
A principios de este 2026, el llamado Pingüino Nihilista o Pingüino de Herzog se convirtió en una nueva sensación en redes sociales. Un año antes ocurrió algo muy similar con el pez diablo, aquel animal que subió desde las profundidades del océano hasta la superficie para “ver la luz”. En ambos casos, las redes se inundaron de memes, videos y frases motivacionales. “Sé el pingüino”, “persigue tus metas como el pez diablo”, “sigue adelante, aunque nadie te entienda”. Animales convertidos en consignas; la pregunta no es solo por qué estas historias se vuelven virales, sino por qué lo hacen, de manera casi ritual, justo al inicio del año.
El Pingüino Nihilista proviene de una escena del documental Encuentros en el fin del mundo de Werner Herzog. En ella se observa a un pingüino que abandona su colonia y camina tierra adentro, hacia las montañas, lejos del alimento y de cualquier posibilidad de supervivencia. No hay una razón aparente, Herzog se pregunta si el animal atraviesa una especie de crisis existencial, si está eligiendo un camino peligroso e inconformista que lo llevará a la muerte. De ahí surge el apodo, para algunos, el pingüino encarna el nihilismo puro; para otros, una forma de rebelión o la búsqueda de un sentido más profundo que el simple instinto, pero la realidad posiblemente sea otra más sencilla de explicar.
Algo parecido ocurrió con el pez diablo. Su ascenso fue leído como una metáfora de iluminación, de ruptura, de ir hacia la luz sin importar las consecuencias. Ambas figuras fueron recibidas con fascinación y ternura, pero también con una carga emocional que excede por mucho lo que realmente muestran las imágenes.
Estas historias funcionan porque vivimos en una sociedad que necesita desesperadamente nuevos símbolos; habitamos un mundo cada vez más técnico, funcional y acelerado, saturado de información, datos y estímulos que rara vez producen significado. Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, ha señalado que vivimos una crisis simbólica profunda. En La desaparición de los rituales explica cómo los símbolos han sido vaciados de duración y profundidad, ya no ordenan el tiempo ni generan comunidad estable, solo circulan. En ese vacío, cualquier imagen potente puede convertirse en símbolo, aunque sea de manera efímera.
Tomamos al pingüino y al pez diablo, les quitamos su otredad y los convertimos en espejos emocionales. Ya no son animales, son metáforas de nosotros mismos. Un ejercicio claro de narcisismo digital que, paradójicamente, nos cohesiona como comunidad y nos da una falsa sensación de sentido compartido; nos reconocemos en ellos porque también nos sentimos fuera de lugar, cansados, avanzando sin demasiadas certezas.
Pero quizá la lectura dominante no es tan rebelde como parece. Lejos de representar una fuga del sistema, estas figuras terminan siendo perfectamente funcionales a él. Vivimos en una sociedad que valora la productividad por encima de cualquier otra cosa. Byung-Chul Han sostiene en La sociedad del cansancio que hemos pasado de una sociedad disciplinaria, donde la coerción venía de afuera, a una sociedad del rendimiento, donde la exigencia es interna. Ya no necesitamos un jefe que nos vigile. Nosotros mismos nos empujamos.
La filosofía del “tú puedes” y del “sí se puede” nos obliga a ser constantemente una mejor versión de nosotros mismos, incluso cuando estamos agotados. Nos explotamos a nosotros mismos hasta el cansancio, la ansiedad y la depresión cotidiana. No estamos viviendo, estamos rindiendo. En este contexto, el pingüino y el pez diablo dejan de ser símbolos de rebeldía. Siguen avanzando, aunque no haya sentido ni recompensa. Caminan porque detenerse no parece una opción. Son, en el fondo, figuras perfectamente alineadas con la lógica del rendimiento.
A esto se suma la lógica del homo videns, de Giovanni Sartori. No reflexionamos, miramos. Consumimos imágenes rápidas que sustituyen la experiencia y el pensamiento. El pingüino no nos invita a detenernos, nos invita a seguir. El pez diablo no cuestiona el sistema, lo decora con epicidad, son símbolos sin ritual, sin pausa, sin profundidad. Circulan, motivan y desaparecen, listos para ser reemplazados por el siguiente animal inspirador.
Los datos duros ayudan a entender por qué fantaseamos con esa idea de libertad y terminan de desmontar cualquier romanticismo. En México, aunque la ley establece una jornada laboral de 48 horas semanales, la realidad es otra. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, el mexicano promedio trabaja cerca de 60 horas a la semana. No es una elección, es una necesidad. En México, como en buena parte de América Latina, la productividad importa menos que la resistencia. Hay que ponerse la camiseta, alargar la jornada y aceptar que después de ocho o más horas todavía habrá que buscar otro empleo o hacer más horas extras para completar la semana, la quincena, el mes.
En el caso de las mujeres, la carga es aún mayor. A las horas de trabajo remunerado se suman casi 30 horas semanales de trabajo no pagado, principalmente doméstico, que en muchos casos ascienden a casi 40. El resultado es contundente. Más de 100 horas a la semana dedicadas al trabajo, sin contar el tiempo destinado al descanso, al ocio o al autocuidado. No soñamos con huir del sistema por rebeldía, sino por agotamiento.
Mientras compartimos memes del pingüino que camina hacia la nada o del pez que sube hacia la luz, la mayoría apenas dispone de tiempo para vivir. Tal vez por eso estas historias nos conmueven tanto, no porque sean absurdas, sino porque son demasiado familiares.
Quizá el pingüino no estaba perdido, quizá solo estaba haciendo lo mismo que hacemos todos los días, seguir caminando.



