El fallecimiento de Miguel González Lomelí (1939-2026) marca el cierre de una trayectoria definida por la resistencia civil, la vocación pedagógica y una notable capacidad de supervivencia física y moral. Nacido en Jala, González Lomelí se consolidó como una figura central en la educación estatal, tanto por su labor en las aulas como por su defensa de la autonomía institucional frente a las estructuras de poder gremial.
Formado en la Escuela Nacional para Maestros y con estudios superiores en psicología y pedagogía, inició su carrera en contextos complejos, desde la frontera en Tamaulipas hasta proyectos de investigación educativa en la Mixteca oaxaqueña con el Colegio de México. En estas regiones identificó las barreras lingüísticas y sociales que impedían el progreso de los estudiantes indígenas, una experiencia que moldeó su visión crítica del sistema educativo nacional.
Su gestión como director de la Secundaria Técnica Número 1 (ETI 1) en Tepic es recordada como un periodo de alta exigencia académica y turbulencia política. Al intentar desvincular el trabajo docente de las pasiones partidarias, González Lomelí se enfrentó directamente con el control sindical. Pese a contar con el respaldo de padres de familia y una parte del profesorado, quienes sostuvieron un paro de dos meses tras su destitución en el sexto año de su mandato, el docente optó por el retiro de la dirección para dar salida al conflicto, priorizando la estabilidad de la comunidad escolar.
Más allá de su perfil público, la biografía de González Lomelí está puntuada por eventos que pusieron a prueba su temple personal. Sobrevivió al colapso del edificio Nuevo León durante el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, tras permanecer horas bajo los escombros. Posteriormente, superó diagnósticos médicos críticos que lo llevaron a la escritura como una herramienta de reconstrucción de la memoria y alivio personal.
En su faceta literaria, produjo más de una decena de obras, entre las que destacan el poemario Otra vez la luz y el volumen histórico Xala, un pueblo, un destino. Su legado no reside únicamente en sus cargos administrativos o sus publicaciones, sino en su insistencia en una educación pública basada en la dignidad y el debate libre. Le sobreviven sus aportaciones a la profesionalización de la Escuela de Enfermería de la UAN y una narrativa que rescató las tradiciones de su pueblo natal.



