
Primero conozcamos una historia repugnantemente empalagosa. Una persona estudia. Tras varios años, en el peor de los casos logra obtener un empleo que le da acceso a un salario digno. De nada debe preocuparse esa persona, pues tras el empleo viene un pequeño departamento o una pequeña casa, luego viene un pequeño auto. Tras eso, viene una familia que el trabajador construye al lado de su esposa, lo que lo lleva a la crianza de una niña y un niño. Luego vienen los años en los que el trabajador ve crecer a su familia, educa sus hijos y luego ellos reproducen el mismo modelo, logrando un empleo, crear una familia, tener una pequeña casa, un pequeño auto, etc. Y así, ad vitam aeternam. El nirvana inicia y se reproduce hasta el infinito en el aula.
Es una lástima que esa sea una historia empalagosa, pero que ni por lo menos se ve en los melodramas televisivos. Si esa era una utopía en los tiempos en los que vivieron los “apóstoles de la educación”, hoy esa historia no se puede encontrar ni en la literatura fantástica. Se cree que la educación es la salvación para todos los males de nuestro tiempo. Todos los males, naturalmente, concebidos desde una perspectiva material. Increíblemente todavía hay quienes piensan que un título universitario es como cheque en blanco al portador. Nada más equivocado. Todavía hay quienes se atreven a sostener que estudiar lleva a la opulencia, al enriquecimiento por la vía del trabajo honesto, altamente productivo e igualmente remunerador.
Lo que las generaciones actuales deben afrontar es el saldo de un pasado que no se supo administrar, pasado de irresponsabilidades, de ineptitudes que hoy se manifiestan de forma amenazante. El viejo economista barbón, en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, nos dice que “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. La educación heredada es la que oprime la realidad de los nuevos herederos, muchos de ellos que no heredarán absolutamente nada. Más grave: la realidad que se hereda desde mediados del siglo XX hasta hoy al iniciar el siglo XXI es opresiva, mediocre.
En una de sus ediciones, la revista colombiana «Semana» (17 de julio de 2014), anunciaba en su sitio web el despido de 18 mil empleados de Microsoft. La nota precisaba que “El gigante tecnológico Microsoft anunció que luego del reacomodo de su estructura que implicó la adquisición de la división de telefonía celular de la finlandesa Nokia, saldrá de alrededor de 18.000 empleados”. La misma nota agregaba que “La noticia hizo que subieran 3% las acciones de Microsoft en las operaciones bursátiles matutinas”. Dicho de otra manera, la tragedia de miles de personas se convertía en una excelente noticia para la bolsa de valores que, evidentemente, desprecia los valores humanos. Eso sigue ocurriendo en 2026 y quizá en peores extremos.
A mediados de los años 90 del siglo pasado, el pensador norteamericano Daniel Bell aludía a una nueva realidad que caía, avasalladora, sobre las testas de las nuevas generaciones. Ya desde entonces se refería a la inestabilidad laboral, se refería a las nuevas complicaciones para conservar un empleo, incluso ya hablaba de la necesidad de los trabajadores de rehabilitarse en términos de sus cualidades profesionales.
El viejo Daniel Bell no solamente trataba del caso de los trabajadores de educación mínima, sino a las nuevas condiciones para la competencia en el mundo de las “clases medias”, en la dimensión de los cuadros con títulos universitarios. Sobre la base de estudios rigurosamente revisados en todas las investigaciones, Daniel Bell concluía que en algunos casos ya se presentaban cambios radicales en la nueva realidad. Los universitarios que habían salido de las universidades a mediados de los sesentas y de los setentas, habían logrado consolidar grandes despachos profesionales, como en el caso de los abogados: había un mundo por repartir. Sostenía que los egresados de las universidades en los noventas se topaban con una nueva realidad: la de aspirar a obtener un empleo en las grandes corporaciones en un mundo repartido, cerrado. En 2016, un abogado ni siquiera podría pensar en obtener un empleo en los grandes despachos manejados por los hijos de los viejos abogados.
Las generaciones que arriban al siglo XXI lo hacen en un escenario de “reparto concluido”, en una escena que parodia una especie de fin del reparto de capital. Al lado de la pobreza va la desigualdad extrema y extrema concentración de la propiedad y para colmo, a reglas que cambian conforme se hace necesario para quienes más tienen. Lo que ocurre hoy en los Estados Unidos, con Trump o sin él, nos muestra la lógica que se impone en el presente: la ley no importa, las reglas o importan, no existen instituciones. Lo que se impone en el presente son los actos de poder: por encima de ellos no hay ley que valga.
Subyace en esa realidad una amenaza que no debería ni descartarse ni analizarse con frivolidad. La amenaza es la de las salidas violentas, la de las salidas que hacen a un lado toda regla que implique respeto a las personas y a su dignidad. Cuando se impone el criterio de que, para lograr objetivos se vale de todo, en realidad todo puede ocurrir. Y, ¡cuidado!, quienes abatan a sus “enemigos” haciendo uso de la espada, a hierro habrán de ser derribados, igualmente. Es la indeseable ley que se enuncia en lenguaje bíblico: “El que a hierro mata a hierro muere”.
No es sencillo resolver el problema de la pobreza, la desigualdad y las condiciones absolutamente asimétricas de la “competencia” que en realidad no lo es, excepto en los libros de economía. Creo que es verdad la tesis que supone que una economía que no sirve a la gente, simplemente no es economía, y agregaría, es mera contabilidad.



