando sus composiciones en el contexto sociológico de la transición de lo rural a lo urbano en nuestro país.
Como una constatación más que como una crítica, afirma: “sus letras levantan un inventario del machismo”: (“te vas porque yo quiero que te vayas”), el rencor (“qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede”), la resignación (“me cansé de rogarle”), la pérdida anticipada (“quiero ver a qué sabe tu olvido”), los celos (“hoy vas por el mundo buscando placer”), el despecho (“que te den lo que no pude darte… aunque yo te haya dado de todo”), la liberalidad (“yo quiero que te besen otros labios”), la reconciliación (“amanecí otra vez entre tus brazos”) y la derrota fatal (“de este golpe ya no voy a levantarme”).
Y, como algo un tanto extraño, Villoro llama la atención al hecho de que, no obstante que sus canciones narran “calvarios masculinos” Lucha Reyes, Lola Beltrán, Chavela Vargas y Lucha Villa [a quienes yo añadiría a “las tres grandes”: Eugenia León, Guadalupe Pineda y Tania Libertad], hicieron suyo ese repertorio.
Dejando “entre las azucena olvidado” el artículo de Villoro [que ofrece la dificultad del acceso restringido del diario regiomontano] e iniciando una exploración propia, creo que la posibilidad de apropiarse canciones “machistas” que remiten prioritariamente a “calvarios masculinos” radica en que “las cosas de amores” tienen una constitución que trasciende los sexos y los géneros. Y no sólo los sexos y los géneros, sino que trasciende lo humano, lo decible y lo inteligible y ―a quienes se atreven― les hace incursionar en lo indecible y, en último término, en lo divino…
Desde esa perspectiva ―que más que atrevimiento es “un viaje acompañado” [como el que Parménides narra en los fragmentos de su “Poema del Ser” que se conservan o como el que expresa San Juan de la Cruz en “Tras un amoroso lance”]― intentaré “leer” dos canciones del compositor guanajuatense que posibilitan esa incursión en lo indecible: “Deja que salga la luna” con cierta amplitud y “Paloma querida”, apenas en esbozo…
“Deja que salga la luna”, una canción escrita por José Alfredo en 1950, que ha sido interpretada por algunos cantantes [varones y mujeres] de la mayor relevancia [Pedro Infante, Juan Gabriel, Aída Cuevas, Luis Miguel, Pedro Fernández, así como “las tres grandes” antes mencionadas: Tania Libertad, Guadalupe Pineda y Eugenia León], y que es un auténtico poema musical que narra la experiencia nocturnal con el ser amado en un bolero o canción ranchera con dos estrofas y un punto culminante que se repite después de cada una de las estrofas.
Tomando como modelo las canciones del Cantar de los Cantares, o bien, las del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, en una lectura “sub especie aeternitatis”, se puede decir que el protagonismo recae en un ser humano ―varón o mujer― que sabe muy bien [primera estrofa] que la noche es el tiempo oportuno para el amor y, por ello, exhorta a su Amado/a [que trasciende sexos y géneros más no el carácter personal sin el cual no es posible el encuentro místico-amoroso] a esperar que salga la luna, que caiga la noche, que las estrellas le llenen de inspiración para decirle “cositas muy bonitas”.
La segunda estrofa, por su parte, pretende expresar lo inexpresable: la experiencia de estar entre los brazos del Amado/a y la interrogante profunda acerca del porqué de ese pago de una deuda infinita a la que solo puede corresponder con la entrega total a quien, en un beso, le dio “lo que nunca le pidió”…
Y el punto culminante ―el clímax que viene después de cada estrofa―, reconoce que en el mundo no hay un amor así y, además, que se trata de un amor que, además de trascender al mundo, crece “noche con noche”, “más y más”…
Noche, palabras, abrazos, beso, deuda-pago, entrega total, trascendencia, crecimiento hacia el infinito, categorías todas del amor: del amor humano, criatura del amor divino primordial…
“Paloma querida”, por su parte, es una canción que José Alfredo compuso para Paloma Gálvez, quien fue su esposa y madre de dos de sus hijos [José Alfredo y Paloma], que tiene una estructura semejante a la de “Deja que salga la luna” y que encierra también ―por su temática amorosa― un “sensus plenior” que posibilita una interpretación “sub specie aeternitatis”. En este caso, relacionada con el Espíritu Santo [bíblicamente simbolizado en una paloma] cuya llegada a la vida de alguien hace que se sientas “superior a cualquiera” y, paradójicamente, incapaz de bajar estrella alguna para corresponder a ese amor que cambió penas por dicha y placer y transformó pecho en palomar… [en un templo para la Paloma], por lo que, sin saber lo que vale su vida, se la quiere entregar, se la viene a dejar…



