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lunes, febrero 16, 2026

Cóbrale el olvido

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¡Luces, cámara, presupuesto! No se me distraigan, amigos, que el espectáculo de este domingo en Palacio Nacional estuvo mejor que cualquier estreno de la cartelera de verano. Mientras en las oficinas de Morena se siguen sacando los ojos por lo que escribió Scherer Ibarra, un guion de terror que ya ni en Netflix querrían comprar, la presidenta decidió que lo mejor para curar el desamor político era una buena dosis de glamour hollywoodense. Ahí la vimos, muy oronda, flanqueada por la jefa capitalina, Clara Brugada, la secretaria de Cultura, Claudia Curiel, y la mismísima Salma Hayek, que vino desde los “niuyores” a decirnos, con el nudo en la garganta, que “lo que no teníamos es esta presidenta”. ¡Uta, qué chulada! Casi se me sale una lágrima, pero luego me acordé de cuánto cuesta el kilo de huevo y se me pasó el sentimiento.

La trama del día fue el mentado plan de incentivos fiscales para el cine. Nos dicen, con esa voz solemne que usan para que uno no pregunte mucho, que quieren que se filme más en México. Y para lograrlo, van a usar la “palanca” de un crédito fiscal sobre el Impuesto Sobre la Renta (ISR). Traducido al cristiano: le van a perdonar hasta el 30 por ciento de los gastos a las producciones audiovisuales que se asienten en el país. Dicen que el tope es de 40 millones de pesos por proyecto. Yo no sé usted, pero yo no he visto 40 millones de pesos juntos ni en las películas de ficheras. Pero eso sí, el requisito “clave” es que el 70 por ciento del gasto se quede en empresas mexicanas. Habrá que ver quiénes son los dueños de esas empresas, no vaya a ser que resulten ser los mismos de siempre, esos que tienen un pie en el set y otro en la oficina del gobierno.

La presidenta nos explica que esto es para apoyar a las producciones independientes y de los pueblos originarios, “porque no tienen dinero”. Mire usted qué gran descubrimiento. Pero fíjese bien en la maña: mientras le avientan flores a los directores que filman con las uñas en la sierra, por el otro lado anuncian que Netflix, sí, ese gigante que nos cobra cada mes por ver refritos, va a meter mil millones de dólares en México en los próximos cuatro años. El codirector de la plataforma, Ted Sarandos, ya se frotó las manos. El plan está hecho a la medida: 30 por ciento de descuento para los que ya tienen los bolsillos llenos de dólares, disfrazado de “soberanía cultural”. Es el viejo truco del “atole con el dedo”: nos ponen la foto de la actriz famosa para que no veamos que le estamos subsidiando la chamba a los que cobran en moneda extranjera.

Y no me malinterpreten. Que haya chamba es bueno. Que se hable de México por sus paisajes y no nomás por las balaceras, se agradece. Pero hay que tener la choya bien puesta para preguntarse: ¿quién cobra el olvido de las necesidades de a de veras? Porque para el cine siempre hay “certeza jurídica y financiera”, como dijo la presidenta. Pero vaya usted a pedir “certeza” a una clínica rural donde no hay ni gasas, o a una escuela donde el techo se está cayendo. Ahí no hay incentivos del 30 por ciento, ahí nomás hay promesas de “próximamente”. La cultura es un motor económico, dicen. Pues ojalá ese motor no sea de esos que nada más jalan para las alfombras rojas de la Ciudad de México y dejan en la cuneta a los que de veras no tienen voz.

Dicen que con la nueva Ley Federal de Cine se garantiza el fomento y que el fideicomiso “evoluciona” al programa Focine. Daniela Alatorre, la jefa del Imcine, anda muy entusiasmada porque dice que esto sostiene el “ecosistema cinematográfico”. ¡Uf! Qué palabras tan elegantes para decir que el Estado va a seguir repartiendo premios y subsidios a los amigos de la casa. El problema es que en este país, el “ecosistema” siempre favorece al tiburón y deja al charal apenas con las migajas.

Así que ahí se las dejo. Para que la próxima vez que vean una serie filmada en México, se acuerden de que un porcentaje de lo que costó poner esas luces y ese maquillaje lo pusimos usted y yo con los impuestos que el gobierno decidió perdonarles. Está muy bien que México sea una potencia audiovisual, pero estaría mejor que fuera una potencia en justicia, en seguridad y en salud. Lo demás es puro cuento, pura ficción de esa que nos quieren vender desde el Palacio como si fuera realidad.

Póngale choya. Que en esta película, nosotros somos los que pagamos el boleto, pero nos dejan siempre en la última fila y sin palomitas.

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