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sábado, febrero 7, 2026
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El costo de la desidia

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La confirmación de 25 a 27 casos de sarampión en Nayarit es el desplome de un pilar fundamental de nuestra convivencia: la prevención. Lo que presenciamos en municipios como Bahía de Banderas y la capital del estado es la consecuencia de una complacencia ciudadana que hoy muestra grietas peligrosas. Durante décadas, México presumió de un sistema de vacunación robusto que hoy parece debilitado por una mezcla de desinformación y lagunas en la promoción institucional. Nos hemos confiado y el virus ha encontrado en esa desidia el vehículo perfecto para su retorno a las calles nayaritas.

Es inadmisible que el 40% de los padres de familia en nuestro país mantenga los esquemas de vacunación de sus hijos incompletos, según las cifras oficiales que Beatriz Ruiz, titular de Salud en el estado, ha puesto sobre la mesa. Esta estadística es un bofetón a la lógica. Los refrigeradores de la Secretaría de Salud cuentan con biológicos suficientes; la carencia real está en la responsabilidad doméstica. Bajo esta óptica, el tutor que omite la dosis de los 12 meses o el refuerzo de los 18 meses activa una bomba de tiempo biológica que pone en riesgo a toda la comunidad escolar del estado.

Al recorrer las unidades médicas y escuchar el sentir del personal de salud, se percibe una frustración legítima. Las enfermeras despliegan operativos casa por casa y agotan jornadas bajo el sol de Tepic solo para enfrentar la indiferencia de quienes ven la vacuna como un trámite burocrático. El costo de esta apatía es altísimo y lo pagamos todos con recursos públicos. Cada cerco sanitario y cada brigada extraordinaria representan una fuga de dinero que debería destinarse a mejorar la infraestructura hospitalaria. Estamos quemando presupuesto en apagar incendios que la prevención básica debió evitar desde el primer momento.

La vulnerabilidad de Nayarit es estratégica debido a nuestra intensa actividad turística. En la zona sur, la seguridad sanitaria es el cimiento de la estabilidad económica y un brote descontrolado representa un golpe directo a la reputación de nuestros destinos. La autoridad estatal cumple con la gestión de las dosis, pero la ejecución final del acto preventivo reside exclusivamente en la voluntad del ciudadano. La libertad individual termina donde comienza el peligro colectivo; la decisión de no vacunar a un menor deja de ser un asunto privado cuando las consecuencias saturan las salas de urgencias de los hospitales públicos.

Resulta imperativo que la Secretaría de Educación y las autoridades de salud establezcan protocolos de verificación rigurosos y sin margen para la simulación. La cartilla de vacunación debe ser un documento obligatorio. La tolerancia ante la falta de inmunización es una complicidad directa con la enfermedad. Debemos dejar de usar el respeto a las decisiones personales como un escudo para proteger la irresponsabilidad parental. Nayarit necesita ciudadanos comprometidos con el bienestar común, capaces de cumplir con las obligaciones básicas que nos mantienen sanos.

El panorama hacia los próximos meses exige una corrección de rumbo inmediata. El sarampión es el primer aviso de otras patologías que dependen estrictamente de la cobertura vacunal para mantenerse al margen. La administración estatal tiene el reto de intensificar la comunicación, mientras que el ciudadano tiene la obligación moral de responder con hechos en la clínica. Como reportero que camina el territorio y ve de cerca las carencias del sistema, constato que la mayor falla no es técnica ni económica, sino cívica. El descuido presente será la tragedia del mañana si no cerramos filas en torno a la ciencia.

La salud pública es un contrato social que se firma en cada centro de salud, en cada dosis aplicada y en cada cartilla sellada. Quienes hoy dudan en llevar a sus hijos a vacunar ignoran la angustia de las generaciones pasadas cuando las epidemias diezmaban a las poblaciones infantiles. La ciencia nos entregó las herramientas para evitar ese pasado oscuro y rechazarlas es un acto de soberbia que el estado no puede permitirse. Mi compromiso desde la cobertura informativa en campo como reportero es señalar estas fallas con nombre y apellido para que la desidia de unos pocos no comprometa el futuro de todos los nayaritas. Es mi visión, enriquecida por recoger todos los días la voz del ciudadano y de la autoridad, a veces para la televisión y los noticieros, a veces confiada en términos personales, donde hay más espacio para no mentir.

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