
Hoy no traigo datos. No hay cifras duras ni estadísticas que me respalden. No hay declaraciones oficiales ni comparativos que sirvan de escudo. Hoy escribo desde la memoria, que es menos cómoda y mucho más honesta.
Son palabras viscerales. Nacen de un lugar que no se consulta en archivos ni en boletines. Nacen de esos recuerdos que uno arrincona para poder seguir viviendo y que, cuando algo los despierta, regresan completos, intactos, como si el tiempo no hubiera pasado. En redes les dicen “recuerdos de Vietnam” cuando la realidad activa memorias que creíamos superadas.
Los míos tienen fecha: 9 de septiembre de 2017.
Tal vez muchos ya no lo recuerdan. Tal vez otros decidieron olvidarlo para poder salir a trabajar sin que les tiemblen las manos. Pero fue uno de los días más violentos que ha vivido Tepic en años recientes. Una decena de asesinatos repartidos por la ciudad. Levantones. Patrullas que no llegaban. Una sensación espesa de abandono. La ciudad paralizada, no por un aviso oficial, sino por el miedo.
Era una transición de poder ruidosa. Y en las transiciones no solo se mudan oficinas y escritorios. También se reacomodan otras fuerzas. Cambian las administraciones formales y se mueven las piezas en las plazas criminales. No lo digo desde la especulación ligera. Lo digo desde lo que se escuchaba en la calle, en las tiendas, en los cafés, en las esquinas donde la conversación baja de volumen cuando alguien menciona nombres.
A veces lo que marca a una ciudad no es el comunicado, sino la sensación compartida de que algo se rompió. O peor, de que algo está regresando.
Aquel sábado 9 de septiembre comenzó con balaceras simultáneas en distintos puntos. Los reportes corrían más rápido que las patrullas. Amigos periodistas publicaban en sus portales. Otros avisaban en grupos de WhatsApp para que no pasáramos por ciertas calles. La información circulaba entre ciudadanos. La autoridad era silencio.
Yo estaba trabajando cuando llegó la noticia que me partió la vida, mataron a mi hermano.
Estaba en el lugar equivocado en el peor momento. No hubo alertas. Nadie pidió que nos resguardáramos. Nadie recomendó no salir. Él salió por unas piezas para su motocicleta. Iba en ella cuando le tocó.
El informe dice que, por la posición de los disparos, fue una muerte rápida. Médicos amigos míos que vieron ese informe me dijeron que no sufrió, que probablemente no sintió nada. Quiero creerles, necesito creerles.
Durante horas, la ciudad fue un eco de sirenas. Ambulancias. Patrullas. Bomberos. La gente se escondía donde podía. No hubo coordinación visible ni mensajes claros. Muchos estaban más preocupados por entregar el cargo que por sostener la ciudad. Era tiempo de transición y eso parecía justificarlo todo.
Hoy vi a muchos sorprenderse porque incendiaron un vehículo a unas cuadras de la fiscalía. Indignación súbita. Asombro selectivo. Pocos recuerdan que aquel día hubo enfrentamientos a espaldas de la propia fiscalía y frente a oficinas de gobierno, a plena luz del día, sin pudor. La violencia no se escondía. Se exhibía.
Ahora los movimientos fueron más vistosos. Incendios, bloqueos, videos que en cuestión de minutos saturaron las redes. El saldo oficial habla de pocos muertos, ninguno dentro de la ciudad, al menos hasta donde el discurso alcanza. Las cifras sirven para eso: para ordenar el caos en un párrafo y darles a algunos la ilusión de que todo está bajo control.
Esta vez no se trató de una transición de poder. Fue el abatimiento de uno de los altos capos del crimen organizado. No es la primera vez que algo así sacude al país. El culiacanazo sigue fresco en la memoria colectiva. La diferencia es que ahora no se concentró en una sola ciudad. El impacto se extendió a más de un tercio del país, como una onda expansiva que no pidió permiso.
Pero quienes ya vivimos algo parecido sabemos que lo que permanece no es el número. Es la sensación. Esa presión en el pecho cuando las noticias empiezan a sonar demasiado familiares. Cuando el presente se parece peligrosamente al pasado. Porque la violencia no es un dato. No es un balance preliminar. Es un nombre propio. Es una silla que nadie vuelve a ocupar. Es una ausencia que no admite correcciones ni actualizaciones.
El rostro de mi madre lo dijo todo al mirar esas imágenes. El llanto le ganó antes que cualquier palabra. La angustia volvió intacta. Una llamada avisando que uno de sus primos logró escapar de un bloqueo en carretera bastó para que el miedo regresara con la misma fuerza de hace años. Y con él, el recuerdo de aquellas mujeres conocidas suyas que, el mismo día que asesinaron a mi hermano, buscaban a sus hijos desaparecidos. No se fueron por voluntad. Se los llevaron.
Recuerdo el reclamo que le hacían a mi madre, con dolor, pero sin malicia: “por lo menos tú tienes dónde llorarle”.
Hay frases que no se responden. Se cargan. Y pesan más que cualquier cifra oficial.
Porque a los números se les pasa la página. A los muertos no.
Y cada vez que la historia vuelve a repetirse en las noticias, en esta casa no hablamos de estadísticas. Hablamos de él.





