En 1906, Tepic fue testigo de un espectáculo que dejó a todos con la boca abierta. Recuerden que en esa época no había televisión, no había internet, ni una plaza comercial con cine, no había nada de nada…
El Circo Treviño llegó a la ciudad con un acto que dejó a todos con la boca abierta y el corazón en la garganta. Algo que nadie había visto antes. Un globo aerostático se elevó por el aire y ahí, colgando de un hilo más delgado que la paciencia de un taxista, estaba Cosme Acosta, el trapecista, listo para burlarse de la gravedad como si fuera un mal chiste de político en campaña.
Cosme Acosta era en su momento un trapecista joven y famoso, amante del riesgo innecesario.

La carpa del circo se levantó dentro del mesón La Alegría de los Arrieros, el cual estaba ubicado en la esquina de las calles Allende y Zacatecas, frente a donde había una fábrica de cigarros que se llamaba El Amigo del Pueblo. Creo que esa tarde se fumaron muchos, pero muchos cigarros durante el acto.
Se dice, se cuenta, se rumora que empezó su acto suspendido en el aire, sin red de protección, lo que hacía el acto aún más riesgoso, ya que las malas lenguas de las buenas gentes decían que no traía ni arnés. Las abuelitas le rezaban a la Virgen de Guadalupe pa’ que no se cayera… aunque en el fondo, todos querían ver el espectáculo completo, ¡hasta el final!
El momento de mayor emoción fue cuando este tipo se colgó de los “talones” en la barra del trapecio (así dice la crónica de la época). Se colgó cabeza abajo, como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley. El acto fue una proeza, una verdadera locura, una hazaña que convirtió una tarde cualquiera en una historia que se contó por años en Tepic.
Perooo cuando Acosta terminó su acto, de repente el globo cambió de rumbo, pues el aire lo llevó hasta un lugar entre el rancho de Los Fresnos y la población de Xalisco. La multitud se quedó mirando el horizonte como quien pierde una cometa.

Por fortuna, un carruaje de sitio (taxi) había seguido el recorrido desde tierra.
Y así regresó Cosme Acosta, polvoriento, intacto y convertido en leyenda rodante o flotante.
Hoy la historia suena increíble y, desde entonces, cada vez que alguien en Tepic dice “no pasa nada”, conviene recordar que aquí hubo un hombre colgado de los talones, flotando en el cielo… y luego, con el paso del tiempo, hubo otro trapecista que caminó por una cuerda floja, colocada entre la Catedral y el Hotel Fray Junípero, perooo ésa es otra historia.
Fuente: Enrique S. De Aguinaga Cortés, Antología de Crónicas del Estado 2007.







