La política mexicana contemporánea se comprende como un ejercicio de fe que desplazó sistemáticamente a la pericia técnica del Estado. En el volumen Ni venganza ni perdón, Julio Scherer Ibarra desmantela la fachada de una gestión profesional para exponer un sistema de poder donde la hermandad y el dogma terminaron por asfixiar la operatividad institucional. Lo que inició en 1997 con un encuentro ante el lecho de muerte del ingeniero Heberto Castillo, marcó el origen de una relación que Scherer define desde una veneración mística. Bajo la mirada del exconsejero jurídico, Andrés Manuel López Obrador figura como un «fenómeno mexicano» , un hombre de vocación misionera cuya visión casi religiosa de la política lo sitúa por encima de las estructuras tradicionales del gobierno central . Esta percepción permite documentar las limitaciones de un político que habita una realidad ajena a los instrumentos modernos de la administración pública.
El autor relata que el Presidente carece de sentido práctico. Habita una cotidianidad sin chequera ni tarjeta de crédito, portando habitualmente sólo 200 pesos en la cartera. Lo que en otras democracias se percibiría como una limitación funcional, en el texto se presenta como una muestra de pureza ideológica, incluso al admitir que Andrés Manuel nunca operó su dinero porque esa tarea recayó siempre en sus esposas . Esta desconexión con la realidad financiera permea la gestión pública; Scherer afirma que el mandatario «no entiende la economía global» y carece de habilidades para el manejo de números o la administración eficiente del aparato burocrático. Para él, López Obrador es un buen cristiano que favorece las relaciones en corto y la catequización de las masas sobre la gestión institucional basada en datos técnicos.
La faceta más ruda del mandatario emerge en el relato a través de anécdotas de una furia que invalidaba cualquier asomo de disenso. Recuerda una cena privada en la que intentó proponer una alianza electoral en el Estado de México en 2010. La reacción del líder consistió en un estallido de gritos que canceló la conversación: «¡Sabía que me ibas a pedir eso! ¡No sabes de política! ¡No le hagas caso a estos imbéciles!» . Describe esta «madriza brutal» como un episodio que lo obligó a abandonar la casa bajo una gritoniza sin precedentes . Esta misma cerrazón se manifestó tras el infarto del mandatario en 2013. Relata que el líder se negó rotundamente a contratar un seguro de gastos médicos mayores, alegando que eso pertenecía a la «gente rica», a pesar de que su supervivencia dependió de una intervención de emergencia en un hospital privado .
El carácter impulsivo se impuso incluso sobre la lógica elemental de sus colaboradores cercanos. Durante la campaña de 2018 en Veracruz, tras un evento en un estadio que resultó logísticamente accidentado, el candidato reprendió a Scherer de forma furibunda. A pesar de que el autor intentó explicar las circunstancias, la respuesta fue un regaño que Scherer califica de «patético» y «muy feo». En otra ocasión, ya en el gobierno, ante un debate técnico sobre calentadores de tabaco, el presidente ignoró los argumentos legales de la Consejería y las resoluciones de la Corte. Ante la pregunta de si el producto hacía daño, y la respuesta afirmativa de Hugo López-Gatell, el mandatario ordenó su prohibición inmediata con un tono de voz fuerte. Scherer, en un inusual desplante de frustración, respondió: «Señor presidente, hasta las sardinas en exceso hacen daño».
La visión de la autoridad presidencial se revela en el trato hacia otros actores políticos. Documenta el libro la ruptura definitiva con Miguel Ángel Mancera en 2015. Cuando el entonces Jefe de Gobierno intentó deslindarse de la intervención de su secretario en las elecciones, López Obrador le respondió de manera tajante: «De cuándo a acá el perro manda al amo». Este sentido de jerarquía absoluta explica por qué el Presidente prefería «congelar que despedir», otorgando cargos vacíos de poder efectivo a quienes no cumplían con sus expectativas. El autor señala que quien tenía cargo pero no encargo simplemente «no servía para nada».
Esa misma obstinación marcó la gestión de crisis nacionales. Durante la pandemia de COVID-19, el autor observa a un presidente que operó desde una subestimación médica sistemática. El relato cita el uso del famoso «detente» como una respuesta ajena a la ciencia y emanada de una condición de catequizador. A pesar de que la cifra de fallecidos superó los 600 mil, Scherer mantiene una defensa de la figura del líder, atribuyendo los errores a la ineficiencia logística de subordinados mientras resguarda el aura misionera de López Obrador. Admite que el diagnóstico inicial sobre el abasto de medicamentos resultó incorrecto al priorizar la lucha ideológica sobre la viabilidad técnica .
Ante la ineficiencia que él mismo percibía en la burocracia civil, el Ejecutivo optó por refugiarse en la estructura militar. Scherer elogia la lealtad de las Fuerzas Armadas, señalando que el Ejército y la Marina representaban las únicas instituciones que cumplían con lo requerido a una sola voz de mando. Documenta que Obrador entregó la obra pública a los militares bajo la premisa de que ellos trabajaban con orden y capacidad superiores. Esta dependencia absoluta se presenta como el recurso final de un hombre que, al desconfiar de los técnicos y de las estructuras civiles, eligió la disciplina de los cuarteles para materializar sus deseos de infraestructura.
La salida de Julio Scherer de la Consejería en septiembre de 2021 marcó el inicio de una fase de hostilidad judicial que fracturó la relación personal. Relata que el mandatario le advirtió con antelación: «Cuando yo salga del Gobierno, van a ir contra ti. No lo dudes» . La persecución se manifestó a través de una campaña de venganzas orquestada por el fiscal general, Alejandro Gertz Manero, quien utilizó la estructura de la Fiscalía para fabricar expedientes. Expresa un profundo dolor al recordar que el Presidente respaldó públicamente al fiscal con un «le tengo confianza», frase que el exconsejero califica como una puñalada al corazón dada la cercanía histórica que los unía.
El libro de Scherer Ibarra constituye la crónica de una lealtad que prescinde de los resultados tangibles para centrarse en la compañía de un líder que favorece las relaciones en corto sobre la administración compleja. A través de sus páginas, queda retratado un político de convicciones que no se mueven un milímetro pero formación limitada, que gobierna una nación compleja con las herramientas de un catequizador rural. La paradoja final del texto reside en que, en su afán por glorificar la amistad al filo del poder, el autor termina exponiendo la fragilidad de un Estado donde la voluntad de un solo hombre sustituyó a la ley y a la técnica, dejando una estructura sostenida por la fe y amenazada por el asalto de quienes define como buitres.



