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Las historias que dejó el Dr. Vitela

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La presentación de Las historias del Dr. Vitela transformó la Fundación Vizcaya en un espacio de encuentro y memoria. Lágrimas, anécdotas y silencios marcaron la velada en la que familiares, amigos y colegas revivieron al médico a través de los textos de su hija

Vianey Vitela intentó hablar más de una vez, pero no siempre pudo. Las lágrimas aparecieron a mitad de las frases y la obligaron a detenerse en un par de ocasiones mientras el público, entre amigos, familiares y antiguos compañeros de su padre, guardaba silencio. Así comenzó la presentación de Las historias del Dr. Vitela la tarde del 9 de marzo en la Fundación Vizcaya.

El motivo fue la aparición de Las historias del Dr. Vitela, el debut en solitario de Vianey Vitela, quien decidió hacer algo que casi siempre resulta delicado en literatura. Escribir sobre su propio padre. El resultado, al menos por la reacción de quienes asistieron, fue menos un ejercicio de devoción filial y más una recuperación de escenas, gestos y pequeñas historias que sobreviven cuando alguien deja una huella real en una comunidad.

Felipe Vitela fue médico, homeópata y maestro. Esa noche no apareció como un personaje monumental. Más bien surgió a través de los recuerdos como lo que fue para muchos. El médico del consultorio, el profesor, el amigo que escuchaba con paciencia. Un hombre cuya reputación, según coincidían varios de los presentes, no se construyó con discursos sino con práctica cotidiana.

El evento tomó la forma de un conversatorio conducido por Shio López y Luis Ventura, representante de Editorial Medusa. Ambos guiaron una charla que avanzó entre anécdotas sobre el doctor, comentarios sobre la construcción del libro y reflexiones sobre la memoria familiar convertida en relato.

La autora no es ajena a la creación. Su trabajo como acuarelista y colaboradora en proyectos editoriales ya la había acercado a la narrativa. Pero esta fue la primera vez que lo hizo sola. Y lo que entregó no es simplemente una colección de cuentos, sino un retrato fragmentado de una vida y de la influencia que esa vida tuvo en quienes la rodearon.

Entre el público había familia, amigos, antiguos pacientes y compañeros del doctor. También miembros de la logia masónica a la que perteneció, quienes acudieron no solo por formalidad sino por afecto evidente. El ambiente tenía algo de reunión de viejos conocidos. Saludos largos, abrazos demorados y la sensación de que muchos de los presentes compartían historias que no necesariamente están escritas en el libro, pero forman parte de la misma memoria.

Eso terminó marcando el tono de la noche. Más que un lanzamiento editorial, lo que se vio fue una pequeña comunidad reconociendo a uno de los suyos a través de la voz de su hija.

Tal vez ese sea, al final, el verdadero sentido del libro. No fijar una versión definitiva de quien fue Felipe Vitela, sino reunir fragmentos. Recuerdos que aparecen desde distintos lugares, a veces precisos, a veces incompletos, pero siempre cargados de afecto.

La presentación terminó como suelen terminar estas reuniones. Conversaciones en pequeños grupos, historias que alguien agrega y que quizá no están en las páginas del libro. La sensación, difícil de comprobar, pero persistente, de que ciertas vidas siguen generando conversación incluso después de que ya no están.

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