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sábado, marzo 14, 2026

Cine

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Tenía unos 12 años cuando vi por primera vez a una persona acudir sola al cine. Mi mente prejuiciosa tuvo compasión por la pobre alma que no compartía el ritual comunitario que implicaba la actividad. Una década después, no imagino qué hubiera pensado mi joven yo al verse entrar solo a una sala y soltar las lágrimas frente a Captain Fantastic.

Desde la revolución cognitiva, el ser humano ha encontrado en los mitos una forma de organizarse para sobrevivir. El lenguaje permitió alertarnos sobre peligros y transmitir experiencias que otros podían aprender sin necesidad de vivirlas. Así nació una gigantesca enciclopedia de relatos que durante siglos se transmitieron alrededor de fogatas, en teatros improvisados o en espectáculos populares.

Pero en 1895 los hermanos Auguste y Louis Lumière sorprendieron al mundo con una invención que revolucionó la manera de contar historias: el cinematógrafo. Bastaron cuarenta segundos y la salida de los trabajadores de una fábrica, para provocar asombro en un público que veía por primera vez movimiento capturado en otro tiempo y espacio.

Lo que para los Lumière fue un paso más en la curiosidad tecnológica de la época, para la humanidad fue un gigantesco salto que impactaría en cada rincón del planeta.

El perfeccionamiento del cinematógrafo permitió generar una industria global que no solo fue lucrativa económicamente, sino que permitió la consolidación de estructuras a través de las emociones.

La evolución del ser humano configuró el cerebro para potenciar su capacidad de cognición ante estímulos emocionales. Cuánto más emocionante es la historia, más sencilla es de recordar. El cine no solo cuenta relatos, también construye mitos. 

El poder de esta herramienta fue comprendido rápidamente por la política. Pancho Villa fue uno de los primeros líderes en firmar un acuerdo con un estudio cinematográfico para filmar parte de su campaña. Décadas después, los regímenes fascistas perfeccionaron la fórmula: Benito Mussolini impulsó estudios cinematográficos y el Festival de Venecia, mientras que la Alemania nazi convirtió el cine en una poderosa máquina de propaganda.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la devastación del cine europeo dejó el camino libre para una nueva hegemonía cultural: Hollywood. Estados Unidos entendió que el cine no solo era una industria lucrativa, sino también una herramienta para proyectar valores, estilos de vida y visiones del mundo.

A diferencia de la propaganda estatal del siglo XX, Hollywood perfeccionó una estrategia más sutil: historias emocionantes donde los valores estadounidenses se instauraban a través de situaciones fantásticas, heroicas e incluso terroríficas.

México tampoco fue ajeno a este fenómeno. Durante la llamada Época de Oro del cine nacional, el Estado apoyó producciones que ayudaron a consolidar una narrativa de identidad nacional. Aquellas películas exaltaban el heroísmo revolucionario, romantizaban la pobreza y reforzaban estructuras patriarcales que el régimen priista necesitaba para legitimarse.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el apoyo estatal disminuyó, los sindicatos se volvieron un problema para la industria, que terminó rebasada por la televisión y el expansionismo de Hollywood.

En Estados Unidos, mientras tanto, los estudios cinematográficos crearon un instrumento simbólico para solucionar los problemas laborales y potenciar el poder de influencia: la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Institución que pronto creó una premiación que funcionó para mejorar las relaciones públicas y el control gremial: los Oscar.

Estos premios convirtieron a la política del cine en un espectáculo transmitido en radio y televisión de todo el mundo, lo que permitió consolidarse como un canon cultural capaz de definir que historias merecen ser recordadas.

Más que una ceremonia de entretenimiento, los Oscar funcionan como uno de los principales instrumentos de poder blando de Estados Unidos, promoviendo valores y seleccionando narrativas que terminan instalándose en el imaginario global.

Con los años esta influencia ha comenzado a tensionarse ante nuevas voces internacionales y los cambios culturales del siglo XXI. No fue casualidad que Donald Trump criticara en repetidas ocasiones a la ceremonia, especialmente cuando el mexicano Alejandro González Iñárritu dominó la premiación.

Tampoco es extraño que Paramount haya hecho todo lo legalmente posible para ganar la guerra de ofertas con la gigantesca empresa tecnológica Netflix, para adquirir los estudios de Warner Bros. Bajo el argumento de preservar la tradición del cine, los conservadores dueños de la compañía azul buscan comprar a una de las principales generadoras de mitos, en un idóneo momento geopolítico mundial.

Seguramente, la tensa situación mundial obligará en los próximos años a la industria cinematográfica de EEUU a regresar a esos viejos filmes donde los mitos de heroísmo, nación, progreso y redención definieron a generaciones dispuestas a dar su vida por una narrativa.

EN DEFINITIVA… Este domingo podríamos presenciar una de las ceremonias con mayor carga política en la historia reciente de los Oscar, siempre y cuando “el ser valiente no salga tan caro y el ser cobarde no valga la pena”, como diría Joaquín Sabina.

En México la lógica no es distinta. El régimen de la Cuarta Transformación comprende bien la experiencia del viejo PRI: ninguna hegemonía política sobrevive sin hegemonía cultural. La multimillonaria inversión de Netflix y el Plan Integral de Apoyo al Cine Nacional, que incluye un jugoso incentivo fiscal, son señales claras de ello.

En el fondo, la disputa sigue siendo la misma de siempre: quién cuenta las historias con las que una sociedad decide imaginarse a sí misma.

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