
Dicen que en el juego de las sillas, cuando la música se detiene, el que no tiene dónde sentarse termina en el suelo del olvido. Pero en la política nacional, la música no se detiene; la apagan desde el centro. El próximo martes, la Presidenta Claudia Sheinbaum pondrá fin a la comedia de enredos con sus aliados del Verde y el PT al presentar una reforma electoral que, lejos de ser el “consenso de familia” que esperaban en las mesas de Gobernación, es un ultimátum con sello de Palacio. Se acabó la paciencia. Tras veinte reuniones estériles y un mes de regateos en el despacho de Rosa Icela Rodríguez, la orden es que la iniciativa va “sin descafeinar”, íntegra y punzante, dejando que cada quien se haga responsable de su voto ante la historia o ante el presupuesto.
Ahí se las dejo para que lo mediten: ¿qué es una reforma “manca” sino el reconocimiento de un fracaso? La mandataria lo soltó con esa frialdad quirúrgica que suele dejar mudos a los mediadores: no tiene caso presentar un proyecto desdibujado sólo para complacer a quienes ven en la democracia un negocio de arrendamiento. El mensaje no es para la oposición, que ya está en su trinchera, sino para los de casa. Morena ya cerró filas; la bancada de Ricardo Monreal aprobó por unanimidad el respaldo a la Presidenta, dejando al PT y al Verde en la incómoda posición de decidir si se inmolan en el altar de la austeridad o si traicionan la mano que les dio de comer para salvar sus plurinominales.
El contenido de la enmienda es una poda que llega hasta el tronco. No estamos hablando de un recorte estético, sino de una amputación necesaria en tiempos de vacas flacas. La propuesta busca reducir el Senado de 128 a 96 escaños, borrando de un plumazo los 32 espacios de la lista nacional, esos que servían de refugio para que personajes como Marko Cortés o Alito Moreno aterrizaran en un escaño sin despeinarse en campaña. Pero lo que realmente les quita el sueño a los aliados es el replanteamiento de los 200 diputados de Representación Proporcional. Ya no habrá listas cerradas confeccionadas en lo oscurito por las cúpulas; ahora se pretende que sea la ciudadanía, mediante listas abiertas, quien decida el orden de llegada. Se acabó el dedazo con disfraz de estadística.
Pero si el tema de las curules duele, el dinero mata. La iniciativa propone una reducción del 25% en el financiamiento público, modificando la fórmula de la UMA para bajar la bolsa de los 7 mil 737 millones de pesos actuales a una cifra más decorosa. Los del Tucán y la Estrella Roja, desesperados, han mendigado un cambio en la distribución para que el reparto sea 50-50, intentando que el 30% equitativo actual suba para compensar lo que perderán por su raquítica votación. Quieren que los grandes paguen la fiesta de los chicos, pero Luisa María Alcalde se ha mostrado reacia a ceder. La austeridad, dicen en Morena, no es negociable, y menos cuando una encuesta, mandada a hacer con toda la intención, revela que el 70% de la gente quiere menos parásitos presupuestales.
Ahí se las dejo: el riesgo de que la reforma nazca muerta es real. Morena necesita 334 votos en San Lázaro y 85 en el Senado; sin el Verde y el PT, la aritmética simplemente no da. Monreal dice que “la política es convencer”, pero todos sabemos que en esos pasillos el convencimiento suele llevar un signo de pesos o una amenaza de auditoría. La reestructuración del INE, que perdería sus 300 juntas distritales permanentes para volverlas temporales, y la desaparición de la ENCÍVICA, son ahorros que la gente aplaude, pero que a la burocracia electoral le causan urticaria.
Resulta fascinante observar cómo se ha endurecido la postura presidencial. Sheinbaum no quiere una reforma “descafeinada” porque sabe que el capital político se gasta si no se usa. Al facilitar los mecanismos de democracia participativa y garantizar el voto de la “diáspora”, nuestros paisanos que sostienen la economía pero que el sistema suele ignorar, la Presidenta está apelando directamente al pueblo por encima de las dirigencias partidistas. Es una apuesta de “todo o nada” que pone a los aliados entre la espada de la extinción y la pared de la desobediencia.
Finalmente, la suerte está echada para el martes. Si el Verde y el PT deciden votar en contra de la reducción de sus propios privilegios, estarán firmando su sentencia de divorcio con el movimiento que los mantiene vivos. La “reforma manca” podría ser el epitafio de una coalición que se fundó en la conveniencia y que hoy choca con la realidad de un gobierno que ya no está para repartir indulgencias. Mientras tanto, el INE se prepara para una cirugía mayor donde sus consejeros locales ya no serán designados por cuotas, sino por el Senado. La política nacional ha dejado de ser un baile de salón para convertirse en una pelea de bar donde el último que quede en pie se queda con la caja.
Ahí se las dejo. El martes veremos si los aliados tienen el valor de decirle “no” a la mujer más poderosa del país o si terminan tragándose el sapo de la austeridad con tal de no quedarse fuera del banquete que viene. La bandera se izará el 24, pero el destino de nuestro sistema electoral se decidirá en el pulso de quienes hoy temen que los cambios, por fin, les quite la chequera del bolsillo.





