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sábado, febrero 14, 2026

El último berrinche

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¡Híjole, chato! Mire usted que uno aquí se pone a considerar, porque considerando es como uno llega a la consideración de que las cosas, cuando no son lo que parecen, pues entonces son exactamente lo que se ve, pero al revés. Y es que fíjese usted el enredo que se cargan allá en la Secretaría de Educación, que ya no sabe uno si están enseñando a los niños o están filmando una de esas películas donde el protagonista no se quiere salir de la casa ni aunque le quiten la luz. Me refiero al joven Marx Arriaga, que hasta este viernes era el que movía el abanico en los materiales educativos y que ahora nos sale con que él no está despedido, sino que nomás lo están intentando despedir, que no es lo mismo pero es igual.

Resulta y resalta, para que usted me entienda, que llegaron los señores de la ley con un papelito, porque ya sabe que papelito habla, pero el joven Arriaga dijo que no, que ese papelito no habla el idioma que a él le gusta. “Hasta que no me entreguen un documento donde diga mi despido conforme a las leyes vigentes, pues yo sigo en el puesto”, soltó frente a las cámaras. ¡Ándele! Es como si el árbitro le saca la roja y usted se queda en la cancha argumentando que la tarjeta no es del color exacto que marca el reglamento de su imaginación. La cosa es que el hombre se nos puso flamenco y decidió que la oficina es suya por derecho divino, o por lo menos por derecho de antigüedad pedagógica.

Pero ahí no está el detalle, chato. El detalle es que el hombre dice que no se aferra a la silla, ¡válgame Dios!, dice que a lo que se aferra es a los principios y a los 107 libros que diseñaron. Y uno se queda pensando: ¿pues qué, los libros se van a sentir solitos si él no está? Dice que los va a defender “con uñas y dientes”, ya sea en la oficina o en la calle. ¡Huy, qué miedo, miren cómo tiemblo! Como si las matemáticas o la historia necesitaran que un funcionario les cuide el sueño desde un escritorio que ya tiene otro dueño.

Y fíjese cómo se pone la cosa de a peso, porque para justificar el berrinche, se sacó de la manga a los villanos de la película. Dice que ese espacio estaba tomado por los “neoliberales” de Trillas, SM, Castillo y Santillana, que dice él que se llevaban 3,500 millones de pesos al año. ¡Vaya numeritos! O sea, que el hombre se siente el guardián del tesoro y que, si él se va, los malvados editores van a entrar corriendo a llevarse hasta los sacapuntas. Es una lógica de esas que dan vueltas y vueltas: “No me voy porque si me voy vuelven los que estaban, y si vuelven los que estaban es porque yo me fui, entonces para que no vuelvan, pues no me voy”. ¡Ni que fuera uno de palo!

La verdad es que el espectáculo del viernes fue una cosa verdaderamente asombrosa. Ver a un funcionario público transmitiendo en vivo su propia desobediencia es como ver a un policía que se arresta a sí mismo por no dejarse arrestar. El hombre dice que “allá ven los 107 libros” y que no se los va a entregar a los neoliberales así porque sí. Pero lo que no dice, y ahí es donde la puerca torció el rabo, es que la educación no es una trinchera ni los libros son fusiles. El rigor académico se le fue de vacaciones mientras él se dedicaba a pelearse con los fantasmas del pasado.

Mire usted, chato, la realidad es monda y lironda. El activismo disfrazado de pedagogía sale muy caro, especialmente cuando se paga con el futuro de los muchachos. Mientras el señor Arriaga se dedica a defender su “silla de los principios”, los indicadores nos dicen que los libros esos tienen más errores que un examen de marzo. Pero claro, es más fácil acusar a la conspiración internacional que aceptar que un oficio de cese es un oficio de cese. El hombre proyecta una imagen de persecución política para tapar el hecho de que su gestión fue más ruido que nueces, más dogma que excelencia.

Al final de cuentas, el enredo de Arriaga termina donde empieza la cordura. Uno puede decir que no se va, puede decir que la ley no es ley, y puede decir que es el salvador de la patria, pero al final, cuando apagan las luces y cierran la oficina, lo único que queda es un señor gritando en una red social. La educación mexicana recuperar su calidad. Porque fíjese usted, que para enseñar a leer no se necesita estar atrincherado, se necesita saber qué es lo que se está leyendo.

Ahí está el detalle

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