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sábado, febrero 14, 2026
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Morena, sin amor y amistad

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Vaya triste 14 de febrero para el partido en el poder. Mientras el resto de los mortales anda gastando lo que no tiene en cenas a plazos, osos de peluche gigantes y globos de helio que mañana serán basura, en las oficinas de la llamada Cuarta Transformación el único color rojo que se asoma es el de las heridas que se están abriendo entre ellos. Sus tribus y subtribus, esas que juraban unidad eterna bajo el manto de la “fraternidad universal”, se están dando hasta con el metate. La mecha la encendió la circulación de Ni venganza ni perdón, el libro con las palabras de Julio Scherer Ibarra, que en este México de 2026 ha caído como granada de fragmentación en una cristalería. Las acusaciones van y vienen, y créanme, son una lindura que retrata de cuerpo entero que el amor, en la política, dura exactamente lo que tarda en secarse la tinta de un cheque.

Me preguntan algunos por qué tanto ruido con este libro. La respuesta no está en la literatura, sino en el hígado. Scherer Ibarra, que conoce las cañerías del Palacio como pocos, ha puesto nombres y apellidos a las traiciones que se cocinan a fuego lento. No es un ejercicio de nostalgia; es una cuenta de cobro en tiempo real. En los pasillos de la política, la “amistad” se mide por el tamaño de la licitación que te toca, y según lo que se lee en las crónicas de Reforma y lo que se comenta en el espacio de Joaquín López-Dóriga, el reparto del pastel ha dejado a muchos con el plato vacío y el ánimo de revancha a tope. Los “puros” del movimiento ahora acusan a los “operadores” de haber convertido el gobierno en una agencia de colocaciones para sus parientes y socios.

La trifulca interna es de antología y no hay quien la pare porque el bulto informativo ya es demasiado grande para esconderlo bajo el tapete de la ideología. Mientras nos recetan discursos de amor al prójimo y austeridad franciscana, medios como El Universal han dado seguimiento a las denuncias que brotan de las páginas del libro: contratos milmillonarios repartidos entre amigos de la infancia bajo el pretexto de la emergencia o la “seguridad nacional”. Es el mundo al revés: los que ayer pedían justicia desde la oposición, hoy se pierden en el laberinto de la “gestión de intereses” para proteger las ganancias del día. El amor en Morena se acaba cuando se descubre que el presupuesto, ese gran igualador, se queda en las manos de los mismos grupos que el libro de Scherer Ibarra se encarga de exhibir.

Pero la danza de los millones no termina en los escritorios de la capital. Las plataformas como Latinus han puesto el dedo en la llaga de los “negocios humanitarios”. Se acusan unos a otros de usar causas nobles para engordar a monopolios consentidos, esos que cambian de piel cada sexenio para seguir facturando. Las revelaciones del libro han servido para que los aspirantes a todo se saquen los trapitos al sol: que si aquel le dio tal contrato a su paisano, que si el otro tiene a media familia en las filiales opacas de las empresas del Estado. La sumisión ante las presiones de Washington y el manejo de los recursos en la sombra han dejado de ser rumores para convertirse en proyectiles que las facciones se lanzan sin piedad este 14 de febrero.

Incluso la prensa internacional ha tomado nota de la rebatiña. El País subraya que este desorden interno y la falta de transparencia en la toma de decisiones son los clavos que están cerrando el ataúd de la confianza en la gestión pública. Las acusaciones mutuas de “traición a los principios” son en realidad peleas por el control de la caja. En las oficinas de gobierno, la culpa rebota de oficina en oficina: unos dicen que el libro es una calumnia y otros, en voz baja, celebran que por fin se diga lo que todos sabían pero nadie se atrevía a firmar. El resultado es el mismo: una clase política que se abraza frente a las cámaras mientras se pisa los pies por debajo de la mesa.

La cereza de este amargo pastel de San Valentín es el nepotismo que florece como hongo en la humedad. Se mencionan sueldos de seis cifras para funcionarios sin más mérito que el apellido, dirigiendo oficinas estratégicas en el extranjero mientras aquí nos dicen que hay que apretarse el cinturón. Es el recordatorio de que la “nueva política” tiene los mismos vicios de la vieja, pero con un lenguaje más solemne para apantallar a los incautos. Las palabras de Scherer Ibarra han servido para confirmar que el poder, cuando no tiene contrapesos reales, se convierte en un club privado de beneficios compartidos entre unos cuantos.

Ahí se las dejo. Para que en este día de la amistad, cuando vean a los políticos de Morena jurar lealtad eterna al proyecto, se pregunten cuánto tiempo va a pasar antes de que vuelvan a sacarse los ojos por el control de una licitación o por el favor de un libro que no pueden censurar. Póngale choya al asunto, que las verdades impresas en Ni venganza ni perdón siguen quemando las manos de quienes intentan sujetar el poder sin tener la conciencia limpia. El amor acabó en el divorcio de las tribus, y los platos rotos, como siempre, los pagamos nosotros.

¡Feliz día de la rebatiña!

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