
Los gobernantes no necesitan de aduladores. Los aduladores, fariseos del servicio público, empero, se reproducen como plaga en muchos gobiernos. El adulador, sin embargo, es un germen patógeno que sin duda un gobernante no necesita, ni debe promover. Sin embargo, los aduladores son una plaga más resistente que las cucarachas que en numerosas ocasiones revisten la forma de burócratas culiatornillados (Renato Leduc dixit).
Algunos gobernantes suelen ser víctimas de numerosos atentados. Atentados a la inteligencia, naturalmente. Atentados de aquellos que llenan su vaciedad de formación política, con adulación, con huera y empalagosa retórica. Lo que vemos en los Estados Unidos, es a un gobernante que cede ante las adulaciones más groseras y absurdas. Haber recibido un Nobel de la Paz endosado, habla mal del que lo recibe y peor de la que se lo entregó.
La política nos muestra que Darwin tenía razón en parte. En parte porque él propuso que el ser humano podría provenir del chango. Pues sí, en efecto, pero la política puede llevar a algunos a evolucionar del hombre al chango. Eso ocurre con los aduladores, las peores plagas que se reproducen en todas las cortes y a las que tanto fustiga el mismísimo Maquiavelo.
Algunos personajes cercanos al gobernante, de esos que se autoproclaman como “Los Preferidos”, aseguran que el presidente estadounidense no se deja aconsejar, que “no se deja ayudar”. Otros más aseguran que el gobernante de ese país no hace caso a sus asesores y hay quienes incluso plantean que el empresario carece de la figura de asesoría.
La verdad es que hemos hecho del idealismo una trinchera infranqueable, por lo que observamos podemos llegar a dos conclusiones. Una: qué en efecto, el gobernante no tiene asesores. Y dos: que resulta mejor para ese presidente no hacer caso a los asesores que parece ser sí tiene, pero que evidentemente no han dado el ancho. Cuando los asesores son malos de plano es mejor no hacerles caso. Un vidente no puede recibir admoniciones ni orientaciones de los ciegos.
La verdad es que quienes hemos sido testigos y en algunas ocasiones, hasta protagonistas de la vida en la corte, vemos como se multiplican los aduladores, los fariseos que se acercan a un gobernante para sacar algún provecho personal, no para abonar en la obra de un proyecto de gobierno. El gobierno es naturaleza política, la política son ideas; el gobierno por tanto, debe ser tanta administración como sea necesaria y suficiente, y tanta política como sea posible. ¿Pero cómo puede uno esperar que la política sea privilegiada si un buen número de los que asisten a lo que ven como posible bacanal realmente carecen de ideas políticas y el diploma universitario que cargan en el lomo al modo de Samuel El Comunista, ni siquiera saben leerlo?
Hemos sido testigos del trajinar en la esfera política. Hemos sido testigos de los inicios con el sello de la soberbia de un dios olímpico y los finales con el sello de la falsa humildad.
Sobran indicios que nos llevan a concluir que el presidente de Estados Unidos ha sido víctima de numerosos atentados. Atentados a la inteligencia que provienen de francotiradores que pretenden clavarse en “importantes” secretarías. Los que se autoproclaman como “Los Preferidos” intentan congraciarse con el gobernante convirtiéndose en mullidas alfombras que ensucian la suela del zapato.
En el gobierno, quienes carecen de ideas políticas, quienes carecen de una mínima (ya no de una sólida) formación ideológica, hacen uso intensivo de la lengua. El grupo de “Los Preferidos”, como se autoproclaman algunos fígaros trepadores, usan la lengua con doble propósito: para adular y para limpiar el betún de los zapatos del Ejecutivo.
No obstante, no les ha ido muy bien a los más aduladores. En este caso, ni la Procuradora que salió despedida de manera humillante, ni la secretaria de seguridad que salió a la calle para enfrentar escándalos eróticos. Ahora deberán enfrentar las consecuencias de su soberbia ante los muchos y su humildad ante una sola persona a la que veían como su Rey.
Creo que un gobernante no necesita ni desea la presencia ominosa de aduladores. El gobernante no necesita de “asesores” que le digan como invertir los escasos recursos del gobierno estatal. Un gobernante como todos los gobernantes del país y del mundo, sí necesitan asesores, pero que realmente conozcan de la naturaleza política del gobierno, no ‘idiotes’, no de aduladores que intentan crear una patológica burbuja al gobernante, para aislarlo, para mantenerlo ajeno a las ideas y a una realidad contradictoria que da sorpresas.
Un gobernante sí necesita de asesores, no de aduladores. Los aduladores sobran en todas las cortes, pues son expresiones vulgares del idiotismo; los asesores, de los buenos, no abundan. Un gobernante es probable que haga caso omiso de lo que digan sus “asesores”, pero evidentemente, por lo que vemos, puede ser mejor que los mande por un tubo, pues con esos asesores, ¿para qué quiere enemigos un encargado de las cuestiones de gobierno?
Aquellos que se autopromueven en los medios, quienes quieren ser una copia al carbón de un personaje misterioso, como un poder a la sombra, los que se hacen pasar como “Los Preferidos”, quienes se descargan de “culpas” vaciando acusaciones contra sus propios líderes o jefes, esos son una amenaza.
Aquellos que se acercan a una figura política fuerte para hacerlo creer que es lo que no es, ofenden la inteligencia de un gobernante que posee virtudes que le niegan sus aduladores. Mal hacen los aduladores que le reconocen lo que no es y le ocultan lo que sí es. No son bien nacidos aquellos que se acercan a una persona, en el afán de sacar provecho de su “amistad”; hipócritas, fariseos, sepulcros blanqueados los aduladores que le hacen daño a un proyecto que requiere de hombres bien nacidos, de personas con ideas políticas, de asesoría que oriente y no colapse ante los mezquinos intereses personales de los que se autodefinen como “Los Preferidos”.
Caer en las garras de los aduladores es lo peor que le puede ocurrir a cualquiera. En política, la adulación es germen incomparablemente patógeno. Nunca se debe ceder ante aduladores, que son más enemigos que los “enemigos”. Los aduladores parecen el mejor ejemplo de que en política, en efecto, todos los amigos son falsos y los enemigos, verdaderos. En realidad, los aduladores son falsos amigos o enemigos vestidos de amigo.







