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martes, febrero 17, 2026

Como perros y gatos

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Las redes sociales ya encontraron un nuevo blanco de la “memerización”, los therians. Videos de jóvenes que usan máscaras de zorro, perro o gato, que corren en cuatro patas, que dicen identificarse espiritualmente con un animal. La reacción digital es inmediata, burla, meme, ataque.

Pero quizá la pregunta no es qué les pasa a ellos. Quizá la pregunta es qué nos pasa a nosotros.

El fenómeno therian, personas que se identifican con animales no humanos en un plano psicológico o espiritual, no puede entenderse solo como una moda excéntrica. Es, más bien, un síntoma, y como todo síntoma, habla menos del individuo que del entorno que lo produce.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que el sujeto contemporáneo ya no vive en confrontación con un “Otro” real que lo desafíe, sino atrapado en un “yo” que debe diseñarse constantemente. No basta con existir, hay que performarse, construirse, exhibirse, optimizarse.

En ese contexto, la identidad deja de ser descubrimiento y se convierte en proyecto.

Ser therian puede leerse como una forma radical de autoconstrucción. Si no encuentro sentido en las categorías disponibles, estudiante, trabajador, exitoso, productivo, diseño otra. Una que me permita escapar del mandato de rendimiento. Una que me permita ser algo distinto al sujeto cansado que esta época exige.

Han, en sus obras, habla del enjambre digital, individuos conectados, pero no arraigados. No comunidad, sino coincidencia algorítmica. Los therians no forman tribus ancestrales; se encuentran por etiquetas. No hay territorio compartido, sino pantalla compartida.

Y en la pantalla ocurre algo decisivo: “Soy en la medida en que me ven”.

La validación sustituye a la pertenencia; el comentario sustituye al vínculo; el like sustituye al reconocimiento profundo. Si la identidad necesita visualizaciones para sostenerse, se vuelve frágil. Si desaparece la mirada ajena, ¿qué queda? ¿existe?

La paradoja es brutal; vivimos en lo que Han llama la sociedad de la transparencia, todos debemos mostrarnos, narrarnos, exponer nuestra intimidad. Sin embargo, la máscara animal funciona como escudo. Escondiéndome, puedo mostrarme, cubriéndome el rostro, me atrevo a existir.

No es la primera vez que nos animalizamos. En el lenguaje cotidiano abundan los “perros”, las “zorras”, las “víboras”, los “burros”, los “babosos”. Desde siempre usamos lo animal para describir conductas humanas. La diferencia es que ahora la metáfora se convierte en identidad performada frente a una audiencia.

Pero aquí hay una dimensión que estamos evitando mirar.

En lo que va del año, el boletín epidemiológico nacional registra más de diez mil casos confirmados de depresión en el país. El año pasado se cerró con más de ciento cincuenta mil diagnósticos, según el boletín epidemiológico nacional. Al mismo tiempo, de acuerdo con cifras recientes del INEGI, se registraron 8 mil 856 muertes por suicidio en 2024, con una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes y una tendencia sostenida al alza en la última década.

No, esto no significa que todo joven que se identifique como therian padezca depresión. Sería irresponsable afirmarlo. Pero sí obliga a plantear una pregunta incómoda, ¿estamos frente a expresiones culturales inofensivas o ante señales de malestar psíquico que preferimos ridiculizar en lugar de comprender?

En un contexto marcado por el aumento de la ansiedad y la depresión, por vínculos familiares debilitados y por un cansancio emocional constante, la creación de identidades alternativas puede entenderse como una búsqueda urgente de pertenencia y sentido. Cuando la realidad se experimenta como hostil y evaluadora, la fantasía no es simple evasión, sino mecanismo de protección.

Mientras tanto, en redes peleamos como perros y gatos, enseñando los dientes digitales. Nos deshumanizamos con una facilidad casi automática. Convertimos el ridículo ajeno en espectáculo para tranquilizar nuestra propia inseguridad. Atacando, nos sentimos normales. Humillando, nos sentimos superiores.

Ahí está el punto incómodo: el ataque masivo contra los therians revela más ansiedad colectiva que desviación individual.

Tal vez identificarse con un animal no sea solo una moda ni únicamente una performance digital. Tal vez también sea un síntoma de una generación que no encuentra espacio seguro para ser humana sin ser juzgada, medida o monetizada.

El problema no son únicamente los que se ponen máscara, el problema es una sociedad que trivializa la salud mental, que convierte el dolor en contenido y que solo permite existir si hay espectadores.

Y mientras discutimos si son ridículos o peligrosos, seguimos peleando en la arena digital, gruñendo, ladrando, arañando, como perros y gatos.

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