
“El reguetón es contracultura”, dije durante un diálogo informal con un maestro de universidad. La respuesta fue una risa y un comentario irónico. Desde la superficie, este ritmo repetitivo, explícito y popular no parece merecer tal estatus, pero el comentario tenía otro fin: el reguetón ya incomodaba al poder y sus estructuras.
En 2019, reguetoneros tomaron las calles de Puerto Rico para encabezar una movilización masiva que derivó en la renuncia del gobernador. No fue un hecho aislado, fue otro episodio más de una larga relación entre música, poder y conflicto social.
El reguetón no nació como un producto comercial. Sus raíces se remontan a la migración caribeña que impulsó la construcción del Canal de Panamá a principios del siglo XX. Miles de jamaiquinos acudieron en busca de una oportunidad laboral, se asentaron y llevaron consigo los ritmos del dancehall, música tradicional que fue traducida al español y encajó con una juventud en busca de identidad a inicios de la década de los noventa.
A pesar de sus letras misóginas, artistas como El General y Nando Boom conquistaron a los oyentes no solo en Panamá, sino también en Nueva York. Desde ahí llegó a Puerto Rico con el mote de underground. El dembow jamaiquino se fue adornando no sólo de letras sexualmente explícitas, sino también de violencia, pobreza y supervivencia cotidiana, narradas con la misma jerga con la que se comunicaban las comunidades marginadas asentadas en los caseríos.
La popularidad del género incomodó de inmediato a los sectores conservadores. Con la asunción en el poder de Pedro Rosselló, en 1993, el reguetón fue convertido en el enemigo público del Estado. Decomisos de casetes y redadas en clubes empujaron la música al clandestinaje, que paradójicamente sólo amplió su alcance. El reguetón no pretendía ser político, pero terminó siéndolo por decir en voz alta lo que muchos preferían ignorar. Así nació una contracultura.
Con la llegada del nuevo milenio, la industria musical entendió el potencial del nuevo género popular latino. Los ritmos simples y las letras explícitas abandonaron las islas y se colocaron en los gustos culposos de una Latinoamérica sedienta de identidad cultural propia.
La censura obligó a muchos de sus impulsores a suavizar sus discursos para sobrevivir económicamente. La Gasolina de Daddy Yankee terminó por encender la llama que estalló el clandestinaje y volvió al reguetón omnipresente, en la radio, televisión y los grandes escenarios.
Durante la primera década del siglo XXI, este movimiento cultural consolidó su hegemonía en toda América Latina. Años después, la canción Despacito de Luis Fonsi y Daddy Yankee expandió el capital simbólico de quienes conformaban parte de este movimiento a un nivel mundial.
La transacción fue clara: artistas caribeños con alto poder carismático ofrecían canciones fáciles de memorizar y emocionalmente efectivas, construyendo una capacidad real de influir en la cultura. Poder intelectual que cambiaban con los dueños del capital por poder económico.
En algunos momentos como en 2019, el género parecía volver a sus orígenes. Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, encabezó junto a Residente y Ricky Martin, la protesta más grande en la historia de Puerto Rico. Aquella demostración de poder obligó a renunciar por señalamientos de corrupción y homofobia al gobernador Ricardo Rosselló, irónicamente hijo del mismo político que intentó censurar el reguetón en los años noventa.
Pese a ello, las voces disidentes no tardaron en augurar la decadencia del género con comentarios cargados de elitismo. Ocurrió lo contrario. Durante la pandemia, el reguetón vivió un segundo auge. En un mundo confinado por el Covid-19, la nostalgia por la fiesta y la convivencia encontró refugio en la música.
Bad Bunny leyó el momento a la perfección y junto a Jhay Cortez lanzó la canción Dakiti, que funcionó como una descarga emocional para una sociedad ansiosa. El movimiento dejó de ser dominante solo en Hispanoamérica y se consolidó también en Europa y Asia.
Martínez Ocasio, antiguo trabajador de supermercado, encontró la fórmula perfecta al combinar el floreciente trap estadounidense con el reguetón que creció escuchando. Lenguaje directo, referencias reconocibles de la cultura pop y una estética que dialogaba con nostalgia del viejo reguetón lo convirtieron en el nuevo emblema de la hegemonía cultural latina. Hoy con más de 97.7 millones de oyentes mensuales, es el artista más escuchado del mundo.
Este éxito no es casualidad, es consecuencia. Bad Bunny ha demostrado conocer a la perfección la industria musical. Ha colaborado con estrellas nacientes y ya consolidadas. Ha sido disruptivo cuando conviene y funcional al sistema cuando el capital lo exige.
Para entender este fenómeno, basta con ver lo sucedido este domingo en el Súper Tazón de la NFL. Uno de los rituales más grandes de Estados Unidos. Presentó un espectáculo de medio tiempo cantado en su mayoría en español, haciendo que Lady Gaga, uno de los máximos símbolos del pop en el mundo, sucumbiera a los ritmos latinos al cantar una versión salsa de su último gran éxito Die with a Smile.
Un acto que en la opinión popular fue calificado como disruptivo, por las tensiones que vive la comunidad latina en Estados Unidos. Pero que en la realidad se aleja mucho de la disidencia que alguna vez presentó el reguetón. Lo que vimos el domingo no fue contracultura, fue la consolidación de una hegemonía cultural en el mundo de los capitales.
En un contexto global donde resurgen discursos nacionalistas y las industrias culturales promueven el folklore como marca país, el reguetón ha logrado algo que parecía imposible para Latinoamérica: dominar el mercado. Ya no desafía el poder. Forma parte de él.
EN DEFINITIVA… Bad Bunny no es Nina Simone, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Óscar Chávez o Silvio Rodríguez, ni pretende serlo. Su poder es distinto, y en muchos sentidos, mayor. Su activismo no es una impostura, pero tampoco subversión: es política administrada desde el centro del sistema. Un poder intelectual capaz de convocar emociones y acción, pero que se conforma con vender sentimientos antes que transformar estructuras.



