
Hoy aplaudimos el sonido de las pesas chocando, el cronómetro marcando metas, los tenis golpeando el pavimento al amanecer. Nos gusta la narrativa del renacimiento físico, la idea de que por fin despertamos del letargo. Pero mientras levantamos mancuernas, las estadísticas levantan una ceja.
Hace unos días leí una columna que hablaba el incremento de gimnasios en la ciudad y otra nota que presumía que el estado había superado el sedentarismo. Ambas tenían argumentos sólidos, una más que otra. Ambas sonaban optimistas. Pero en lugar de quedarme con el aplauso fácil, decidí mirar los números completos. Y lo que encontré no es motivo de celebración, sino de alarma.
En Nayarit estamos celebrando demasiado pronto. Nos entusiasma ver parques llenos, nuevos gimnasios en cada esquina de Tepic. Nos repetimos que por fin vencimos el sedentarismo. Y sí, las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía indican que 44.5 por ciento de la población adulta urbana realiza actividad física en su tiempo libre, 2.8 puntos por encima de la media nacional de 41.7 por ciento. Entre los hombres la participación alcanza 49.1 por ciento y entre las mujeres 40.7 por ciento, la brecha más baja registrada. A simple vista, parece una historia de éxito.
Pero cuando se revisa la calidad del ejercicio, el entusiasmo se enfría. El porcentaje de mujeres que alcanza niveles suficientes de actividad física cayó de 67.8 por ciento en 2024 a 58.3 por ciento en 2025. En espacios públicos la suficiencia apenas llega a 50.2 por ciento, mientras que en espacios privados alcanza 70.3 por ciento. Más de la mitad de quienes cuentan con instalaciones deportivas en su colonia reportan que no hay instructores. Hay parques. Hay canchas. Falta dirección.
Y mientras celebramos el movimiento, la obesidad acelera, es paradójico, ¿no?
Hasta la cuarta semana de 2026, Nayarit acumula 645 casos de obesidad, 42.7 por ciento más que los 452 registrados en el mismo periodo del año anterior, de acuerdo con el sistema SINAVE. Solo en la última semana se reportaron 159 casos. En 2025, el estado cerró con 8 mil 796 casos, casi 20 por ciento más que en 2024. A nivel nacional, la tendencia también va al alza: los casos pasaron de 643 mil 287 en 2024 a 712 mil 547 en 2025, un aumento de 10.77 por ciento. Estados como Jalisco casi duplicaron sus cifras tempranas, pasando de 3 mil 143 a 6 mil 150 casos, mientras Baja California escaló de mil 595 a 4 mil 135.
Entonces la pregunta no es si la gente se mueve. La pregunta es en qué condiciones vive.
Porque reducirlo a una crisis de voluntad personal es simplificar un problema estructural. La obesidad no se explica solo por minutos de cardio. Se explica por alimentos ultraprocesados más baratos que la comida fresca, por jornadas laborales que dejan sin energía para cocinar o entrenar con calidad, por estrés crónico y por un entorno que facilita el consumo calórico y dificulta el descanso.
Los datos duros ayudan a entender, según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el mexicano promedio trabaja cerca de 60 horas a la semana. No es una elección, es una necesidad. En México, como en buena parte de América Latina, la productividad importa menos que la resistencia. Hay que ponerse la camiseta, alargar la jornada y aceptar que después de ocho o más horas todavía habrá que buscar otro empleo o hacer más horas extras para completar la semana, la quincena, el mes.
En el caso de las mujeres, la carga es aún mayor. A las horas de trabajo remunerado se suman casi 30 horas semanales de trabajo no pagado, principalmente doméstico, que en muchos casos ascienden a casi 40. El resultado es contundente: más de 100 horas a la semana dedicadas al trabajo, sin contar el tiempo destinado al descanso, al ocio o al autocuidado. No soñamos con huir del sistema por rebeldía, sino por agotamiento.
Bajo estas condiciones, el auge del gimnasio se convierte en un acto heroico pero insuficiente. Se entrena cansado. Se come rápido. Se duerme poco. Se vive bajo estrés crónico. El cuerpo puede moverse 40 minutos al día y aun así estar atrapado en un entorno que lo empuja hacia la inflamación, el sobrepeso y la enfermedad metabólica.
Se podría pensar que la culpa es de la tecnología, de los automóviles, de la comida rápida. Pero eso solo describe el escenario; no explica la dinámica completa. Lo que tenemos es un ecosistema donde el movimiento se vuelve un acto aislado y el descanso, el alimento de calidad y la salud emocional son lujos que pocos pueden permitirse. Mientras, los gimnasios prosperan, las carreras masivas se multiplican y el marketing del fitness celebra la ilusión de libertad y control que los datos duros desmienten.
Estamos frente a una ilusión colectiva. Creímos que abrir gimnasios bastaba para cerrar consultorios, no. Creímos que llenar parques equivalía a vaciar estadísticas de enfermedad, no. Confundimos activación con transformación estructural, sí.
La realidad es más incómoda. La obesidad no se combate solo con voluntad individual ni con moda fitness. Requiere un entorno que favorezca hábitos saludables, políticas públicas que regulen alimentos ultraprocesados, educación nutricional desde la infancia, horarios laborales dignos y una infraestructura de ejercicio que no dependa de la improvisación. Mientras estas piezas no encajen, seguiremos celebrando que más personas corran mientras las cifras de obesidad suben implacables.
Nayarit no necesita más inauguraciones con listón ni más discursos motivacionales. Necesita coherencia entre lo que celebra y lo que enfrenta. Necesita que la salud deje de ser un accesorio de la moda y se convierta en una prioridad estructural.
Porque si la obesidad crece 42.7 por ciento en el arranque del año mientras presumimos haber superado el sedentarismo, el problema no es que la gente no se mueva. El problema es que nos estamos moviendo dentro del mismo sistema que nos está enfermando. Y mientras sigamos creyendo que el sudor individual compensa un entorno colectivo que empuja a la enfermedad, estaremos jugando con cifras, ilusiones y vidas.
Nos estamos moviendo más, sí.
Pero seguimos viviendo de una forma que nos enferma.



