
Disparos sobrevuelan las hileras de abetos.
Siempre cae algún tiro que se extingue en la carne.
Y alguien queda en el sitio…
Ingeborg Bachmann
El miedo está ahí, escondido en alguna parte de nuestro cuerpo. Le basta con saberse huésped de cada quien para saltar a la menor provocación. Digo que está en alguna parte de nuestro cuerpo porque es la piel erizándose, el estómago revolviéndose, los dientes crispándose, el corazón latiendo de prisa, quienes nos avisan del miedo que sentimos.
El miedo individual se convierte en miedo social. Vemos en las redes digitales las camionetas incendiadas, los retenes en las carreteras, los soldados avanzando entre la sierra, las personas atrapadas en aeropuertos, en terminales de autobuses. Pensamos que podemos ser nosotras, nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras conocidas.
En cuanto vimos las alertas entramos a la casa. Quedó atrás la caminata matutina entre las bugambilias del fin del invierno, la ida temprano al mercado para las compras del domingo, el saludo a la vecina que pasa con su perro. Entramos a la casa para el resguardo, el lugar seguro, la convivencia con lo de adentro.
Parece que el mundo de afuera se derrumba, se derrite. Empiezo a sentir que las certezas, las seguridades de simplemente caminar se convierten en lugares de peligro. Mi hija me alerta de no estar cerca de las ventanas. Le digo que exagera; no estamos en una zona de guerra, pero puede ser que sí, que la zona de guerra se acerque cada vez más. Una amiga manda un video de un incendio que graba desde su casa. Esa es la sensación, el peligro se acerca, por lo que crece la zozobra.
Desde el gobierno se oye el bla, bla, bla, de los políticos cuya única recomendación es muy parecida a lo que nos decían las abuelitas: quédate en tu casa, cuídate. Quizá porque ellos, el gobierno, el poder, son incapaces de garantizar la seguridad. El cuidado pertenece a cada una de nosotras, por lo que si algo nos ocurre será nuestra responsabilidad, nuestra culpa.
Desde las redes digitales y, aún desde el gobierno, se crea una narrativa de que la violencia es inevitable, ello permite evitar conversaciones profundas sobre lo que pasa, sobre la raíz del conflicto. Es cierto que quizá, desde las familias, no nos corresponde resolver el conflicto, pero sí podemos conversar en un sentido de encontrar líneas de análisis que tengan sentido más allá de la sensación de miedo.
Para los grupos criminales, la violencia se ha convertido en un mensaje mediático, en un espectáculo donde los incendios son el principal protagonista, y los asesinatos. Cada video que se comparte amplifica la estrategia del miedo, que redunda en mayor inseguridad.
El miedo individual se convierte en terror colectivo. Cada quien tiene una historia que compartir para aumentar el pánico social que se apropia de las personas. Un hecho, la detención de un criminal, desata la respuesta violenta de los que ya sabemos violentos. No es un enfrentamiento entre soldados buenos y sicarios malos, es la creación de un clima de pavor donde todas naufragamos, donde todas podemos vernos arrastrados a una muerte que no merecemos.
¿Dónde estaba el miedo antes del domingo? Estaba ya recreado en las series de narcotráfico que han inundado las plataformas digitales; estaba en los melodramas que han capturado la atención de las audiencias desde Colombia a España y México; estaba en los entretenimientos morbosos donde la violencia es la cruzada principal; estaba en los documentales que mezclan hechos reales con ficciones; estaba en las producciones criminales que se hacen pasar como entretención. La violencia se convirtió en un articulo de consumo que no podemos dejar de mirar. Toda una generación socializada en la violencia en forma de productos mediáticos hasta que la realidad se convierte en una plataforma más de la violencia.
Todo ello constituye un largo aprendizaje del miedo, de vivir en el espanto, de qué se debe sentir, cómo se debe reaccionar.
Este círculo en que estamos atrapadas nos define la vida que vivimos, marca el futuro de nuestras hijas, refuerza la visión de la inevitabilidad de lo criminal.
El miedo se ha quedado sedimentado en nuestro cuerpo, en nuestra mente, para ser activado en circunstancias de peligro. La sensación de criminalidad en la vida cotidiana se esparce al lograr reacciones emocionales de quienes estamos en estas zonas tomadas por la criminalidad.
El miedo deja marcas visibles en las conductas; altera el sueño, aleja el hambre, nos distancia del futuro. También deja huellas en los cuerpos en forma de alteraciones en la piel, tensiones musculares, respiraciones aceleradas, paralización.
Cesa el pensamiento racional, las visiones críticas para sentirnos en la jaula de lo desconocido que viene.
Canta un pájaro posado sobre el limonero,
ajeno al ajetreo humano,
su sosiego murmura la luz afinada,
antes que el gorjeo sea lastimado con las balas.
He de decirlo,
no es este el tiempo que quiero heredar a mis hijas.





