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jueves, febrero 19, 2026
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Las reglas de la democracia: límites al ejercicio del poder

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Resulta preocupante que la democracia se conciba, desde la hipocresía de una mocha atalaya “legalista”, como un Leviatán, como ese “monstruo que nunca está satisfecho, y devora a quien se le opone”. La democracia está lejos, muy lejos de ser la dictadura de las mayorías. Está lejos, muy lejos, de ser una simple definición etimológica, pues en ese (des)orden de ideas eso implicaría suponer, de manera grotesca, que la filosofía es el “amor a la sabiduría”.

La presencia de la democracia, al menos es su significación semántica moderna, está lejos de reducirse al simplismo de la ley. En esa lógica la cuna de la democracia sería Babilonia, al menos desde los tiempos del Código de Hammurabi, hace casi cuatro mil años. Dicho documento establecía en una de sus partes que «entonces Anum y Enlil me designaron a mí, Hammurabi, príncipe piadoso, temeroso de mi dios, para que proclamase en el País el orden justo, para destruir al malvado y al perverso, para evitar que el fuerte oprima al débil, para que, como hace Shamash Señor del Sol, me alce sobre los hombres, ilumine el País y asegure el bienestar de las gentes». Como podemos observar, la Ley del Talión no es de ninguna manera una manifestación de la democracia. En esa lógica Moisés sería quizá el primer demócrata de la historia, o el Supremo Legislador que le entregó los Diez Mandamientos.

Decíamos ayer (dado que el tiempo pasa a ufo en repetidas ocasiones), que además de las precondiciones sociales (que tienen que ver con la realización de garantías como la salud, la educación, niveles significativos de bienestar, etc.) la democracia exige de condiciones institucionales y de ello deriva la necesaria presencia de las reglas del juego. Esto al menos en una definición moderna. Así, para que la toma de decisiones políticas se dé con el máximo consenso y la mínima imposición.

Esas reglas del juego, señala Castoriadis, no pueden ser impuestas por nadie, sino que deben ser producto del consenso (una de las más importantes reglas de la democracia), pero algunas de ellas aceptables en términos generales, han sido definidas por Cerroni. La cuna de la democracia no puede ser el autoritarismo; la democracia debe surgir a partir de las propias reglas de la democracia. Reglas tales como la del consenso, del disenso, de la mayoría y de la minoría, etc.

Antes de seguir conviene retomar la propuesta popperiana que define a la democracia como un sistema de instituciones “que limiten el poder estatal”.

Las tesis de Bovero, por su parte, indudablemente contribuyen al, hasta ahora, excesivamente pobre debate sobre el tema de la democracia, las elecciones y la alternancia.

Queda claro, como sea, que la democracia excluye la definición del Estado como “un monstruo que nunca está satisfecho, y devora a quien se le opone”, como lo establecería Hobbes, el del Leviatán. La democracia no puede ser definida pues, como “la Ley”, así, a secas, como una concepción desde la sima del simplismo y desde la cima del exceso autoritario, como un Lecho de Procusto. La Ley es un monstruo que nunca está satisfecho, que devora a quien se le oponga, al menos un ápice, por ello no puede ser una nueva definición de la democracia.

La Ley, por su propia esencia, tiende a ser injusta, pues trata igual a los desiguales. No se puede invocar la ley y la justicia a la vez. Por lo menos una ley como la conocemos, que al parecer es más injusta que la de Hammurabi.

En este, en el código de Hammurabi, aparecen tres “categorías” de hombres: los libres, los esclavos y una categoría intermedia llamada “muskenu” que podrían ser siervos. La letra de la ley como la conocemos, hace iguales a los desiguales aunque la realidad se impone en función de ciertos poderes, sobre todo a partir del poder económico.

Las leyes obedecen más a la naturaleza de la superestructura, a las necesidades de resguardo de la propiedad, y no a un asunto de naturaleza política. La Ley contiene un trasfondo ideológico, pero alejado de la democracia. La democracia no es pues un simple conjunto de leyes. Eso es lo menos que resulta ser la democracia.

La democracia no es la ley, aunque la democracia debe tener en cuenta un conjunto de signos en ese sentido. La democracia va más allá de una definición de barandilla. La democracia es más un conjunto de reglas en cuanto al despliegue político. La democracia es más consenso, del que debe derivar la ley. La democracia es más competencia, del que deben derivar la deliberación libre de los asuntos públicos. La democracia es más la definición de mayoría y minorías y su posible alternancia, de lo que debe derivar un modelo de toma de decisiones en el que cada cuál asuma su responsabilidad sin pretender ir más allá de su propio peso específico.

La democracia es más el control, que impida el fundamentalismo del poder y que garantice un poder político limitado, no arbitrario. La democracia, cierto, es legalidad que excluya la violencia, pero legalidad que surja del ejercicio de la democracia, del consenso y la libre definición de disensos.

Finalmente la democracia es más responsabilidad, que exige voluntad política, vocación democrática, honestidad política y clara definición ideológica. Sin responsabilidad ninguna regla de la democracia puede prosperar. Sin responsabilidad la democracia no es viable. Como en su momento lo dijo Sartori: para bailar tango debe haber dos.

La democracia no se reduce al mero derecho de votar. Es verdad que puede haber elecciones sin democracia, pero no democracia sin elecciones. Igual es verdad que puede haber Ley sin democracia, aunque no democracia sin Ley.

El consenso no puede provenir de la voluntad unilateral. Nada hay más absurdo. La democracia no puede instalarse por decreto, la sociedad abierta no puede instaurarse porque la ley así lo señale.

La democracia es respeto mutuo, dialogo, conciliación: no la ley concebida como lo haría Procusto. La democracia no es ni el Código de Hammurabi, ni son las Tablas de la Ley. La democracia no es demos, pueblo y kratos, poder; el poder del pueblo. Ni el pueblo es el mismo pueblo etimológico, ni el poder es el mismo poder, simplemente etimológico. Pero en todo caso, la democracia puede ser más etimología, que Ley.

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