
Pertenezco a las mujeres
que hablan fuerte,
(lo digo por aquellas que han sido obligadas al silencio);
a las mujeres
que escriben sus propias historias;
a las mujeres
que surcan las calles para plantar sus huellas.
Nací en Tepic
el mismo día que mi madre
me puso su nombre y el de la hermana
que le enseñó a leer.
Mi madre soñó que me ahogaba en una tormenta
por lo que no me dejaba ir al mar.
Yo era bajita y aplicada
con los diez en el cuaderno.
A los 15 años me pusieron medias y liguero
para empezar a trabajar.
Me fui con una tía que vivía en la ciudad.
Ahí encontré a otras
que abandonaron su piel de animales domésticos.
Ellas me enseñaron a pensarme más allá de los púlpitos,
de las leyes, de los úteros.
Éramos dos, luego cuatro, luego seis.
Después ya no las podía contar,
marchamos para decir libertad,
para cortarnos el cabello;
para gritar por la muchacha tirada en el cañaveral,
por la juzgada,
por las que no merecieron tumbas para llevarles flores.
Por las que fueron esclavizadas,
devoradas, abusadas, quemadas, encadenadas,
sometidas, enceguecidas, mutiladas.
Por las analfabetas,
por las niñas vendidas.
Por las que mataron en la hoguera,
en el cadalso, en la pobreza.
Reconozco la herencia
de otras mujeres que, igual a mí,
fueron labradas por la voz de otras antiguas,
en sus jolgorios, en sus cantos.
Reconozco a las Marie Curie abriendo la penumbra,
las Sor Juanas de la plena ironía,
las Rosario Castellanos del deslumbre filosófico,
las Julietas Fierro de las galaxias,
las Emilias Ortiz de los colores,
las Elenas Garro del delirio divino.
A las activistas,
las organizadas,
las que fundan colmenas,
las que redactan leyes,
las que marchan,
las que tejen con hilos,
con letras.
Aplaudo a las que dibujan ventanas para sus hijas,
las amamantadoras de luciérnagas,
las dueñas de sus caderas,
las festejantes.
Somos más y cada vez más,
nos escuchamos, nos abrazamos.
Cuando muera
mi corazón será diseccionado por mis hijas,
por mis nietas,
aquí vivía la escritura, aquí las amigas,
en algún alveolo encontrarán la rebeldía.
Curiosearán en mi garganta de polvo
donde celebraba festines con palabras amorosas,
con las prohibidas.
Sabrán mi cuerpo desintegrado en los animales
que reptan bajo la tierra;
desaparecer en las plantas silvestres,
o en el mar voraz de la pesadilla de mi madre.
Marzo de 2026.







