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martes, febrero 10, 2026
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Petróleo, ideología y el hambre del vecino

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El romance de la diplomacia mexicana con la dictadura cubana ha pasado de ser un idilio histórico a convertirse en un dolor de muelas presupuestario y, sobre todo, en un conflicto de intereses con el vecino del norte. Durante décadas, México ha jugado a ser el hermano mayor protector de la Revolución, enviando barriles de petróleo como quien manda flores a un amor de juventud que se niega a envejecer. Sin embargo, la realidad económica y los manotazos en la mesa de Washington han forzado a la administración actual a meter reversa, o al menos a cambiar el envase del apoyo. Reporta el diario El País que Pemex ha tenido que cerrar la llave del crudo gratuito debido a la presión de las entidades financieras estadounidenses, que ven en estos “regalos” una violación flagrante a los acuerdos comerciales y una fuente de inestabilidad para la maltrecha petrolera mexicana.

La rectificación no nace de una súbita epifanía democrática en Palacio Nacional, sino del puro y duro pragmatismo financiero. Como bien apunta el New York Times, la Casa Blanca ha dejado claro que la generosidad de México con el régimen de La Habana tiene un límite: el acceso a créditos y la estabilidad del T-MEC. Ante la amenaza de sanciones que pondrían a temblar las finanzas nacionales, el Gobierno de México ha decidido mutar el petróleo por víveres. La narrativa oficial se viste de humanismo, asegurando que se busca mitigar la crisis alimentaria en la isla. Es una justificación noble en el papel, pero ignora la mecánica operativa de una dictadura que controla hasta el último gramo de arroz que entra por sus puertos.

Aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Según análisis publicados en el diario Reforma, el problema no es la voluntad de ayudar al pueblo cubano, sino el canal de distribución. Enviar cargamentos de alimentos a un gobierno que utiliza la libreta de abastecimiento como herramienta de control político es, en el mejor de los casos, una ingenuidad y, en el peor, una complicidad silenciosa. La historia reciente y los reportes de El Universal sugieren que gran parte de la ayuda humanitaria que llega a la isla termina almacenada en las bodegas del Estado o revendida en las tiendas de Moneda Libremente Convertible (MLC), lejos del alcance del cubano de a pie que hace filas interminables bajo el sol. El gobierno de la isla se queda con el botín y la población se queda con la esperanza de que algo gotee de la mesa de sus dirigentes.

Resulta indispensable cuestionar esta fijación ideológica que nubla el juicio de nuestra política exterior. Se apoya al régimen por una nostalgia de izquierda setentera, por esa idea romántica de la resistencia frente al imperio, pero se hace sin pensar un solo segundo en el pueblo que padece el sistema. Si de verdad importara el bienestar de los habitantes de Santiago o La Habana, la ayuda tendría que estar condicionada a mecanismos transparentes de entrega, vigilados por organismos internacionales, y no simplemente entregada en la mano de quienes mantienen el puño cerrado. Mantener con respirador artificial a una administración ineficiente y represora no es solidaridad; es una obstinación política que pagamos todos los mexicanos con recursos que bien podrían servir para medicinas en nuestras propias clínicas.

Al final del día, el giro diplomático de petróleo por víveres es una maniobra para calmar las aguas con Estados Unidos sin soltarle la mano al dictador en turno. México intenta quedar bien con Dios y con el diablo, mientras el cubano común sigue con el estómago vacío y la mirada puesta en el horizonte. Nos dicen que somos el faro de la región, pero parece que el faro sólo ilumina los despachos oficiales de la Plaza de la Revolución. La verdadera ayuda humanitaria no se mide en toneladas de grano entregadas a un ejército, sino en la libertad que ese grano debería alimentar.

Ahí se las dejo. Para que cuando vean pasar los barcos cargados de despensas, se pregunten cuántas de esas cajas llegarán realmente a una mesa familiar y cuántas servirán para engordar la soberbia de un sistema que ya no da para más.

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