El año 1915 marca la entrada del hambre biológica en el atolón. La ausencia de vegetales y frutas en la dieta provoca un brote de escorbuto que consume la energía de la guarnición. Los cuerpos de los soldados manifiestan los síntomas de la desnutrición extrema: encías sangrantes, debilidad en las extremidades y manchas oscuras en la piel. La muerte empieza a cobrar sus primeras víctimas entre la tropa, reduciendo el número de defensores de la soberanía. Los habitantes dependen de la recolección de huevos de pájaro bobo y de la pesca intermitente para sostener el pulso vital. La estructura del campamento militar se transforma en un hospital de campaña donde los medicamentos se agotan bajo el efecto del calor y la humedad del Pacífico.
La desaparición de los suministros altera la psicología de los colonos y fractura la convivencia. Alicia Rovira asume la tarea de enfermera jefa en un entorno carente de higiene básica, señala la crónica de Restrepo en los capítulos de mayor tensión dramática. La mujer administra los escasos recursos con una disciplina aprendida en la milicia, mientras observa el deterioro físico de sus hijos y de las otras familias. La falta de comunicación con México genera un estado de desesperanza que anula el sentido del deber. La comunidad deja de realizar desfiles o guardias de honor para concentrar sus fuerzas en la búsqueda de alimento. El orden social del porfiriato se desmorona frente a la urgencia de los estómagos vacíos en una roca rodeada de agua salada.
El 5 de octubre de 1915 un suceso altera la rutina de agonía en el arrecife. Los vigilantes detectan una columna de humo en el horizonte que sugiere la presencia de una embarcación de gran calado. El capitán Ramón Arnaud interpreta la señal como la llegada del rescate largamente esperado. La desesperación empuja al oficial a organizar una salida inmediata para interceptar el buque antes de que la corriente lo aleje de la zona. Arnaud ordena a los últimos oficiales capaces de caminar, el teniente Secundino Ángel Tirado y el sargento Cipriano de la Rosa, que aborden la única barca disponible para alcanzar la ruta de navegación. El grupo de hombres se lanza al mar con el objetivo de salvar a la población de la hambruna.
La tragedia marítima sella el destino de la autoridad militar en la isla. La embarcación de los oficiales vuelca debido al oleaje y a la fragilidad de la estructura de madera. Los habitantes observan desde la orilla cómo el océano consume a los últimos representantes del mando nacional. Ramón Arnaud fallece en el intento de auxilio, dejando a la colonia sin liderazgo y sin la posibilidad de defensa externa. La muerte de los hombres de rango representa el fin de la civilización tal como se conocía en Clipperton. Las mujeres y los niños quedan en una orfandad administrativa absoluta, rodeados por un mar que funciona como una muralla.
El recuento de sobrevivientes tras el naufragio arroja una estadística desoladora. Quince personas permanecen con vida en la roca: once mujeres, tres niños y un solo hombre adulto. Victoriano Álvarez, el farero de la isla, se convierte en el único superviviente masculino de la guarnición. Álvarez, un individuo de carácter huraño y resentido con la jerarquía militar, observa la desaparición de los oficiales como una oportunidad para ejercer su voluntad sin contrapesos. La ausencia de Arnaud elimina el último obstáculo para la tiranía. El farero se apodera del armamento restante y de las llaves del almacén de provisiones, iniciando una etapa de control absoluto sobre las viudas del arrecife.
La noche del abandono definitivo cae sobre el atolón tras la pérdida del capitán. Alicia Rovira enfrenta la realidad de una isla donde la ley ha muerto junto con su esposo. El aislamiento geográfico se combina con la vulnerabilidad de género frente a un hombre que posee la fuerza y las herramientas de supervivencia. Las sobrevivientes inician un periodo de resistencia silenciosa, tratando de mantener la dignidad en un espacio que ha perdido el contacto con la historia de México. Clipperton deja de ser un puesto de avanzada para convertirse en un laboratorio de horror donde el poder se ejerce a través de la violencia primaria y la posesión de los recursos básicos de la vida.
Restrepo, L. (1989). La Isla de la Pasión. Alfaguara.







