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lunes, febrero 23, 2026
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Sin sobres y con botes

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¡Híjole, chato! Mire usted que uno a veces anda por la vida como quien no quiere la cosa, pero las cosas sí lo quieren a uno, y de repente, ¡zaz!, que se me atraviesa un material en crudo de esos que circulan en la redacción de Meridiano antes de que el sol se digne a salir para darnos los buenos días. Y fíjese bien en el detalle, porque lo que leí en la columna de Jorge Enrique González Castillo, que se publica este lunes, es un enredo de esos que ni amarrándose los zapatos con doble nudo se desenredan fácil. El asunto es que estamos hablando de la silla más alta del país y de unas cartas que, según cuentan las lenguas largas de la grilla nacional, son la única salvación de cualquier mandatario que se respete cuando el viento sopla de frente.

Resulta y resalta, para que usted me entienda la magnitud del mitote, que existe una leyenda urbana-chilanga, de esas que se cuentan en los pasillos de Palacio entre tazas de tila y suspiros de nostalgia, sobre tres sobres que un presidente le entrega a su sucesor para cuando la puerca tuerce el rabo en las crisis cíclicas. Según nos cuenta la pluma de González Castillo, el primer sobre prescribe culpar al antecesor de todas las desgracias; el segundo sugiere renovar el gabinete de cabo a rabo; y el tercero, pues ese ya es para elegir al heredero de la siguiente tragedia. Pero fíjese qué mala suerte, o qué exceso de buena voluntad, que nuestra señora Presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum, careció de la fortuna de recibir semejante herencia literaria. Se nos quedó sin sobres, chato, y se quedó nomás con la pura realidad que quema como chile habanero en ayunas.

Aquí es donde la cosa se pone verdaderamente de a peso y el análisis de Breverías se pone más agudo que un alfiler. Mientras que el anterior inquilino de Palacio, don Andrés Manuel, siempre halló culpables hasta debajo de las piedras, que si los neoliberales, que si los conservadores, que si los fantasmas que asustan en las esquinas del pasado, resulta que la doctora Claudia ha decidido que ella solita aguanta el peso del mundo sobre sus hombros. En lugar de usar esa primera carta salvadora para sacudirse el polvo y marcar su propio camino, la mandataria está asumiendo costos ajenos, dejándose devorar por esas “bombas políticas” que, según asienta el director de Meridiano, se fabricaron con la pura irresponsabilidad del régimen previo. ¡Vaya forma de gastar el capital político! Es como si a usted le entregan una panadería con el horno descompuesto y la harina rancia, y usted, en lugar de reclamar al que se fue, se pone a pedir perdón ante la clientela porque el pan salió quemado y agrio.

Es evidente, chato, que la Presidenta está gastando su enorme capital de votos en una lealtad que parece a prueba de todo, incluso de la lógica más elemental de la supervivencia política. El análisis de González nos advierte que esta lealtad absoluta está devorando la gobernabilidad, porque la realidad del país hoy demanda una distancia crítica que simplemente no aparece por ningún lado. Se comprende, ¡faltaba más!, que el aprecio hacia su mentor sea genuino y de corazón, pero fíjese usted que la silla presidencial es una señora muy celosa que no entiende de sentimentalismos ni de agradecimientos de larga duración. El país necesita, con una urgencia que ya nos está pisando los talones, funcionarios que le reporten únicamente a ella y que no tengan el corazón partido entre lo que fue y lo que tiene que ser.

La verdad es que ver a la Presidenta consumiendo su legitimidad en defender botes pateados por otros es una cosa asombrosa que nos deja a todos con el ojo cuadrado. En la visión de la columna de este lunes, el gran riesgo es que la doctora Sheinbaum agote su última oportunidad de actuar con plenitud soberana antes de que el tiempo le pase la factura definitiva. Ojalá, y lo digo con la mano en el bolsillo del chaleco, encuentre pronto esa libertad necesaria para gobernar sin tutelajes de sombras, porque los tutelajes en política son como los zapatos apretados: al principio uno se aguanta por la elegancia, pero luego ya no se puede ni caminar hacia el futuro.

Al final de cuentas, chato, la realidad es monda y lironda: no se puede ser sombra y luz al mismo tiempo en el escenario del poder. El enredo de la lealtad termina donde empieza la necesidad de un mando único que no ande pidiendo permiso para ser soberano. El texto de hoy es un llamado a la libertad de mando antes de que las “bombas” terminen por borrar el camino de la transformación. Porque fíjese usted, que para mandar no se necesita permiso del antecesor, se necesita la silla, el papelito de la ley y el valor de decirle al pasado: “Muchas gracias, pero aquí la que manda soy yo”.

Ahí, precisamente ahí… está el detalle.

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