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sábado, febrero 21, 2026

Hasta con la cazuela

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¡Híjole, chato! Mire usted que uno amanece con ganas de ver un mundo lleno de concordia, donde los amigos se abrazan y los compañeros de lucha comparten la gloria, pero resulta que en la vecindad de la política el amor es tan eterno como un suspiro en un vendaval. Y es que fíjese usted en el sainete que se traen allá en las altas esferas, que ya no se sabe si uno está leyendo las noticias o está viendo el final de una de esas películas donde todos contra todos se dan… pues ahora sí que hasta con la cazuela. Me refiero al encontronazo entre don Jesús Ramírez Cuevas y don Julio Scherer, que decidieron que la mejor forma de pasar a la historia es sacándose los ojos frente a todo el respetable.

Resulta y resalta, para que usted me entienda el detalle, que el señor Ramírez, que hoy despacha como coordinador de asesores, se nos puso flamenco en una entrevista con el diario EL PAÍS. ¡Ándele! Dijo que el libro de Scherer, ese que se titula Ni venganza ni perdón, no es más que un “libelo”, una sarta de “fantasías” y una narrativa fabricada para darle cuerda a la oposición. Es una cosa verdaderamente asombrosa: hace apenas un ratito eran como uña y mugre, con todo respeto para las uñas y las mugres, y ahora resulta que uno es el vocero de los principios y el otro es el portavoz de los intereses más oscuros del “neoliberalismo”. El hombre anunció medidas legales por daño al honor, porque dice que su integridad no se toca, aunque le anden colgando milagritos de financiamientos ilícitos en el norte del país.

Pero ahí no está el detalle, chato. El detalle es que Ramírez asegura que Scherer ya no actúa solo, sino que trae una comparsa muy bien organizada. Dice que la alianza con Jorge Fernández Menéndez es la prueba de un pacto con el empresario Ricardo Salinas Pliego para pegarle a la credibilidad del gobierno. ¡Vaya numeritos! O sea, que para el coordinador de asesores, el libro no es una confesión de exiliado, sino una granada de mano lanzada desde las oficinas de los grupos empresariales para que el proyecto de transformación llegue desinflado a las elecciones de 2027. Es la política convertida en un juego de espejos donde los que antes servían a la patria ahora resulta que servían a los despachos de tráfico de influencias.

Y fíjese cómo se pone la cosa de a peso, porque el señor Ramírez decidió que era tiempo de limpiar la casa y sacudir los chismes de pasillo. Negó con una “falsedad absoluta” que él haya metido la mano para tirar la candidatura de Omar García Harfuch o para operar en favor de Clara Brugada. Dice que hasta el propio López Obrador se reía de esas versiones en las columnas. ¡Qué cosas! Le adjudican un control político que él jura y perjura que simplemente no posee, porque su labor se limita, según su dicho, a las redes sociales y a la comunicación. Pero lo que de veras le vuela a uno la tapa de los sesos es que la disputa llegó hasta los pesos y centavos del periódico Regeneración, donde lo acusan de hacerse millonario con las impresiones. Él dice que no manejó ni un peso, retando a que le saquen un video o un papelito, porque ya sabe que papelito habla y video… pues ése grita.

La verdad es que en medio de todo este mitote, la presidenta Claudia Sheinbaum dice que ella mantiene la plena confianza en su equipo. O sea, que el zafarrancho editorial no le ha quitado el sueño en el Palacio, aunque Ramírez ya le fue con el chisme de que todo es una campaña para vincular al gobierno con el crimen organizado. Es un ejercicio de defensa propia donde el funcionario proyecta la imagen de un Scherer resentido que quiere pintar al expresidente como un hombre manipulable y necio, una caricatura de ficción que sólo vive en las páginas de ese libro.

Al final de cuentas, chato, la realidad es monda y lironda: aquí no va a quedar títere con cabeza. El enredo de Ramírez y Scherer termina donde empieza la orfandad de los que se quedan sin padrino en la corte. Uno puede decir que es un santo, el otro puede decir que es un mártir, pero cuando la cazuela vuela, lo único que queda es el aroma a quemado de una relación que se rompió por la ambición o por la verdad, que para el caso es lo mismo si no se tienen pruebas. El país necesita claridad, no intrigas palaciegas. Porque fíjese usted, que para gobernar no se necesita ser escritor de ficción, se necesita tener las manos limpias y la lengua corta.

Ahí, precisamente ahí… está el detalle.

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