
¿Cuándo fue que el futbol dejó de ser nuestro? La pregunta no es nueva, pero cada vez que se acerca un Mundial vuelve a hacerse presente con más fuerza. Y con más rabia.
Hoy el ruido no viene de la cancha o la tribuna, sino de los precios. Once mil dólares cuesta un boleto para la final del próximo Mundial de futbol.
Mientras el salario mínimo en México ronda los $315 pesos diarios, alguien, en alguna oficina del mundo, decidió que ese era un precio razonable para ver a tu selección levantar una copa.
No es solo el Mundial, claro. En la Liga MX llevamos años viendo cómo el “deporte del pueblo” se convierte, partido a partido, en entretenimiento de élite. Los juegos de los equipos grandes ya no se venden solos: se empaquetan. Compras la entrada para el Clásico y te “regalan” —o más bien te obligan a adquirir— la del martes contra el equipo que está peleando el no descenso. El estadio lleno a medias en ese otro partido lo dice todo.
Y si logras pagar la entrada, ahí no termina la historia. La cerveza, el refresco, la playera para el niño. Una tarde en el estadio puede costarte lo que no tienes, y lo sabes desde que sales de casa.
Entonces la televisión parecía el refugio del aficionado sin recursos. Pero también ese espacio se va cerrando. Poco a poco, los derechos de transmisión migran hacia plataformas de pago, hacia canales de cable de acceso restringido, hacia suscripciones que se suman a las otras suscripciones que ya no sabes bien por qué sigues pagando.
Y sin embargo, en medio de todo ese mercado, el Mundial tiene la virtud de recordarnos por qué este juego alguna vez fue nuestro. Porque mientras los grandes se pelean contratos millonarios y derechos de imagen, en la fase de clasificación aparecen otras historias.
Selecciones de países pequeños, de presupuesto cero y sueños grandes, cuyos jugadores no son profesionales. Son maestros, plomeros, contadores, albañiles. Gente que entre semana trabaja como cualquiera de nosotros, que paga su propio boleto de avión para representar a su país, que no tiene patrocinador ni contrato ni escudo de marca en el pecho. Que sale al campo a que le vaya, muchas veces, de la patada. Y que aun así defiende su bandera con una entrega que los millonarios del futbol moderno pocas veces igualan.
Esas historias nos recuerdan algo que Jorge Valdano dijo alguna vez con precisión quirúrgica: “El futbol es lo más importante de las cosas menos importantes”. Y quizá en esa paradoja vive todo. Porque si fuera solo negocio, nadie lloraría una eliminación. Si fuera solo espectáculo, nadie pagaría once mil dólares —o no podría pagarlo y lo vería igual desde su sala.
Este Mundial lo veremos, la inmensa mayoría, en diferentes pantallas: la del celular, la de la televisión de la sala, la del bar. Nos las arreglaremos, como siempre. Porque el mexicano tiene una capacidad casi heroica para sortear lo que le ponen enfrente.
Pero lo que viene después es lo que debería ponernos a pensar. Si hoy once mil dólares es el precio de la final, ¿cuánto costará la del siguiente? ¿Seguiremos llamándolo “el deporte del pueblo” cuando el pueblo ya no pueda ni verlo por televisión abierta? El futbol nos lo están cobrando, poco a poco, pero sin pausa, y si sigue así, vamos a llegar al día en que lo miramos desde lejos, desde muy lejos.
@rvargaspasaye
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