Tepic empezó a transformarse de lo rural a lo urbano en el periodo del gobernador Gilberto Flores Muñoz, quien fue el primer mandatario nayarita en tener un período de seis años.
Se dice, se cuenta, se rumora que, antes de 1950, Tepic era “un hermoso pueblito con crepúsculos arrebolados”, de calles angostas y donde el gallo cantaba más fuerte que el claxon.
“Gilberto Flores Muñoz cubrió el estado de carreteras, incluyendo la carretera internacional”. Pueblos que antes parecían estar hasta donde da vuelta el aire de pronto quedaron a unos cuantos minutillos de Tepic.
Cuando llegó la carretera que unió Guadalajara, Tepic y Mazatlán y que luego se integró a la carretera internacional hasta Nogales, lo cambió todo. Fue como en el pueblito de Radiator Springs, cuando el Rayo McQueen pavimentó la calle: el camino se puso bonito y la vida empezó a pasar más rápido.
“Ey, Ligi, con la carretera nueva tu taller parece un vertedero” …

Entonces Tepic decidió ponerse guapo y, en nombre del progreso, se ampliaron las avenidas México y Allende; pero nos despedimos de esas viejas casonas y monumentos que le daban un aire colonial a la ciudad.
Para 1960, el centro histórico de Tepic ya contaba con 15 hoteles donde hasta el más cansado encontraba un rincón para descansar; 100 tiendas que parecían tener de todo y no eran de mercancía china; 57 restaurantes; 45 loncherías para el antojo de último momento; y 29 peluquerías, en pocas palabras la economía local estaba movidita.

Luego, como si de repente todos hubieran recibido una invitación a la mejor fiesta del año; ya no cabíamos ni en la foto familiar, la población de Nayarit aumentó de manera sorprendente: entre 1940 y 1980, pasó de 200 mil a 730 mil habitantes.
Progreso pa’ unos, nostalgia pa’ otros… ni nos modernizamos del todo, pero sí le quitamos a Tepic su aire de ciudad colonial… nos quedamos a medias, sin lo nuevo bien nuevo y sin lo viejo que nos daba identidad.

Fuente: Nayarit. Magia en la Sierra, riqueza en los Valles. Monografía Estatal. Secretaría de Educación Pública, pp. 157–159.



