Diciembre de 2020 fue un mes frío y extraño en Tepic. La pandemia mantenía a la ciudad y al mundo con preocupaciones de todo tipo, pero para la familia Maldonado, el cierre de año trajo un evento que los cambiaría. Tras el fallecimiento de su padre, Carlos y Sofía recibieron una herencia inesperada. A cada uno le correspondió exactamente un millón 226 mil pesos.
Creían que les alcanzaría para todos los sueños. Pero no. Bueno, sí, pero nomás para uno. Según la reconstrucción histórica basada en los índices de la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF), ése era el valor de mercado de una vivienda media promedio en Nayarit al cierre de aquella década. Con el cheque en la mano, los hermanos tomaron caminos distintos, guiados por filosofías de vida distintas. Uno buscó una casa, el otro se fue al banco.
Carlos, el mayor, apegado a la tierra y desconfiado de los números intangibles, decidió que el dinero debía tocarse. “Ladrillos son ladrillos”, recordó que le decía su padre. En enero de 2021, escrituró una casa mediana en una colonia en Tepic, agotando la totalidad de su herencia. Desaba una más grande pero no quiso solicitar crédito. No le gustan ni las tarjetas de crédito.
Sofía, analítica y financiera, vio en el capital una oportunidad de liquidez. “¿Para qué atarme a una propiedad y pagar predial y mantenimiento?”, pensó. Asesorada por ejecutivos bancarios, decidió invertir su millón 226 mil pesos en instrumentos de renta fija, apostando a que las altas tasas de interés trabajarían para ella mientras rentaba un departamento modesto y mantenía su libertad de movimiento.
Hubo un tercer personaje en esta experiencia: Luis, primo de los hermanos. Luis no recibió herencia. Él dependía de su salario como gerente administrativo. Ganaba 15 mil pesos mensuales en 2020, un sueldo digno que le permitía soñar con, algún día, juntar el enganche para una casa como la que Carlos acababa de comprar. Lo platicaron en una cantina a la que acudían ambos algún sábado de botanas.
Durante los siguientes cinco años, la estrategia de Sofía pareció brillante. Mientras el mundo atravesaba crisis inflacionarias, el Banco de México mantuvo las tasas de interés altas para contener los precios. Sofía recibía sus estados de cuenta con satisfacción. Su dinero crecía año con año gracias a la magia del interés compuesto.
Para febrero de 2026, Sofía revisó su saldo final. Su disciplina de no tocar el capital había rendido frutos espectaculares. Su millón original había generado rendimientos acumulados por cerca de 654 mil pesos. En su cuenta brillaba la cifra de 1 millón 881 mil pesos. En términos nominales, Sofía era un 53 por ciento más rica que cuando murió su padre. Se sentía una ganadora del sistema financiero.
Decidida a capitalizar su éxito, llamó a Carlos. “Hermano, creo que ahora sí voy a comprar. Tengo casi 1.9 millones. Quiero buscar una casa idéntica a la tuya, quizá en tu misma cuadra”.
Carlos guardó un silencio incómodo al otro lado de la línea. “Sofía, necesitas ver los precios”, le dijo.
Cuando Sofía salió a una firma de compra y venta de casas en Tepic en este 2026, la realidad le propinó malas noticias. La casa de Carlos, esa construcción promedio que en 2020 costaba 1.22 millones, ya no existía a ese precio.
El reporte del cuarto trimestre de 2025 de la SHF confirmó la anomalía estadística de Nayarit: el estado vivió cinco años consecutivos de aumentos de precios, culminando con una racha de alzas de doble dígito. La plusvalía acumulada en el lustro, medida por el índice SHF, fue del 81.1 por ciento.
Hoy, según los datos oficiales de precios promedio, la casa de Carlos está valuada en 2 millones 221 mil pesos.
Sofía hizo las cuentas en una servilleta, incrédula. Tenía 1.88 millones en el banco, pero la casa costaba 2.22 millones. A pesar de su “exitosa” inversión, a pesar de los intereses históricos, a pesar de su disciplina, le faltaban 340 mil pesos para comprar lo que cinco años antes podía haber pagado de contado.
La vivienda en Tepic había ganado dinero más rápido que la mejor tasa de interés del mercado. El activo de Carlos había generado una plusvalía latente de casi un millón de pesos, superando por mucho los rendimientos bancarios de Sofía. La lección no le gustó nada a ella: en una economía inflacionaria de activos, tener efectivo, incluso invertido, es perder terreno.
Pero si la situación de Sofía era de frustración, la de Luis era peor. Él había tenido un desempeño laboral aceptable. Su empresa le había aumentado el sueldo cada año conforme a la inflación general acumulada, que rondó el 32 por ciento en el periodo.
Así, el sueldo de Luis pasó de 15 mil pesos a 19 mil 800 pesos mensuales en 2026. Nominalmente, ganaba casi 5 mil pesos más. Sin embargo, cuando Luis miraba la casa de Carlos, la distancia se había vuelto un abismo.
En 2020, la casa costaba 1.22 millones. Con su sueldo de 15 mil, la casa equivalía a 81 meses de su trabajo íntegro. En 2026, la casa cuesta 2.22 millones. Con su sueldo mejorado de 19 mil 800, la misma casa equivale ahora a 112 meses de su trabajo íntegro.
Aunque Luis gana “más”, es dramáticamente más pobre en términos inmobiliarios. La vivienda se le escapó. Para mantener la misma capacidad de compra que tenía hace cinco años, Luis necesitaría ganar hoy más de 27 mil pesos, pero el mercado laboral no paga plusvalía inmobiliaria.La historia de los Maldonado ilustra la fractura económica que atraviesa Nayarit. Tenemos tres realidades conviviendo en la misma ciudad: el propietario protegido por el ladrillo (Carlos), el ahorrador traicionado por la velocidad del mercado (Sofía) y el trabajador desplazado silenciosamente (Luis).
Nayarit se ha consolidado como una “isla de precios altos” donde el valor promedio ($2.22 millones) supera incluso a potencias como Jalisco ($2.01 millones) y Nuevo León ($1.96 millones). Detrás de las estadísticas que celebran los inversionistas, se esconde la historia humana de Sofía y Luis de que, en este ciclo económico, el trabajo y el ahorro perdieron la batalla contra la especulación. La herencia de los Maldonado fue algo de dinero y la lección aprendida de que en el Nayarit de hoy, quien no tiene casa, cada día está más lejos de tenerla.
Hubo otra ventaja en la decisión de Carlos. Él dejó de pagar una renta de 4 mil pesos, que por ser de un familiar seguiría congelada. Aun así, él dejó de gastar, o ganó, según se le vea, 240 mil pesos.
Todo tiene otra interpretación. La plusvalía se explica siempre viendo hacia el pasado. Nadie garantiza que el próximo lustro repita el milagro.



