
La estadística oficial, fría, consigna veinticinco mil nayaritas expulsados bajo el rigor implacable de la segunda era Trump. Enfrentan hoy el destierro en su propia tierra, esa patria que los exilió originalmente por carencias económicas hacia un norte que les exigió todo y los devuelve a la nada. El rastro de estos paisanos se pierde en la franja fronteriza, invisibles para instituciones que carecen de mecanismos reales de reintegración. Regresan con las manos vacías a un entorno donde el talento se desperdicia y las políticas públicas son papel y discurso. Doloroso admitirlo, pero quienes sostuvieron la economía local con remesas hoy carecen de un horizonte laboral. Son náufragos de un sistema que se benefició de sus divisas, pero es ciego ante ellos. Están en el peor de los mundos: son repatriados sin patria.



